Antología de Relatos Románticos. Navidad 2018. Varios Autores.

516RUsin9XL    Esta Antología es el resultado del trabajo desinteresado y generoso de muchas autoras/es y personal de Selecta de Penguin Random House Grupo Editorial. Y me alegra poder decir que tengo el honor de formar parte de ella.

Es el resultado de la ilusión y una idea que creció como la espuma y que se ha materializado a marcha forzada para poder tenerlo en nuestros dispositivos en un tiempo record. Además, ES GRATIS!!

Sí, desde cualquier plataforma se puede acceder a él y su compra es de 0,00 Euros. No te lo pienses y esta Navidad regala amor, regala, ilusión, regala lectura.

Aquí te dejo el enlace a la página de Me gusta Leer (de PRHGE) donde podrás acceder a la Antología de Relatos Románticos. Navidad 2018: para que estas navidades sean mágicas… y elegir comprar (recuerda a 0,00 euros) en la plataforma que más te guste (clicando en e-book-epub): Amazon, Google Play, Apple Books, Tagus de Casa del Libro, Rakuten-Kobo de Fnac https://bit.ly/2T1y2DQ

Es Una maravillosa colección de relatos románticos de los personajes del año de Selecta para celebrar estas fechas tan especiales.

¡Un regalo para todas las lectoras de Selecta!

Son muchos los personajes secundarios que nos roban un trocito del corazón y nos dejan con ganas de saber qué fue de ellos. Os invitamos a conocer su historia de amor en esta antología de relatos cortos escritos con cariño, llenos de pasión, sentimiento y dulzura y con un romántico final feliz.

Blancas navidades, frío que cala los huesos, decoraciones alusivas, el típico muérdago, anécdotas, navidades distintas… Época de unión, de amistad, de dar y recibir, de amor…

La Navidad tiene ese guiño de magia que hace que todo sea posible. Y cuando la imaginación vuela y las palabras se plasman en historias que nos llevan a sentir el encanto de esta fecha tan especial, nada es imposible.

Por eso, desde Selecta, queremos haceros llegar esta recopilación de relatos navideños donde encontraréis algunos personajes o lugares que solo pudisteis disfrutar de pasada en algunas de las novelas publicadas por el sello.

Esta Navidad es la oportunidad para conocerlos más.

 

FELIZ NAVIDAD!!

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Santa y el pequeño Blai.

NADAL

Santa y el pequeño Blai. Con mis mejores deseos. Feliz Navidad!!

Aquel corredor, donde se aguardaban las noticias de familiares y amigos, era todo lo que un lugar de espera no debería de ser: desangelado, con paredes blancas y frías; en las que ni siquiera un cartel de silencio decoraba la sala. Ni una sola planta que con su colorido diera una pizca de alegría. Casi escondida, una máquina de supuestas delicias, con sus casilleros medio vacíos y unas sillas de plástico incómodas, que recorrían el prolongado pasillo, era todo el mobiliario del lugar.

Fuera de allí, la ciudad y los comercios vestían sus mejores galas para recibir los días navideños. Pero en la gélida estancia parecía que el tiempo se había congelado y solo la cadencia del tintineo de una campana se filtraba como el aire por las rendijas de las ventanas.

El pequeño Blai, con ojos curiosos, buscaba el origen de tan peculiar sonido. Quería levantarse, investigar quien osaba perturbar el silencio de tan respetable sitio, pero no se atrevía. Su madre, sentada junto a él, agarraba su mano con fuerza, mientras sollozaba en silencio; quizás en la creencia de que él no se daba cuenta.

Nadie le había explicado qué hacían allí, pero él lo sabía.  Hacía un buen rato que habían llegado la abuela y sus tíos; incluso uno que hacía tiempo que no veía, porque su papá y él se habían disgustado. Eso se lo había escuchado decir a la otra abuela, pero ella ya no estaba; aquel verano se había ido al cielo. Y la echaba tanto de menos. Con ella habría podido hablar de lo que ocurría. En sus recuerdos encontró una de sus últimas charlas: «Observa a tu alrededor y las cosas te dirán qué pasa». Y en eso estaba. Miraba las caras afectadas de sus familiares, que desde los asientos de enfrente los contemplaban, a él y a su compungida madre, con vistazos disimulados, con muecas lastimeras, con pena en sus labios. Por un momento quiso gritarles y pedirles que sonrieran. Su papá siempre le decía que no le gustaban las caras tristes.

La melodía pareció acercarse por el pasillo, como si cruzara a otro recinto y aprovechó el descuido de su madre que aflojó su agarre para buscar algo en su bolso. Liberándose se levantó con prisa y se separó unas pocas zancadas.

—¡Blai! —gritó esta, en un susurró cortante, a la vez que estrujaba un pañuelo entre los dedos—. No puedes marcharte.

—Solo quiero ver a Papá Noel, no he podio darle mi carta.

—Déjalo ir, está aquí mismo —señaló el tío, casi un desconocido. Él era pequeño la última vez que lo vio.

Corrió por el pasadizo en busca del tintineo y encontró un cruce de caminos. Agudizó el oído, giró a su izquierda y en pocos pasos encontró una pequeña sala. Sin embargo, un poco más allá, unas puertas acristaladas se abrieron y salieron dos mujeres apesadumbradas. No lo dudó y entró, su papá estaría allí dentro. Sorteó un mostrador muy grande, donde una chica miraba el móvil; la musiquilla de un villancico la distrajo de su presencia y él pudo revisar, uno por uno, los pequeños cubículos que se distribuían en la pieza. Encontró a su padre en el último y su estampa lo asustó. Dormía; sin embargo, algunos cables lo ataban a varias máquinas, incluso tenía un tubo que hacía mucho ruido. Así era imposible descansar. Se le acercó sin miedo. A pesar de todas aquellas cosas, parecía muy plácido. Tenía los brazos sobre las mantas y agarró su mano como cuando paseaban por el parque. De un impulso se subió al colchón e inclinado sobre su oído le susurró.

—Papá despierta, es Nochebuena y mañana Navidad. Nos esperan los regalos en casa y has de hacer que mamá deje de llorar. —Lo zarandeó un poco y susurró conteniendo la emoción. Él no lloraba, ya era mayor—. Despierta. No te puedes quedar aquí solo.

Le dio un beso en la mejilla y lo notó frío. Quiso arroparlo mejor, pero alguien lo interrumpió.

—¡Ey! No puedes estar aquí.

La joven del mostrador lo había descubierto. Sin mediar palabra, Blai se escabulló y salió corriendo. Se refugió en la sala que había visto antes.  Al cruzar la puerta observó que el sitio era más bonito que donde su madre y él esperaban; para su sorpresa estaba lleno de gente; le parecieron duendes por sus ropas verdes o batas blancas. Sentado en una butaca, Papá Noel sostenía un vaso que alguien le entregaba y, de la humeante taza, salió un aroma que le recordó al chocolate caliente que los domingos desayunaba.

—¡Eh, Santa! —oyó llamar a alguien—. Quizás el crío no tuvo tiempo a entregar su carta.

—¿Qué haces aquí, pequeño? —preguntó el hombre orondo de barba blanca.

Al instante varios pares de ojos lo contemplaron; algunos con sonrisas en sus rostros, otros con censura en sus caras, pero nadie le dijo nada. Por unos segundos sus pupilas se clavaron en los iris azul cielo del hombre vestido de rojo que, tras un sorbo, había abandonado la bebida caliente sobre una mesa. Su mirada era tan clara como las aguas cristalinas del mar al que su padre lo llevaba. Si no fuera imposible hubiese dicho que le brillaban y sintió que el nudo que había en su pecho se aflojaba.

Un poco nervioso, sacó un papel arrugado de su bolsillo y miró al hombre con vacilación y duda; no sabía si entregarle aquel pliego que atesoraba y había escrito con prisa en el reverso de una propaganda. Blai, a pesar de la valentía de sus siete años, sabía que su letra no era bonita, ni que así se hacían las cosas. Quizás su padre se enfadaba. Lo habían esperado tanto tiempo en los grandes almacenes que cuando su madre recibió aquella llamada, que la puso tan nerviosa, tiró de su mano y no pudo entregar su lista de deseos. Sin embargo, ya no quería nada de aquello: Ni el barco de piratas, ni el camión de los cars. Ni siquiera aquel ridículo traje de Spiderman o el guante que lanzaba telarañas. Solo quería que su papá despertara.

La mano enguantada que lo invitaba a acercarse le dio el coraje que le faltaba y al llegar junto al hombre, con un rápido movimiento, este lo agarró por la cintura y lo sentó en su regazo.

—¿Qué te preocupa jovencito?

—No he podido dejar mi carta…

—Pero eso no es problema —señaló una simpática mujer que llevaba un gorro verde—. Puedes decírselo al oído a Santa.

 De pronto toda la gente que allí se congregaba dejó lo que hacía, un extraño pitido sonaba en algún lugar y como si fuese la sirena de su colegio, que anunciaba el fin del recreo, aquellas personas se marcharon apresuradas.

El viejo de barba blanca no se inmutó y le dijo que le explicara qué le pasaba. Blai sabía que tenía poco tiempo. Santa tenía que marcharse a repartir regalos, pero él no iba a entretenerlo mucho, solo pediría un único deseo.  Le contó al oído lo que sabía, no quería que viera que una lágrima le caía por la mejilla al acordarse de su papá. Un señor con un coche lo había atropellado, tenía un fuerte golpe en la cabeza y algunas costillas rotas; sin embargo, a pesar de los cables y el tubo que había visto, lo que más lo asustaba era que no pudiera despertar. Santa asintió con la cabeza, él le entregó el papel arrugado y, como si recordara algo, se bajó de sus rodillas y salió disparado. Su madre lo estaría buscando.

No se había equivocado. Al final del pasillo la divisó, parecía alterada. Se arrodilló para recibirlo y se le abrazó asustada.

—¿Dónde te habías metido? Nos han llamado. Eres tan pequeño aún, pero papá… papá ha despertado.

—¡Mamá… que ya soy grande!

El tintineo de una campana se acercó hasta ellos. Blai vio pasar a Papá Noel que, sin detenerse, siguió su camino con su inseparable saco al hombro. Entonces lo vio, un papel le caía al suelo y corrió hasta él. Al recogerlo lo reconoció: era su carta arrugada.

—¡Eh! —gritó sin saber qué decirle a Santa.

Sus miradas se cruzaron y de nuevo aquel brillo en sus ojos, azul claro, lo sobrecogió.  El hombre levantó una mano, como si fuera un soldado y saludara con dos dedos, le guiñó un ojo y con una gran sonrisa se despidió, a la vez que hacía sonar su campana.

—¡Ho-Ho-Ho… Feliz Navidad!

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Nota de la autora: Este cuento está inscrito en Safe Creative bajo el  Código de registro: 1812169348232

 

EL TREN. Cuento de Navidad.

IMG_0019La estación estaba abarrotada de gente que arrastraba pequeñas maletas. En sus caras se reflejaba la emoción contenida y las ganas de alejarse del trabajo y la rutina por unos días, para escapar a otras estancias o impregnarse del calor familiar y el cariño que alrededor de una mesa, vestida para la ocasión y bien surtida, podía circular.

Un fuerte silbido anunció la inminente salida.

Todos corrían, menos un joven de rictus serio y pesaroso. Sus hombros parecían acumular el cansancio de toda una vida. Al entrar al vagón tropezó con un padre y un hijo que se abrazaban con el amor que ha sido cincelado con los años, sin fisuras, sin rencores. Sin querer, se fijó en el pequeño objeto que el joven retenía en su mano y apartó de su mente un recuerdo de infancia que lo sobresaltó. Guardó su equipaje, se acomodó en su asiento y evitó cruzar su mirada con los otros ocupantes del compartimento. Todavía no había salido y ya se arrepentía de aquel viaje. Buscó en sus bolsillos la carta que en un arrebato le hizo pensar, que esta vez, todo sería diferente. La releyó de nuevo. Aunque ya sabía lo que decía. “No dejes que el tiempo alargue esta distancia que nos separa”. Trató de congraciarse con la decisión tomada y se entretuvo en observar, cómo detrás de la ventana, el paisaje cambiaba de perfil y color. El blanco de las montañas nevadas se dejaba adivinar y se le antojó que el frío se había adueñado del valle a la vez que de su corazón.

Frente a él, una madre amamantaba a su hijo ante la mirada embelesada de su esposo que no perdía detalle y jugueteaba con las manitas del niño que se enredaban en el cabello de la mujer. Se dejó arrastrar por la nostalgia de otro tiempo y con la cabeza apoyada en el cristal se imaginó años atrás cuando regresar era motivo de alegría e ilusión. Cuando la culpa no anidaba en su pecho.

 Adormilado, fue testigo de cómo la niebla invadía el valle y fue engullendo en sus fauces grises los árboles que con más frecuencia mostraban sus copas blancas. La espesura lo invadió todo y le pareció flotar en una autopista hacia el cielo.

Lo sobresaltó el silbato del tren y supuso que cruzaban el puente que conectaba las montañas. Ya se acercaba a casa. Pero aquel sonido le pareció distinto, como un eco extraño. Miró hacia su asiento contiguo. Un niño, con un trenecito en sus manos, jugaba a su lado. La madre le dedicó una mirada apurada y le pidió al niño que no lo molestara, mientras que el padre desplegaba un diario, como si no fuera con él, y escondido tras las hojas le guiñaba un ojo al hijo. Buscó con la mirada al bebé, pero no había señales de él. Ofuscado no pudo evitar preguntar y el niño muy envalentonado le dijo que él no era un bebé, ya tenía cinco años.

Sin deseos de preguntar de nuevo, volvió a adormilarse. Imaginó un reencuentro y deseó ser como aquel joven abrazado por su padre en la estación, como ese niño al que su padre miraba con ojos llenos de amor. Deseó poder escribir de nuevo su historia, lejos de enfados y recelos, lejos de un orgullo tonto que lo había separado de su familia.

Se perdió en sus pensamientos, pero no quería dormirse y decidió que le vendría bien estirar las piernas. Se levantó y se dirigió al vagón restaurante, donde un camarero con ojos cansados, le sirvió un chocolate caliente. Regresó a su compartimento y por el pasillo se cruzó con un joven que caminaba con prisas. Encontró el lugar vacío, el trenecito estaba olvidado en su asiento y lo cogió. Jugó con él entre sus manos y observó que era una pieza antigua, casi de coleccionista.

El silbato volvió a sorprenderle. En vano esperó a la familia y supuso que habrían bajado en la estación anterior a la suya. Recostado en el sillón, cerró los ojos, no sabía cómo iba a enfrentarse a los suyos. ¿Qué podía decirles después de tanto tiempo?

El tren entró en la estación y la niebla decidió dar una tregua. Al mirar por la ventana vio un cielo claro y soleado. Los primeros pasajeros ya habían descendido. La visión de la alegría en sus caras, lo conmovió. Se abrazaban a sus seres queridos y las risas dibujaban sus rostros de paz interior.

Cogió su equipaje con desgana, nadie habría venido a recogerlo y le quedaba un buen camino hasta la casa familiar. No supo qué hacer con el trenecito que había encontrado, pero lo atesoró en su mano como si la fuerza que necesitaba para descender del vagón emanara de aquella pieza.

Por un instante se sintió perdido en el andén. La algarabía iba muriendo a medida que la gente se alejaba hasta la salida de la estación. Cabizbajo emprendió el camino hacia ella, cuando una voz grave lo sobresaltó. Frenó sus pasos ante el dueño de aquel llamado. Se vio envuelto de pronto por unos brazos que lo sostenían con fuerza y no pudo evitar dejarse caer en ellos. El hielo de su pecho se deshizo ante aquel calor. Al separarse, con el único asidero del trenecito en su mano, observó a un hombre lloroso que lo miraba emocionado.

─Veo que conservas el tren de cuando eras niño.

Supo entonces que en ocasiones las palabras que más desea uno escuchar son esas que no hace falta que se digan, porque un abrazo es lo único que se necesita para cerrar las heridas del corazón.

La melodía de un viejo villancico, en las voces de unos niños, resonaba en la estación dando la bienvenida al viajero. Una sincera sonrisa se dibujó en su rostro y con voz emocionada y enternecida saludó:

—¡Feliz Navidad!

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*El tren forma parte de una antología de cuentos registrado en Safe Creative con el Código de registro: 1712155105378

 

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Noche de Reyes

carta-reyes-magosEn la noche mágica de los Reyes Magos los niños quieren dormir con un ojo abierto, pero no pueden. Saben que si no se duermen del todo los Reyes no vendrán y no encontrarán regalos en el salón. Pero el pequeño Tomy había ideado un plan para poder descubrirlos. Estaba ansioso porque llegara la noche.

Se bañó y se puso su pijama favorito, uno con cohetes y estrellas y después de cenar se fue a la cama sin rechistar. Al pasar por el cuarto de su hermana mayor entró de puntillas. María escuchaba su Ipod y bailaba de espaldas a la puerta, pero como intuyendo una presencia se giró y quedó paralizada cuando lo vio.

—¿Qué haces aquí, pequeño monstruo? —inquirió al quitarse los auriculares.

—¿Tú los has visto alguna vez?

—¿A quién?  A… ¿los Reyes Magos? —María estuvo a punto de decir que sí, que los había visto, pero al ver la cara de sorpresa del niño no fue capaz de desvelárselo.

—Yo los veré esta noche.

María se rio, no le creyó. Sólo podrás verlos cuando ellos quieran, le advirtió. Si lo haces romperás las reglas y te quedarás sin regalos. Se colocó los auriculares de nuevo, lo sacó de la habitación y cerró la puerta dejándolo en el pasillo.

Tomy regresó a su cuarto y se tumbó en la alfombra con un libro de caballeros y dragones. La noche se echó sobre la ciudad, la luna relucía en un círculo perfecto, las estrellas brillaban en el firmamento y Tomy, desafiando las leyes humanas y la línea del tiempo, acabó dormido con un ojo abierto. Además, fue capaz de oír todos los ruidos procedentes de su casa, la televisión encendida, las voces de sus padres. Y más allá, en la calle, voces desconocidas dándose las buenas noches, amigos que se encontraban o despedían. De pronto el silencio y una luz desconocida que se filtraba por debajo de la puerta.

Se levantó despacio y colocó la oreja en la madera, escuchó susurros sospechosos. «¡Son ellos, son ellos!». La emoción le recorría el cuerpo, se puso con prisa las zapatillas y una bata de cuadros, abrió la puerta y salió al salón. Lo que vieron sus ojos lo impactaron.  Tres gigantes vestidos de ropajes coloridos vertían leche en unos tazones de cereales y a cada cucharada que daban, un regalo aparecía sobre el sofá o los sillones. Al verlo dejaron de comer, se miraron con sorpresa y le preguntaron qué hacía despierto. Quería veros, contestó. Los tres gigantes empezaron a reír de una manera estrepitosa.

—Chuss, despertaréis a mis papás y a mi hermana.

—¿Ya sabes lo que les pasa a los niños curiosos? —preguntó el que tenía una barba roja—. Has roto las reglas, atente a las consecuencias.

Tomy se encogió de hombros, ¿qué podía decir? Pensó que cuando lo explicara en el colegio sería el niño más popular.

—¿Qué pasa ahí? —La voz de su padre sonó malhumorada desde su habitación.

No quiso que lo descubrieran y corrió a su cuarto. De pronto la luz desapareció, esperó un momento y regresó al salón. Lo encontró vacío y no había nada, nada, en los sillones ni el sofá. Se agachó, buscó bajó los muebles, tras las cortinas, en los rincones, fue a la cocina. Los regalos se habían esfumado. Derrotado se fue a su cuarto y se durmió llorando en la alfombra.

Los gritos de su hermana lo despertaron.

—Pequeño monstruo, levántate, ¿no quieres ver que te han traído los Reyes? —la escuchó reírse desde el otro lado de la puerta—. Te han dejado carbón.

Tardó mucho en salir de su habitación, al llegar al salón lo vio vacío y sus padres y hermana sonreían. «¿Por qué se reían?». No tenía gracia. Desalentado fue a la cocina y llenó su tazón de cereales. La botella de leche estaba vacía y tuvo que ir a la despensa. Desde lo lejos las voces de sus padres lo llamaban.

—¿De verdad no quieres ver tus regalos?

Gritaban con risa y las lágrimas asomaron a sus ojos. «¿Qué regalos?», se preguntó.

Repasó la noche anterior. Cómo se arrepentía de haber desafiado las leyes para ver a los Reyes. No le perdonarían nunca que por su culpa ninguno tuviera regalos.  Después de desayunar se fue en silencio a su cuarto y se metió en la cama. Al rato María fue a verlo. ¿Qué te ocurre? Tus regalos te esperan. Él no la escuchó. Empezó a llorar. Había sido su culpa, admitió entre sollozos. Él había visto a los Reyes Magos.

—¿Seguro que los viste? —preguntó su hermana y añadió—: Sígueme.

Se secó las lágrimas, sorprendido y fue tras ella. Al llegar al salón todo era diferente, había más luz y en el suelo, desperdigados, se encontraban muchos regalos, entre ellos un balón, una consola y un gran castillo con caballeros se elevaba junto al sillón.  Miró a sus papás emocionado. ¿Cómo podía ser? María le guiñó un ojo y le susurró al oído: A veces se mira, pero no siempre se ve.

La magia está en la ilusión de la mirada.

Nota de la autora: Este cuento forma parte de una recopilación de Cuentos de Navidad registrados en SafeCreative.

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Cuento de Navidad. El arcón.

imagesBaúl mágico

La calle estaba desierta y un joven cruzaba el parque con el cuello del abrigo levantado y las manos hundidas en los bolsillos. Su cara reflejaba frío, pero también algo más, quizás preocupación.

Aquel invierno no era extremadamente duro, pero en los últimos días la temperatura había bajado unos grados y el ambiente se volvió más gélido a causa del viento que soplaba del norte. Un viento que parecía silbarle que el final se acercaba.

El muchacho, perdido en sus pensamientos, se fue despojando de todos sus sueños rotos. Retornar a casa no era tan malo, aunque no podía desprenderse de la sensación de fracaso que lo acompañaba. Sus hermanos habían triunfado en sus negocios, pero él era un soñador.

El ulular del viento lo tenía inquieto. Sentía que le susurraba. Debería haber emprendido el viaje hacía mucho tiempo y se censuró por posponerlo tanto. Llegó de noche. Una pequeña lámpara iluminaba la entrada, y apartó los pensamientos que durante el camino lo acompañaron: «Que me haya esperado». Al cruzar el umbral divisó tres figuras en el salón, alrededor de una mesa redonda. A medida que se acercaba su corazón bombeó más fuerte. Distinguió a las dos primeras. Sus hermanos. Estos, al ver cómo los interrogaba con la mirada, se hicieron a un lado y pudo ver a su padre sentado en una vieja mecedora, junto al fuego. Lo vio muy envejecido y la culpa volvió a morderlo.

No hubo censura en sus abrazos y tomó asiento al lado del patriarca y el hogar.

—Ahora que estamos juntos no puedo engañaros —comentó el padre—. Me queda poco tiempo y no tengo mucho más para entregaros. La carga de un negocio vacío y el viejo arcón que no quiero que tiréis. ¿Quién lo conservará?

Los tres hermanos se miraron. Aquel arcón había guardado las creaciones de su padre. Si tan solo conservara algunas piezas que poder vender, pensó el joven, su destino cambiaría. Los dos mayores dijeron que ellos no lo querían y él, al ver la súplica en la cara de su progenitor, se sintió en el deber de concederle el deseo.

—Por mí no debes preocuparte, padre —señaló—. Aunque mis manos estén vacías, son fuertes para empezar en cualquier lado. Si es tu deseo yo guardaré tu viejo cofre de muñecos. Solo lamento haber tardado tanto en regresar.

—Nunca te arrepientas de perseguir tus sueños —sugirió el hombre—. Algunos se cumplen cuando menos te lo esperas.

 El pequeño de los tres hijos se emocionó con las palabras dichas. Él había deseado ser como su padre y hacer felices a las gentes con un simple objeto que les hiciera sentir el calor del hogar. Sin embargo, no tenía el don de crear.

—Cuéntenos una historia, padre —pidió uno de los hermanos.

Los hijos se sentaron a su alrededor y, como cuando eran niños, él comenzó a narrarles leyendas de otros tiempos. Porque la fantasía es el arma más poderosa para enfrentar la vida.

Durante un mes el hombre les relató una historia cada noche. Pero una mañana cuando el hijo pequeño fue a llevarle su tazón de leche caliente descubrió que había entrado en el más eterno de los sueños.

Poco a poco los hermanos retomaron su vida, volvieron a sus negocios y se quedó solo. Revisó el desvencijado arcón. Estaba casi vacío. En el fondo reposaba algo envuelto en un paño. Al abrir el curioso paquete encontró un pequeño muñeco que felicitaba las fiestas de navidad.

Era un viejo Papá Noel con gafas y tupida barba blanca y un enorme pergamino en el que se suponía había anotados los deseos de las gentes. No lo había visto nunca. Lo cogió con cuidado y sopló sobre su gorro para eliminar las diminutas motas de polvo que sobre él se había acumulado. Una pequeña nube de granillos brillantes se levantó en el aire y lo hizo estornudar.

—Si tan solo hubiera algún otro títere que pudiera vender —deseó.

Guardó la figura y arrinconó el arcón. Tenía que reunirse con sus hermanos. Lo habían citado en el viejo local de su padre. Mientras iba a su encuentro pensó que si revisaba cómo estaba confeccionado el muñeco, quizás con un poco de paciencia, constancia y cariño podría coser algunos y hacer como su padre. Venderlos. Imaginó un gran espacio repleto de objetos decorativos que alegraban los hogares y a sus gentes e invitaba a compartir, con familia y amigos, su espíritu festivo.

Los encontró con algunas cartas y caras taciturnas. El local tenía deudas y si no las cubrían iban a perderlo. Casi tuvo que discutir con ellos porque querían venderlo. Él observó aquellas estanterías vacías y repletas de polvo y las visualizó llenas de objetos navideños. Quiso contagiarles su entusiasmo, pero estos no lo quisieron escuchar. En un arrebato, casi de locura, el pequeño de los hermanos asumió las deudas. Tenía un mes para poner en práctica su idea si no lo conseguía accedería a lo que ellos desearan. Cuando se quedó solo una energía súbita se apoderó de él. Limpió con ahínco las baldas de las estanterías, los aparadores, el suelo y pensó en un nombre que pudiera lucir en la puerta.

Camino de su casa, cansado por el esfuerzo, se arrepintió ¿y si no lo conseguía? El viento sopló fuerte y le hizo levantar las solapas de su abrigo, el ulular le dio coraje y decidió que no había marcha atrás. Durante toda la noche abrió y cerró el arcón más veces de las que lo había hecho en su vida. En unas hojas dibujó bolas de cristal, en las que sumergida en agua podía verse la figura feliz del Papá Noel del pergamino y también otros diseños. Mullidos o rígidos muñecos de barba blanca vestidos de roquero con guitarra incluida, subido en una moto, de pirata, leñador o maestro. Su mente no paraba de elucubrar nuevos bocetos, nuevos objetos, marionetas, figuras o polichinelas. El agotamiento hizo mella en él, cayó vencido sobre la mesa y allí se durmió.

La misma escena se repitió día tras día, noche tras noche sin poder avanzar más. No conseguía hacer cartón piedra, no le quedaban bien cosidos o pegados los trajes, no sabía cómo preparar una bola de cristal de agua y purpurina con la que crear la ilusión mágica de ver caer la nieve al voltearla. Se le quemaban las galletas y los muñecos de madera que había diseñado parecían estacas sin movimiento.

La mañana que anunciaba el final del plazo era la semana de navidad. Tras revisar el poco trabajo que había realizado y frustrado por no conseguir lo que había proyectado decidió que tenía que ser realista. Debería vender el local y empezar un nuevo trabajo con el que mantenerse. «Los sueños no siempre se cumplen», pensó con decepción. Durante días había disfrutado y se sintió feliz al orquestar todas aquellas cosas en su mente, pero no podía ser. Él no era como su padre. De nuevo fracasaba. Su idea era descabellada. No, aquello no podía funcionar.

Quería despedirse del local. Citó allí a sus hermanos para comentarles la decisión. Los encontró esperándolo. Con pesar abrió la puerta y sonó una campanilla que le resonó a una canción de navidad. No recordaba haberla escuchado antes. Prendió la electricidad y entraron en la estancia. Se iluminó con distintas luces de colores que se encendían y apagaban de modo intermitente.

Los tres se quedaron asombrados por cómo encontraron la tienda. Las estanterías estaban repletas de muñecos de distintos modelos, todos de decoración navideña. Bolas de cristal con el perfil de la ciudad, muñecos de nieve, abetos cargados de bolas, estrellas y regalitos que colgaban de sus puntas. Diferentes muñecos de Papá Noel en sus versiones de roquero, motero, leñador y maestro decoraban otros lugares. ¡Sus bocetos habían cobrado vida! Miles de pequeños objetos decorativos se amontonaban en sacos y baldas de aparadores. Detrás del mostrador, en el que se apilaban varios botes repletos de chocolatinas envueltas en papeles dorados y galletas que parecían recién horneadas el viejo Papá Noel de su padre, aquel que creía que descansaba envuelto en un paño en el arcón, los recibía estático, revisaba como siempre su lista de deseos.

Los hermanos lo abrazaron con cariño y alabaron su ahínco en conseguir su sueño.

No podía creer lo que veían sus ojos. Pero no tuvo tiempo para pensar. Una muchedumbre curiosa empezó a entrar en la tienda y los tres hermanos tuvieron que remangarse y atender a todas aquellas personas que envueltos en un espíritu navideño vaciaban las baldas. Al terminar el día los hermanos estaban agotados, las baldas vacías y la caja registradora llena. Al día siguiente podría hacer frente a las deudas, aunque su bolsa se quedaría de nuevo vacía.

Al llegar a casa fue directo al arcón, lo abrió y para su desconcierto estaba vacío. Un papel dorado en el fondo y unas pequeñas gafas llamaron su atención. Se inclinó para cogerlas, pero tuvo mala suerte, resbaló y cayó dentro del baúl, del golpe se cerró la tapa. La cabeza empezó a darle vueltas, se mareó al sentir que su cuerpo se deslizaba por una especie de enorme tobogán. Cayó en una piscina de cojines de diferentes formas y colores.  Se levantó sorprendido y miró a su alrededor. Estaba en la tienda de su padre. Sonaba música y había una actividad tremenda

Pequeños muñecos de madera, con trajes militares pintados en sus cuerpos, organizaban a una tropa de diminutos duendes. Llenaban las estanterías con nuevo material. En el fondo del local, estático en su estantería, el muñeco del arcón leía su interminable pergamino. El pequeño de los hermanos lo escrutó con los ojos muy abiertos. La música cesó cuando sus miradas se encontraron. Una voz grave y fuerte, como aquella que escuchó susurrada con el viento hacía mucho tiempo, lo exhortó sin titubeos.

—¡Arremángate! —pidió con tono amable y, cantarín, recitó a la vez que le guiñaba un ojo—. ¡Feliz Navidad!!

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Nota: Este cuento forma parte de un conjunto de Cuentos de Navidad registrados en SafeCreative

 

Cuento de Navidad. El traje

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El sonido de una campanilla se coló por la ventana abierta de la casa y despertó al hombre, entrado en años, que dormitaba en un sillón. Pensativo, miró en silencio el fuego en la chimenea e hipnotizado por el tintineo que volvía a sonar en la calle y se hacía más presente, se levantó despacio, y caminó sin un rumbo fijo. Al pasar por la cocina vio a su mujer trajinando con los platos y no pudo evitar robar un pastelito que se caía de uno al que ella vertía chocolate.  Ella lo miró risueña, dejó el cazo sobre la encimera y se le acercó.

—¡Qué goloso eres! —exclamó a la vez que le quitaba las migas que habían caído en la solapa de su bata. Le dio la vuelta y lo expulsó de allí con un empujoncito—. Y vístete… ¡Date prisa!

Lo acompañó sosteniéndolo por los hombros, y él, sin saber muy bien, se dejó guiar. En la gran habitación un traje rojo con esponjoso ribete blanco estaba dispuesto sobre la cama y unas gruesas botas invitaban, desde el suelo, a calzarlas. El hombre miró extrañado el traje y perplejo se dirigió a su mujer.

—¿Quieres que me ponga esto?

—Claro, es lo normal —contestó ella retirándole el batín—. Venga, yo te ayudaré. Rudolph te espera fuera.

—¿Rudolph? ¿Y a dónde iré vestido así?

—Pero Nicolás… ¿Otra vez?

El hombre se sentó, junto al traje, entristecido. No recordaba qué tenía que hacer y se sentía tan perdido dentro de su propio cuerpo y pensamientos que se le escapó una lágrima y después le siguieron otras. Allí encogido parecía un niño al que le da miedo todo y solo busca la mano de aquel que lo sostiene al mundo. La mujer lo observó melancólica. Se le veía tan desvalido, casi encorvado y su piel antaño tersa, parecía contener todas las arrugas del mundo.

—No estés triste —lo animó—. Puede que ahora no lo recuerdes, pero este traje es mágico. Cuando te lo pongas sabrás quién eres.

Animado por esas palabras el hombre se empezó a vestir. Miró desconfiado la cintura del pantalón y pensó que se perdería en él. De reojo vio a la mujer que le asentía con la cabeza y obedeció. Con lentitud se puso aquellas prendas extrañas. Finalmente se ajustóSANTA CLAUS TRAJEimages traje santa el gran cinturón que rodeaba su cintura y se miró al espejo. Vio cómo su barba crecía y encanecía, a la vez que su cabello, hasta tintarse de un blanco casi luminoso. Su cuerpo se había adaptado al traje y le quedaba como un guante. Mientras miraba su imagen regordeta reflejada en el espejo, sin saber cómo, su mente se inundó de recuerdos. Se vio surcando el cielo en un trineo mágico tirado por nueve renos; repartiendo felicidad, cargando un saco fantástico, prodigioso, repleto de juguetes y regalos. Con estupor evocó cómo se podía convertir en humo y bajar por las chimeneas o entrar en las casas por los lugares más insospechados, para cumplir los deseos de miles de niños de todas las edades.  Pero aquella sensación de estar perdido en su memoria no se le olvidó y pensó que muchos viejitos como él, si salían a la calle, podían perderse y no encontrar el camino de vuelta a sus hogares al no tener un traje mágico.

Su mujer lo observaba a cierta distancia e intuyendo sus pensamientos se le acercó. Quiso decirle muchas cosas, pero la emoción se le atrancó en la garganta y solo pudo abrazarlo. Se acurrucó en su pecho y le dijo muy bajito.

—Yo velaré tus recuerdos… pero hoy, esta noche es de alegría. Contra el olvido solo nos queda el amor.

Nicolás pensó que era afortunado porque cuando uno se pierde o simplemente se va hay otros que lo piensan y lo recuerdan y así uno nunca se va del todo.  Ahora lo entendía, esa era la verdadera magia.

En ese momento la escena se rompió. Un pequeño duendecillo vestido de color verde entró corriendo en la habitación y volteándose en el aire no dejaba de exclamar:

—¡Ya es la hora! ¡Ya es la hora!… ¡Ha llegado la Navidad!

christmas-2945213_960_720Si la noche mágica que precede al día de Navidad piensas que no sabes que haces ahí, mira bien a tu alrededor. Puede que sea como siempre, puede que no…

La magia está en construir momentos que enriquecen los recuerdos. ¡Feliz Navidad!COR CON NR

Nota de la autora: Este cuento forma parte de una colección de Cuentos de Navidad registrado en SafeCreative

CUENTO PARA NAVIDAD. La nieve.

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La nieve había caído durante toda la noche y las aceras, los tejados, hasta los balcones, estaban cubiertos del helado polvo blanco. El día despertaba y las luces de las viviendas comenzaban a encenderse, iniciándose la rutina de una nueva jornada. Mientras, en la casa que quedaba al fondo de la gran avenida, tres tímidos niños se asomaban, acurrucados por el frío, a los grandes ventanales de su nuevo hogar, con cara de asustados. Nunca habían visto algo parecido.

—No temáis, es nieve —les gritó una voz desde la puerta de la habitación.

Ellos se volvieron y sus rostros se tornaron más asustados, si cabía. No podían creer lo que sus ojos les mostraban.

—¿Pu… Puedes hablar? —preguntó la pequeña Estela.

—Claro que puedo hablar. Los perros pueden hablar cuando quieren hacerlo.

—Yo nunca he visto uno que lo hiciera —repuso Andy, el mayor de los tres niños.

—Para hablar hay que querer hacerlo igual que para caminar. Si no escuchaste uno antes tal vez la culpa no fue del perro.

Andy se enfurruñó y se sintió aludido en aquella velada reprimenda. En su joven mente visualizó una vez que un can se le acercó a olisquearlo y él, ante el temor de que lo mordiera, le dio una patada. Miró al suelo arrepentido.

—¿En serio? —preguntó Cora con sorpresa. Los ojos brillantes del recién llegado no le dio lugar a dudas y cómo si aquello que estaba presenciando fuera algo de lo más común añadió hacia su hermano con cierto regodeo—. Tampoco habías visto… nieve

—¿Cómo te llamas? —preguntó Estela.

Los niños se acercaron con cautela y lo rodearon.

—Soy Max, pero vosotros podéis llamarme Sr. Max.

Estela quiso tocar su fino pelo, pero se sintió cohibida. Un montón de preguntas se le agolpaban en la garganta. ¿Qué le ocurría al cielo para que algo así sucediese? ¿Dónde se había metido el sol?

snowflake-2965147__340 (1)Pareció adivinarle el pensamiento y el animal empezó a hablar como si estuviera en un aula repleta de alumnos y asistieran a su clase magistral. Les explicó que las nubes estaban formadas por diminutas gotas de agua y cuando llegaban a temperaturas muy, pero que muy bajas se transformaban en pequeños y finos cristales de hielo que caían a la tierra en forma de copos de nieve. Estos al juntarse entre sí podían formar figuras geométricas diversas.

— Y cuando eso ocurre hace mucho, pero mucho frío —concluyó cautivo por las miradas de los tres niños.

Un silencio de aceptación siguió a la larga explicación.

—Sr. Max, de dónde venimos nosotros el sol siempre calienta el aire. A veces es tan ardiente que se secan los ríos y las plantas se queman, pero nunca habíamos visto algo igual, tan blanco… Es bonito —declaró Cora.

—Así son las cosas mis nuevos amigos. Hay lugares en los que nieva tanto que no puede verse el sol y en otros, hace tanto calor que no deja espacio para el frío. En nuestra ciudad tenemos suerte, a veces hace calor y otras veces, frío, y la nieve nos visita de vez en cuando, dándonos este bello espectáculo. Si queréis podemos salir al jardín y hacer un muñeco de nieve —propuso el Sr. Max—. Es lo habitual.

Los niños decidieron seguirlo. Para ello tuvieron que asumir todas sus instrucciones y buscar ropa de abrigo. Estaban emocionados. Nunca habían hecho un muñeco de nieve, aunque no debía de ser muy difícil. Ellos tenían práctica en hacer castillos y estatuas en la arena húmeda de la playa y no tenía que ser muy diferente.

El Sr. Max comenzó a disertar sobre cómo debía de ser el proceso que se debía seguir para hacer un muñeco de nieve: bola grande, para los pies; bola mediana, para el cuerpo; bola pequeña, para la cabeza; sombrero; bufanda; zanahoria para la nariz; escoba o bastón, guantes entre las manos… El desacuerdo llegó en cómo debían ponerse los brazos y algunos elementos, así que los tres niños decidieron, en consenso, salirse del esquema teórico dictado y dieron forma a su muñeco en una actitud que invitaba a aproximarse.

—Creo que no está mal del todo —admitió el Sr. Max—, pero ¿por qué está así?

Numerosos curiosos se habían concentrado alrededor de los niños cuando terminaron el muñeco. La pequeña Estela fue la primera en acercarse y como empujada por un impulso interno, se abrazó al muñeco. Para sorpresa de todos, éste rodeó con sus enormes brazos abiertos en cruz, el cuerpo de la niña y un pequeño halo de luz se dibujó alrededor de ambos, generando un momento impreciso de calor. Al separar los cuerpos la luz se difuminó.

Ante la mirada atónita del Sr. Max, Andy y Cora hicieron lo mismo que la pequeña Estela y sus caras sonrientes y de alegría al separar los cuerpos cautivó al grupo congregado que con rapidez comenzó a hacer una hilera ordenada. La fila empezó a ser muy numerosa, las gentes se sumaban ante el rumor que iba corriendo:

Con un abrazo, la alegría toca el corazón.

Todos los vecinos querían experimentar esa alegría y poco a poco las gentes fueron apartando sus tristezas y, aunque no eran los mejores tiempos, empezaron a sentir que a veces la sonrisa de un niño y un abrazo es lo único que nos hace sentir bien.

¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!

COR CON NRNota de la autora:

Este cuento forma parte de una colección de Cuentos de Navidad con un código en el registro de la propiedad intelectual y en SafeCreative ese código es:

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<span>CUENTOS DE NAVIDAD</span> –
<span>CC by-nc-nd 4.0</span> –
<span>Nuria Rivera Nogales</span>
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