Primeras páginas de Algunas mentiras

Portada Algunas mentirasPRÓLOGO

El destino quiere algunas veces que unas historias se construyan sobre los cimientos de otras. Como esas iglesias cristianas que se levantaron sobre las ruinas de templos paganos, para acabar borrándolos, aunque no lo consiguieron del todo.

Las piezas de mi vida las he podido unir cuando ya era tarde. Lo perdido, perdido está. Ansiosa, espero encontrarme sentada en ese avión que me llevará lejos, a otra ciudad y a otras gentes. Tal vez, a otros brazos y a otras caricias que me hagan olvidar. Huyo. Es probable. Pero también obedezco a una petición: «Vete, márchate».

No creía que se pudiera sentir más dolor, después del que experimenté con la muerte de mi madre. Pero el amor duele. Así que aquí estoy, forzando una sonrisa que no siento y reprimiendo unas lágrimas que quieren salir.

Mi historia no empieza conmigo, ni siquiera con Alex. Se inició hace poco más de treinta años, el día que mi madre casi muere ahogada en el mar.

—¡Lía! ¿No me oyes? —grita mi padre y me saca de mis pensamientos—. ¿Lo llevas todo? Tienes que embarcar, ya.

Las lágrimas hacen su aparición y ya no soy capaz de retenerlas. Mi padre, el gran escritor, el que me contó mil historias para dormir, no tiene un final feliz para mí. Me acaricia la cara y me besa la nariz. Se ha quedado sin palabras.

A su lado, Isabel me sonríe y en silencio me dice que todo irá bien. Sé que miente, pero la creo.

 —Escribe, pequeña, escribe y sacarás todo el dolor del corazón —me aconseja papá—. Y cuando quieras hablar, aquí estaré.

—Ya no quiero ser la pequeña de nadie —digo en un sollozo y él, como si tuviera cinco años, me limpia las mejillas con sus pulgares y me hace reír.

—Siempre serás mi niña, mi pequeña.

Me atrae hacia él y me rodea con sus fuertes brazos. Durante un siglo permanezco así, protegida del mundo. Cuando me separo, siento el peso de una mirada que se clava en mí y la ansiedad vuelve a apoderarse de mi cuerpo.

—Solo quería despedirme —murmura el dueño de esos ojos, con un nudo de voz en la garganta.

Inquieta, miro hacia ambos lados. Por un momento imagino que él corre hacia mí y me pide que no me marche.

—Él no está, solo yo, hija.

Los altavoces anuncian la última llamada para los pasajeros del vuelo a Nueva York. El mío.

Vuelvo a abrazar a mi padre, le susurro mil veces cuánto lo quiero. También abrazo a Isabel y le pido que no lo deje solo. A Gerard lo tomo de las manos y él me da un tímido beso en la mejilla, le ruego que cuide de Alex.

Me alejo del pequeño grupo, con la sensación de que los pies me pesan y he de arrastrarlos. Sin poder evitarlo, me giro y me miran conmovidos. Los observo un segundo. Necesito un segundo para grabarlos en mi corazón. El brazo de mi padre se apoya en los hombros de su amigo y esa escena me emociona. Gerard me observa con los ojos achinados, creo que hace esfuerzos para no dejar escapar las lágrimas. Posa la mano derecha en su corazón y da pequeños golpecitos. En un impulso regreso sobre mis pasos y lo abrazo. Llora, emocionado, y en mi oído susurra un «Lo siento».

Me separo con lentitud y les dedico una tierna sonrisa. Sé que les duele verme partir, aunque se hagan los fuertes. Impotentes se resignan a que no hay vuelta atrás, pero las lágrimas los delatan. Mi padre las disimula y sonríe, quiere darme el valor que sabe que me falta. Lanzo un beso al aire y me doy la vuelta. Me alejo, aligero mis pasos cada vez más, hasta correr para no echarme atrás.

 Capítulo 1

Algunos días es mejor no salir de la cama. Después de un fin de semana que no pasará a la historia, mi mente se resiste a activarse para iniciar la jornada laboral. Sin querer, o queriendo, mi recuerdo regresa a las playas de Los Ángeles. A la dulce caricia de unas manos sobre mi cuerpo, mi pelo esparcido sobre un pecho dorado por los rayos del sol, y a una despedida. Las vacaciones son para soñar, pero han terminado. Es lunes y debo volver a la realidad. Pero esta golpea otra vez y nada más llegar a mi puesto de trabajo me encuentro la segunda peor de las noticias, en pocos días.

—¡Nos han vendido! —exclama Berta con cara de alarma.

—No —le digo—. Nos trasladamos de oficina. No te enteras, aún estás con el horario de la costa oeste.

—No te enterarás tú.

—¿Cómo van a vender la empresa? —pregunto sin saber de qué habla.

—El señor Elizalde ha traspasado su negocio a un grupo de abogados: Blasco y Asociados o algo así. ¡Lía, ha vendido la consultoría! Estamos convocados todos a una reunión donde nos lo explicarán.

Caigo en shock; tengo que pagar el alquiler, mis facturas, el coche que quería comprarme, mis próximas vacaciones. Entro en barrena y solo se me ocurre pensar que tendré que volver a casa.

Berta, que por algo es mi mejor amiga, me abraza y me dice que no me preocupe, hablará con su padre y nos encontrará algo. Ella lo tiene fácil, estudió económicas, puede volver con él, pero yo soy psicóloga de empresa. Me dedico a temas laborales, formación y valoración de organizaciones en la consultoría desde hace cinco años. ¿Qué hago en una asesoría jurídica y fiscal? Tampoco quiero tener que recurrir a la ayuda de mi padre.

—¡Joan! —grito cuando veo a nuestro jefe llegar.

Berta y yo lo abordamos en el pasillo, al vernos nos pide calma con las manos. Es nuestro superior directo. Él sabrá darnos respuestas.

—¿Qué ha pasado? —pregunta, exaltada, Berta sin saludarlo siquiera—. ¿Por qué ha vendido la empresa? ¿Qué ocurre con el traslado?

—¿Por qué no nos has avisado antes? ¿Desde cuándo lo sabes? ¿Qué va a pasar? —lo bombardeo antes de que entre en su despacho.

—Berta, Angalia, por favor, un poco de calma. Es lunes, no estresadme de buena mañana que tengo el corazón delicado —señala y sé que quiere transmitirnos tranquilidad con esta broma. Su corazón es fuerte, aunque esté bastante usado, como él dice.

—¡Venga, ya! Si aún pones a la parienta mirando a Cuenca —suelta Berta con descaro.

—¡Berta, por Dios! Que van a oírte —refunfuña, a la vez que mira hacia ambos lados del pasillo, con una expresión que simula recelo—. Ahora hablaremos de eso entre todos.

Entramos en la sala de reuniones, donde ya está todo el mundo. En la oficina somos diez personas, contando a Javier Elizalde, el dueño, y a Joan Pérez, su mano derecha, mi mentor y director comercial. Cuando entran los jefes se hace un silencio. Con seriedad y pocos preámbulos nos explican la situación. Quieren jubilarse y han encontrado un comprador. Así de sencillo. Las preguntas no se dejan esperar. Todos tenemos la misma preocupación. ¿Qué va a pasar con nosotros? Percibo que Joan me mira más que a ninguno. Nos tenemos un cariño especial. Gracias a él conseguí este trabajo, fue profesor mío en un posgrado de recursos humanos y me ofreció hacer prácticas aquí y al final me contrataron.

—Estamos negociando que se respeten algunos puestos —anuncia el dueño—. Pero no puedo engañaros, no están interesados.

Un murmullo de quejas y protestas de decepción se eleva sobre su voz. Él se sienta derrotado en su silla, supongo que sabía que no sería fácil transmitir las noticias. Estoy segura de que hubiera querido escaquearse y decirlo a través de una nota informativa, como cuando nos dijo que nos quedábamos sin prima de objetivos aquellos que no participásemos en la venta del producto, aunque fuésemos quienes lo diseñáramos y tuviéramos el curro.

—¡Señores! —exclama Joan y acalla los cuchicheos—. Nos queda un mes para concretar los últimos proyectos, así que tenemos que ser profesionales con nuestros clientes. Ellos están al tanto del cambio de titularidad y nos hemos comprometido en entregarles lo contratado, en la medida de lo posible. No obstante, tenemos que hacer un trabajo digno de nuestra firma para que la transición sea lo más llana posible. Sabemos el gran esfuerzo que tienen que hacer todos y la situación en la que quedan. Recibirán su liquidación y además obtendrán una prima de indemnización por el tiempo trabajado con nosotros, en compensación.

No hay preguntas, todo queda claro. Nos vamos al paro. Salimos de la sala con las cabezas gachas y con un sinfín de preocupaciones, cada uno.

Berta y yo nos quedamos rezagadas. Elizalde se escabulle hacia su despacho, Joan se nos acerca y nos dice en un tono de voz confidencial.

—Necesito vuestros currículums actualizados para entregarlos en breve. Con suerte, si presiono bien, puedo conseguir que os hagan un hueco, lo mismo que a Carlos.

Casi lo abrazo de la alegría, pero me contengo. Creo que son las palabras de mi amiga las que me frenan.

—Es un gran detalle, jefe, pero no esperes que te lo devolvamos con favores sexuales. Conocemos a tu mujer y nos despellejaría vivas.

Nos reímos ante semejante comentario que ella hace como si estuviese transmitiendo el parte meteorológico.

—No tienes remedio, Berta —admite—. Chicas, el traslado será efectivo en un mes, nos comprometimos a hacer el cambio a las oficinas del nuevo propietario y a ayudarlo en el traspaso con los clientes —confirma serio—. Y ahora a trabajar, tengo mucho que organizar. Quiero los últimos proyectos terminados y entregados en los próximos días. Con eso cerramos este ciclo. Luego ya se verá.

Se despide de nosotras y le hago un gesto con la cabeza a Berta, que caza al vuelo, y vamos directo a los servicios.

—Menuda sorpresa de lunes —ironiza—. Por lo menos tendremos el paro.

—No sé qué voy a hacer, tendré que volver a Blanes con mi padre y tal como están las cosas entre nosotros es lo que menos deseo.

—Si adoras a tu padre. ¿Qué pasa? ¿Problemas en el paraíso? —pregunta con curiosidad y cierta mofa—. ¿O es que ha vuelto a escribir y está insoportable?

Ojalá escribiera de nuevo. Prefiero lo irritable y ausente que está en esos momentos de creación que al nuevo Dylan Taylor.

—Fui a verlo al regresar de Los Ángeles y nos peleamos —confieso y me siento triste al evocar aquel momento. Tenía muchas ganas de verlo, pero no me recibió con buenas noticias, por lo menos no lo eran para mí—. Ha empezado a salir con alguien, quiere que la conozca. Es profesora de literatura. Se conocieron en la universidad, ella lo invitó a dar un taller de escritura creativa. Cuando le dije que era pronto para mí, que no estaba preparada, se molestó y me dijo que yo seguía mi vida y él debía hacer algo con la suya. Quizás mi reacción fue infantil, pero me marché. Me dolieron sus palabras.

—¡Hombres! No entienden nada —murmura, a la vez que me abraza.

—Quiero entenderlo, pero él debe entenderme a mí.

—Dale tiempo —propone comprensiva y, como si nada, cambia de tema y exclama—: ¡Cómo me gustaría seguir de vacaciones! Oye, tus primos son geniales, me los he agregado a Facebook y ya nos seguimos en Twitter e Instagram. También Jack. Por cierto, que sepas, que tiene un montón de seguidoras. No lo imaginé así, tan cercano y normal. ¿Cómo habéis quedado?

—¿Cómo quieres que quedemos? Nos separa un océano. No soportaría una relación a distancia. Además, no sé si serviría para salir con un modelo. A mí ese mundo, al contrario que a mis primos, no me va. Tuvimos nuestros momentos y nos despedimos como amigos. Estuvo bien mientras duró —contesto con una sonrisa pícara en los labios. Me miro al espejo y me aliso el pelo con los dedos, como si lo peinara—. ¿Crees que debería hacerme mechas o algo así?

—No, estás estupenda. La melena oscura hace que destaquen más tus ojos grises —responde y añade irónica—: Y no creas que no me doy cuenta de que has cambiado de tema…

—¿Berta? —la voz de una compañera que entra, nos interrumpe—. Berta, te busca Elizalde. Querrá saber cómo tienen las cuentas —dice con sarcasmo.

—Ah, voy.

Salimos de los lavabos y nos vamos cada una a su despacho. ¿Vacaciones? ¿Qué vacaciones? Si ya casi no me acuerdo de ellas.

 El viernes estoy agotada. Hemos sabido que al final de los ocho compañeros que somos, cuatro serán despedidos; nosotras dos estamos como en el limbo, sin saber todavía qué pasará. Carlos ha declinado la oferta que Joan le proponía, quiere capitalizar su paro e iniciar un negocio y una de las mujeres más mayores se irá con uno de los clientes, a su empresa. Así que los ánimos del personal no están con muchas ganas de terminar los proyectos. A los compañeros le da lo mismo si se concluyen o no. No han tenido ni ganas ni humor de ayudarnos. Se han escaqueado todo lo que podían porque saben que no llegarán a final de mes en plantilla.

Berta, con su buen humor, ha intentado hacer los días más distendidos. Propuso una cena de despedida, pero la gente no tiene muchas ganas y no se apunta nadie, así que decidimos salir nosotras dos a tomarnos algo, necesitamos despejarnos.

Nos encontramos en la puerta del Lamborghini. Me encanta este lugar. Han sabido combinar un buen restaurante con sala de fiestas y, además, en el sótano, hay una sala de jazz con música en directo. Está bastante lleno, menos mal que hemos reservado. Cuando nos llevan a nuestra mesa hay otra vacía, al lado. Pedimos vino mientras miramos la carta. Al momento unos chicos la ocupan, son tres y bastante atractivos. Cruzo la mirada con ellos, dos sonríen, pero el tercero me mira como si le debiera algo. Berta levanta la vista de la carta.

—¿Qué te pides? —pregunto—. No tengo mucha hambre, ¿compartimos el primero?

No me hace ni caso, tiene la vista clavada en la mesa vecina.

—¡Berta! —la llamo un poco más alto de lo que me hubiese gustado.

De pronto, escucho como en eco el nombre de Berta y ella se sonríe, a la vez que se levanta de la silla, y se acerca a uno de los chicos de al lado que también se levanta.

—Hola, Bruno. ¡Qué sorpresa encontrarte!

Se abrazan ante la atenta mirada de sus dos amigos y la mía. Mi mente empieza rápido a pensar quién es este hombre. ¿Bruno? ¿Bruno? Y de repente caigo. ¡El italiano! Un novio que tuvo hace años y dejaron de verse por no sé qué historia, pero del que siempre estuvo colgada. Sin soltarse de las manos, hacen las presentaciones. Se quedan un poco embobados y cuando cada uno se dirige a su asiento, el chico de la mirada penetrante, Alex, dice que podríamos juntar las mesas. David, el otro amigo, llama al camarero y a ellos, que siguen con las manos entrelazadas, se les iluminan los ojos. En unos segundos tenemos todo montado.

Pedimos algunos platos para compartir entre todos y luego cada uno lo suyo. Yo elijo merluza en salsa verde, pero no me gusta demasiado. No sé si es el pescado, la salsa o esos ojos que no dejan de mirarme desde la otra punta. Parece que me analizan.

Bruno y Berta dominan la conversación, los demás somos meros oyentes, aunque de vez en cuando nos incluyen. Así me entero de que los tres son abogados y de que Bruno es hijo de un amigo del padre de Berta. Yo solo digo que soy psicóloga y me dedico a temas empresariales, no tengo ganas de dar más explicaciones. Berta está en su nube y me hace gracia verla cómo se toca el pelo, está nerviosa.

En los postres, David propone ir a una discoteca. Berta me dice en un susurro que quiere ir, que no se me ocurra negarme. Yo estoy algo cansada, casi voy a desistir, pero ella me hace un puchero. David me coge por la cintura y me dice que lo pasaremos bien. Casi pegado a mi oído susurra que cuando quiera irme, él me lleva a casa. Tengo la impresión de que eso ha sido una insinuación en toda regla, aunque yo me limito a sonreír. Un teléfono suena y me siento salvada por la campana, pero no es el mío. Alex, que no deja de observarme sin disimulo —quisiera tener rayos X para saber qué piensa—, me mira con cara crítica y se lleva el móvil al oído.

—Hoy no puedo, otro día —suelta sin mucha emoción—. Te llamo.

Vamos a la discoteca que está a dos calles. Nos acercamos primero a la barra, pedimos unas copas y luego nos sentamos en un reservado. Como Berta está muy entretenida, me levanto y voy a la pista. David viene conmigo, bailamos entre risas y coreamos las canciones. Es divertido. De reojo veo a Alex que se levanta y vuelve a la barra, desde allí nos observa. Creo que los dos nos estudiamos, aunque yo por lo menos disimulo. Me molesta su actitud, no puedo decir que la manera en la que me mira me desagrade, más bien me pone nerviosa, siento que me desnuda.

 David se aventura a cogerme por las caderas y a acercarme a él, lo sigo, aunque marco distancia. Este va muy lanzado y yo no tengo tantas ganas de fiesta como él. Por lo menos no de la misma. Seré antigua, pero necesito conocer un poco a la persona antes de atreverme a acostarme con ella. No quiero agobiarme, ni parecer mojigata, dejo que pase el aire entre los dos y con cierta diplomacia le digo que voy al baño. Después de una larga cola, al salir, alguien me coge del brazo y doy un respingo. Es Alex. Mi corazón sale disparado al sentir el aroma de su colonia que llena mis fosas nasales.

—¡Alex! —exclamo y espero a que diga algo antes de desmayarme por la sorpresa.

—Él no es para ti, no pierdas el tiempo.

—¿Qué? —pregunto descolocada.

—Ya te ha tanteado y sabe que no caerás.

—¿Cómo estás tan seguro? —inquiero irritada, pero ¿quién se ha creído que es?

—David acabará con otra en la cama y tú, en la mía.

¡Esto es el colmo! Suelto una carcajada por no mandarlo a la mierda, aunque se queda tan fresco, se dedica a observarme con los ojos muy abiertos.

—Mira, guapo —espeto enfadada—. Yo también te he tanteado y va a ser que no, no pierdas el tiempo.

Me alejo de él, a pasos agigantados y bastante irritada. Pero eso no es nada cuando al llegar a la pista veo que David está tonteando con una rubia que le da más cancha que yo, hace unos minutos. Este no pierde el tiempo, encima Alex tenía razón. Saco mi móvil del bolsito que llevo cruzado y le envío un mensaje a Berta. Para mí la noche se ha acabado.

 La semana empieza igual que acabó la otra. Berta está encantada con su reencuentro con Bruno, se dieron los teléfonos y wasapean  a todas horas. Parece una quinceañera con su primer novio. Me gusta verla así.

—Estás muy risueña, ¿con quién te escribes? —pregunto con ironía. Está claro con quien y seguro que son mensajes guarros.

—Con Bruno, hacemos planes.

—¿Planes?

—Sí, para el finde —contesta sin levantar la vista de la pantalla del teléfono, pero se me acerca un poco y suelta en tono de confidencia—. Lía, me revoluciona y ya sabes aquello de que donde hubo fuego… Esta tarde tengo hora en el spa, voy a depilarme enterita. Todo, todo. ¿Te vienes?

—No voy a decirte que no —contesto con burla—. Yo también me daré unos mimos, nunca se sabe.

Nos echamos a reír y la mirada que nos dedican algunos compañeros nos coarta, así que cada una se va a su mesa con la cabeza gacha. No está el ambiente para risas.

Joan me llama por teléfono, me pide que en una hora le lleve unos documentos a las nuevas oficinas. Él y Elizalde se reúnen con los nuevos jefes. Me da unas instrucciones de cómo llegar y por quién debo preguntar. Cojo lo que me pide y salgo disparada, pero como no soy muy buena calculando tiempos, llego con bastante antelación, así que me meto en la primera cafetería que encuentro. Mi suerte es extraordinaria, no hay mucha gente y me coloco en un sitio libre en la barra. Un hombre, de espaldas a mí, habla por teléfono, le está echando una buena bronca a alguien, porque le falta no sé qué informe. No me gustaría estar en el pellejo de quien esté al otro lado del móvil. Me pido un café con leche y de pronto se gira y para mi sorpresa unos ojos claros se me clavan. Me siento intimidada y como él no habla me limito a saludarlo.

—Hola, Alex.

—Lía.

No dice nada más. El muy cretino coge su maletín y se va. Me tomo mi café con leche y voy en busca de las oficinas nuevas.

Necesito un momento para hacerme una idea del camino que tengo que seguir, esto es enorme. Cuando por fin llego busco a la tal Roser que me ha dicho Joan y la encuentro esperándome, con mala cara. De inmediato me presento y disculpo. Me avergüenzo por confiarme, con todo el tiempo libre que tenía, llego cinco minutos de retraso.

Coge el portafolio y me despide. Se mete en una sala de la que salen bastantes voces. Mejor me voy, no quiero recibir.

 Por fin viernes. Al salir del trabajo voy con Berta camino del metro y me suena el teléfono. Es mi padre, dudo si atenderlo, pero me armo de valor y lo hago.

—Hola, Angalia. ¿Cómo estás?

—Bien.

Se hace un silencio, pero él lo llena enseguida.

—¿Has escrito? —pregunta. Antes escribía, se me debió pegar al verlo a él crear historias, pero desde que mi madre enfermó no he vuelto a hacerlo. Mi padre es de los que piensan que las palabras sanan el alma y la escritura es terapéutica. Por eso siempre me anima a hacerlo.

—No, papá, no estoy muy inspirada. Me cuesta ponerme.

—Solo tienes que coger una hoja en blanco y dejarte llevar por los sentimientos, algo saldrá.

—Lo intentaré un día de estos.

Se me hace un nudo en la garganta y estoy a punto de echarme a llorar, pero lo contengo, no es ni el momento ni el lugar. Le explico por encima lo del trabajo y rápido me dice que si necesito algo, él está ahí para lo que sea. Me cuenta algunas cosas triviales y me propone quedar. Le doy largas, aunque sé que le hago daño.

—Papá, me pillas mal, ¿hablamos en otro momento? —propongo para cortar la comunicación.

—Está bien, cariño, te llamo otro día. Cuídate, pequeña.

Respiro hondo un par de veces hasta sentir que ya soy dueña de mis emociones.

—¿Sigue con su idea de presentarte a su novia? —puntualiza Berta y me irrita porque da de lleno en la diana.

—¡No es su novia! —casi grito.

—Lía, en algún momento tendrás que ceder, él no quiere hacerlo a tus espaldas.

—Ya lo sé, pero es tan pronto —refunfuño—… ¿Cómo ha podido olvidarse ya de ella?

—No creo que la olvide nunca, pero ha de seguir con su vida —contesta y me coge por los hombros—. ¿Cuánto tiempo hace de lo de tu madre?

—En diciembre hará dos años —confirmo y seguida por la nostalgia continúo—: ¿Sabes? Ellos no tuvieron un inicio fácil. Mi madre tenía otro novio, su gran primer amor, decía. Mi padre fue el segundo. Para él ella era la única mujer en el mundo y supo ganarse su corazón. Eran amigos, creo que los tres formaban una especie de triángulo amoroso. La salvaron de morir ahogada. Mi padre siempre estuvo enamorado de mi madre, pero ella y el otro se hicieron novios, así que nunca intentó nada porque respetaba a su amigo. Pero el novio la engañó y la dejó cuando supo que iba a tener un hijo con la otra mujer. Faltaba poco para que se casaran. Mi madre quedó destrozada y mi padre estuvo ahí, apoyándola.

—¿Y tu padre siguió siendo amigo del otro? —pregunta alarmada.

—No, se pelearon. Mis abuelos vivían entonces separados, la abuela se había venido de Los Ángeles a Blanes y mi padre pasaba temporadas con ella. Cuando se regresaba, como mi madre quería irse lejos para olvidar, le propuso irse con él y la conquistó poco a poco. De niña, ella, me contaba una bonita historia sobre sus dos amores y el regalo que le hizo cada uno. Mis padres se casaron mucho después de haber nacido yo y cuando tenía ocho años nos regresamos aquí. Después de que mi hermano murió.

—¿Tenías un hermano? Nunca hablas de él.

—No lo recuerdo mucho, era más pequeño. Tuvo leucemia —digo y me retiro una lágrima que cae por mi mejilla, no quiero abrir esa caja—. Mamá no soportaba estar allí después de su muerte.

—Tu padre ha sufrido mucho. El último año de tu madre fue muy duro, tal vez le haya removido los viejos recuerdos. La pérdida de un hijo no se supera. Pero ahora puede volver a ser feliz de nuevo —señala Berta con cariño—. Nunca olvidará lo que tuvo, pero puede tener su segunda oportunidad también.

—Sí, supongo.

Me hago una nota mental para llamar a mi padre, pero lo haré otro día, ahora no soy capaz.

 Capítulo 2

El sábado por la noche nos encontramos con los chicos en el Lamborghini, Berta ha quedado con Bruno. Frente a nosotras, en la barra, David, se muestra muy cariñoso con la rubia de la otra vez y yo no sé dónde meterme, cuando los veo. De pronto, la mirada de Alex me atraviesa, seguro que piensa: “ya te lo dije”. Para mi salvación veo pasar a unas chicas de la oficina y me voy con ellas a hablar. Están de un bajón increíble, pero soy solidaria e intento animarlas. Al cabo de una hora ya no aguanto más y me acerco a Berta para despedirme, ella también quiere marcharse. Bruno habla con Alex y él se ofrece a llevarnos. Por lo visto se va todo el mundo. David hace tiempo que desapareció, no hay que ser muy lista para saber con quién.

Alex nos recoge en la puerta en un impresionante Audi. Nosotras nos colocamos detrás, pero Bruno va todo el rato girado, las miradas que se dedican estos dos son incendiarias. Al llegar a casa de Berta, Alex detiene el coche. Ella me da dos besos y cuando se acerca a Bruno, para despedirse, le pregunta en un susurro sugerente que no pasa desapercibido para nadie.

—¿Quieres subir?

—Lo estoy deseando —contesta él y baja del coche.

Berta me guiña un ojo y sale tan contenta. Alex me distrae al decirme que me ponga delante. Cuando me siento me mira y no arranca, yo no aguanto más esos ojos claros que me interrogan y no sé qué. Exclamo alterada.

—¡Qué!

—El cinturón, pequeña, no quiero sorpresas —me amonesta tranquilo y arranca cuando termino de abrocharlo. Se une a la circulación y pregunta—: ¿Dónde?

Yo todavía estoy en estado de shock por ese pequeña.

—Dónde, ¿qué?

—Tu dirección o ¿prefieres ir a mi casa?

—¿Por qué iba a ir a tu casa? —suelto molesta y le digo mi calle, pero no puedo morderme la lengua—. No vuelvas a llamarme pequeña, no me gusta.

—¿Por qué?

—Me lo llama mi padre y… mi madre me lo decía también.

Hago un esfuerzo por retener las lágrimas que se me agolpan en los ojos. Creo que se da cuenta de que algo me sucede y agradezco que sea de esas personas que respeta los silencios y no dice nada.

Al llegar a mi calle detiene el coche en un paso de peatones, apaga el motor y me mira a la espera de que diga algo. Dios, esa mirada otra vez. No aguanto que me mire así, me entra un calor por todo el cuerpo que despierta mis sentidos más primarios. Así que me quito el cinturón y, cuando voy a abrir la puerta, su mano se posa sobre mi rodilla. Si no llevara pantalones se habría quemado con mi piel.

—¿No vas a invitarme a subir? —pregunta arrogante.

¡Por Dios, por Dios! Este quiere guerra… conmigo. Lo cierto es que estoy tentada de decirle que suba, pero no soy tan abierta como Berta, y ni siquiera me ha besado. Va al grano, directo, directo.

Le dedico mi mejor sonrisa y le suelto.

—No.

Me observa como si fuera a comerme, yo hago amago de salir, pero él aprieta su mano en mi rodilla, la mueve en una pequeña caricia.

—¿Y mi beso de despedida?

Esta vez soy yo quien clavo mis ojos en él y después de unos segundos no me lo pienso más, me acerco rápido, lo beso en la mejilla y salgo disparada del coche. Cuando abro mi portal, lo veo aún parado. Es un gesto protector, se asegura de que entre. Pero me sorprende cuando me grita por la ventanilla.

—¡Me has puesto un reto, no pienso rendirme!

La semana empieza con mucho trabajo; la mitad de los compañeros ya no están y Berta me dice que se está pensando lo de venir a las nuevas oficinas; su padre le ofrece un puesto y me propone irnos con él. Pero yo no quiero, no sé qué haría allí, le digo que me arriesgaré en el nuevo sitio.

—Entonces nos arriesgaremos las dos —concluye.

El jueves salimos y, como empieza a ser costumbre, nos encontramos a los chicos en el Lamborghini pero, para mi sorpresa, Alex no está solo. Berta y Bruno se dedican miraditas y me preparo porque de un momento a otro desaparecerán. Alex habla con una chica morena que le susurra al oído de vez en cuando, él se sonríe, la coge de la cintura, pero la mirada la tiene clavada en mí. Será descarado, ni siquiera atiende a su chica. Uy, me pongo mala, solo de verlo. Me despido de la parejita, porque sé que se irán a la francesa, y me doy una vuelta por el local. Hay jazz en directo en la pista de abajo, así que me pierdo un rato. Me acerco a la barra y me pido una cerveza. Me apoyo en una columna desde donde se ve muy bien el escenario y observo al grupo. Me encanta el solo que hace el saxofonista. Siento una mano que me coge por la cintura y no necesito mirarlo para saber quién es. Su aroma me encanta, tengo que averiguar qué colonia es.

—¿Me estás evitando?

No le contesto, uso su táctica de la mirada, aunque yo no soy capaz de mantenerla tanto tiempo, mis ojos van de los suyos a su boca. Tiene unos labios carnosos que me muero por besar.

—Te lo tienes un poco creído, ¿no? Me gusta la música y tú deberías volver con tu chica —respondo con indiferencia.

—¿Celosa?

—Eso es lo que quisieras. No soy de tu club de fans, guapo —contesto chulita y me alejo de él antes de que caiga en su hechizo y me tire en sus brazos.

Voy al baño y cuando subo a la planta de arriba me doy cuenta de que él ha vuelto a la barra con la chica morena, muy mona, por cierto, y de que Bruno y Berta ya no están. Mi móvil vibra en el bolsito, lo cojo, es de un número desconocido. Así que paso de él, pero al rato vuelve a sonar y atiendo por si acaso no sea alguien que quiera venderme algo a las once de la noche y sea importante.

Salgo del local porque no oigo bien. Es una mujer, me quedo de piedra cuando se identifica.

—Hola Angalia, soy Isabel, la mujer que sale con Dylan.

—¿Qué quiere? ¿Le pasa algo a mi padre?

—No, no… él está muy bien. Yo… yo quería que nos conociéramos. ¿Puedo ir a verte y hablamos?

Esto es el colmo. ¿Cómo se ha atrevido a llamarme esta mujer?

—No, no… yo… Ahora estoy muy ocupada.

—Angalia, Lía. Si soy la novia de tu padre, lo lógico es que nos conozcamos.

—¡Mi padre no tiene novias! —grito, me paso la mano por la frente e intento serenarme—. Mire, no es un buen momento, ya hablaremos.

Cuelgo y quiero echarme a llorar, pero no me da tiempo. De repente alguien me abraza por la espalda y me manosea. No reconozco su aroma, huele a alcohol. Dios, qué asco. Grito. Siento cómo me empuja hacia la pared, apenas puedo defenderme. Me asusto y grito más fuerte todavía. Sujeta con sus brazos los míos, me tiene aprisionada y dice cosas ininteligibles en mi oído. Este tío no está bien. ¿Dónde se ha metido la gente que había en la puerta?

De pronto, me siento libre y escucho un gemido, casi un aullido de dolor. Me giro y veo cómo un chico gordo y torpe sale corriendo calle abajo y me topo con un torso duro que me acaricia los brazos y nervioso toma mi cara entre sus manos. Dice que todo ha pasado y me pregunta si estoy bien. Con los pulgares retira unas lágrimas que se me escapan sin querer y me dedica una mirada que no sé si es furiosa o de tensión. Este aroma sí lo reconozco, me dejo caer en ese duro pecho y libero las ganas de llorar que tengo. ¡Qué susto! No sé el tiempo que paso acurrucada en su cuerpo mientras él me acaricia la espalda de arriba abajo. Es un gesto íntimo, sin carga de seducción, pero que me serena como si estuviese en los brazos de alguien amado. Creo que su respiración también es de alivio. De repente soy consciente de la escena. Me separo avergonzada, él me dedica una mirada seria y me señala un coche, su coche, que está aparcado a escasos metros, a la vez que me exige que suba.

Camino a su lado, pero me tiemblan un poco las piernas. Él se da cuenta y me sujeta del brazo, me dirige a la puerta de atrás y en ese momento me doy cuenta de que hay alguien más, dentro. Me inclino un poco y, a través de la ventanilla, veo a la chica morena en el asiento del copiloto que me mira con cara de preocupación. Me recobro en un segundo y me niego a entrar.

—No seas cría —me dice con una mirada de reproche—, te llevo a casa.

—Puedo irme sola —refuto—. No quiero molestar.

—Sí, ya veo cómo te manejas sola —contesta con sarcasmo y añade—: Y no molestas. Será un placer.

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COR CON NR

Noche de Reyes

carta-reyes-magosEn la noche mágica de los Reyes Magos los niños quieren dormir con un ojo abierto, pero no pueden. Saben que si no se duermen del todo los Reyes no vendrán y no encontrarán regalos en el salón. Pero el pequeño Tomy había ideado un plan para poder descubrirlos. Estaba ansioso porque llegara la noche.

Se bañó y se puso su pijama favorito, uno con cohetes y estrellas y después de cenar se fue a la cama sin rechistar. Al pasar por el cuarto de su hermana mayor entró de puntillas. María escuchaba su Ipod y bailaba de espaldas a la puerta, pero como intuyendo una presencia se giró y quedó paralizada cuando lo vio.

—¿Qué haces aquí, pequeño monstruo? —inquirió al quitarse los auriculares.

—¿Tú los has visto alguna vez?

—¿A quién?  A… ¿los Reyes Magos? —María estuvo a punto de decir que sí, que los había visto, pero al ver la cara de sorpresa del niño no fue capaz de desvelárselo.

—Yo los veré esta noche.

María se rio, no le creyó. Sólo podrás verlos cuando ellos quieran, le advirtió. Si lo haces romperás las reglas y te quedarás sin regalos. Se colocó los auriculares de nuevo, lo sacó de la habitación y cerró la puerta dejándolo en el pasillo.

Tomy regresó a su cuarto y se tumbó en la alfombra con un libro de caballeros y dragones. La noche se echó sobre la ciudad, la luna relucía en un círculo perfecto, las estrellas brillaban en el firmamento y Tomy, desafiando las leyes humanas y la línea del tiempo, acabó dormido con un ojo abierto. Además, fue capaz de oír todos los ruidos procedentes de su casa, la televisión encendida, las voces de sus padres. Y más allá, en la calle, voces desconocidas dándose las buenas noches, amigos que se encontraban o despedían. De pronto el silencio y una luz desconocida que se filtraba por debajo de la puerta.

Se levantó despacio y colocó la oreja en la madera, escuchó susurros sospechosos. «¡Son ellos, son ellos!». La emoción le recorría el cuerpo, se puso con prisa las zapatillas y una bata de cuadros, abrió la puerta y salió al salón. Lo que vieron sus ojos lo impactaron.  Tres gigantes vestidos de ropajes coloridos vertían leche en unos tazones de cereales y a cada cucharada que daban, un regalo aparecía sobre el sofá o los sillones. Al verlo dejaron de comer, se miraron con sorpresa y le preguntaron qué hacía despierto. Quería veros, contestó. Los tres gigantes empezaron a reír de una manera estrepitosa.

—Chuss, despertaréis a mis papás y a mi hermana.

—¿Ya sabes lo que les pasa a los niños curiosos? —preguntó el que tenía una barba roja—. Has roto las reglas, atente a las consecuencias.

Tomy se encogió de hombros, ¿qué podía decir? Pensó que cuando lo explicara en el colegio sería el niño más popular.

—¿Qué pasa ahí? —La voz de su padre sonó malhumorada desde su habitación.

No quiso que lo descubrieran y corrió a su cuarto. De pronto la luz desapareció, esperó un momento y regresó al salón. Lo encontró vacío y no había nada, nada, en los sillones ni el sofá. Se agachó, buscó bajó los muebles, tras las cortinas, en los rincones, fue a la cocina. Los regalos se habían esfumado. Derrotado se fue a su cuarto y se durmió llorando en la alfombra.

Los gritos de su hermana lo despertaron.

—Pequeño monstruo, levántate, ¿no quieres ver que te han traído los Reyes? —la escuchó reírse desde el otro lado de la puerta—. Te han dejado carbón.

Tardó mucho en salir de su habitación, al llegar al salón lo vio vacío y sus padres y hermana sonreían. «¿Por qué se reían?». No tenía gracia. Desalentado fue a la cocina y llenó su tazón de cereales. La botella de leche estaba vacía y tuvo que ir a la despensa. Desde lo lejos las voces de sus padres lo llamaban.

—¿De verdad no quieres ver tus regalos?

Gritaban con risa y las lágrimas asomaron a sus ojos. «¿Qué regalos?», se preguntó.

Repasó la noche anterior. Cómo se arrepentía de haber desafiado las leyes para ver a los Reyes. No le perdonarían nunca que por su culpa ninguno tuviera regalos.  Después de desayunar se fue en silencio a su cuarto y se metió en la cama. Al rato María fue a verlo. ¿Qué te ocurre? Tus regalos te esperan. Él no la escuchó. Empezó a llorar. Había sido su culpa, admitió entre sollozos. Él había visto a los Reyes Magos.

—¿Seguro que los viste? —preguntó su hermana y añadió—: Sígueme.

Se secó las lágrimas, sorprendido y fue tras ella. Al llegar al salón todo era diferente, había más luz y en el suelo, desperdigados, se encontraban muchos regalos, entre ellos un balón, una consola y un gran castillo con caballeros se elevaba junto al sillón.  Miró a sus papás emocionado. ¿Cómo podía ser? María le guiñó un ojo y le susurró al oído: A veces se mira, pero no siempre se ve.

La magia está en la ilusión de la mirada.

Nota de la autora: Este cuento forma parte de una recopilación de Cuentos de Navidad registrados en SafeCreative.

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Cuento de Navidad. El arcón.

imagesBaúl mágico

La calle estaba desierta y un joven cruzaba el parque con el cuello del abrigo levantado y las manos hundidas en los bolsillos. Su cara reflejaba frío, pero también algo más, quizás preocupación.

Aquel invierno no era extremadamente duro, pero en los últimos días la temperatura había bajado unos grados y el ambiente se volvió más gélido a causa del viento que soplaba del norte. Un viento que parecía silbarle que el final se acercaba.

El muchacho, perdido en sus pensamientos, se fue despojando de todos sus sueños rotos. Retornar a casa no era tan malo, aunque no podía desprenderse de la sensación de fracaso que lo acompañaba. Sus hermanos habían triunfado en sus negocios, pero él era un soñador.

El ulular del viento lo tenía inquieto. Sentía que le susurraba. Debería haber emprendido el viaje hacía mucho tiempo y se censuró por posponerlo tanto. Llegó de noche. Una pequeña lámpara iluminaba la entrada, y apartó los pensamientos que durante el camino lo acompañaron: «Que me haya esperado». Al cruzar el umbral divisó tres figuras en el salón, alrededor de una mesa redonda. A medida que se acercaba su corazón bombeó más fuerte. Distinguió a las dos primeras. Sus hermanos. Estos, al ver cómo los interrogaba con la mirada, se hicieron a un lado y pudo ver a su padre sentado en una vieja mecedora, junto al fuego. Lo vio muy envejecido y la culpa volvió a morderlo.

No hubo censura en sus abrazos y tomó asiento al lado del patriarca y el hogar.

—Ahora que estamos juntos no puedo engañaros —comentó el padre—. Me queda poco tiempo y no tengo mucho más para entregaros. La carga de un negocio vacío y el viejo arcón que no quiero que tiréis. ¿Quién lo conservará?

Los tres hermanos se miraron. Aquel arcón había guardado las creaciones de su padre. Si tan solo conservara algunas piezas que poder vender, pensó el joven, su destino cambiaría. Los dos mayores dijeron que ellos no lo querían y él, al ver la súplica en la cara de su progenitor, se sintió en el deber de concederle el deseo.

—Por mí no debes preocuparte, padre —señaló—. Aunque mis manos estén vacías, son fuertes para empezar en cualquier lado. Si es tu deseo yo guardaré tu viejo cofre de muñecos. Solo lamento haber tardado tanto en regresar.

—Nunca te arrepientas de perseguir tus sueños —sugirió el hombre—. Algunos se cumplen cuando menos te lo esperas.

 El pequeño de los tres hijos se emocionó con las palabras dichas. Él había deseado ser como su padre y hacer felices a las gentes con un simple objeto que les hiciera sentir el calor del hogar. Sin embargo, no tenía el don de crear.

—Cuéntenos una historia, padre —pidió uno de los hermanos.

Los hijos se sentaron a su alrededor y, como cuando eran niños, él comenzó a narrarles leyendas de otros tiempos. Porque la fantasía es el arma más poderosa para enfrentar la vida.

Durante un mes el hombre les relató una historia cada noche. Pero una mañana cuando el hijo pequeño fue a llevarle su tazón de leche caliente descubrió que había entrado en el más eterno de los sueños.

Poco a poco los hermanos retomaron su vida, volvieron a sus negocios y se quedó solo. Revisó el desvencijado arcón. Estaba casi vacío. En el fondo reposaba algo envuelto en un paño. Al abrir el curioso paquete encontró un pequeño muñeco que felicitaba las fiestas de navidad.

Era un viejo Papá Noel con gafas y tupida barba blanca y un enorme pergamino en el que se suponía había anotados los deseos de las gentes. No lo había visto nunca. Lo cogió con cuidado y sopló sobre su gorro para eliminar las diminutas motas de polvo que sobre él se había acumulado. Una pequeña nube de granillos brillantes se levantó en el aire y lo hizo estornudar.

—Si tan solo hubiera algún otro títere que pudiera vender —deseó.

Guardó la figura y arrinconó el arcón. Tenía que reunirse con sus hermanos. Lo habían citado en el viejo local de su padre. Mientras iba a su encuentro pensó que si revisaba cómo estaba confeccionado el muñeco, quizás con un poco de paciencia, constancia y cariño podría coser algunos y hacer como su padre. Venderlos. Imaginó un gran espacio repleto de objetos decorativos que alegraban los hogares y a sus gentes e invitaba a compartir, con familia y amigos, su espíritu festivo.

Los encontró con algunas cartas y caras taciturnas. El local tenía deudas y si no las cubrían iban a perderlo. Casi tuvo que discutir con ellos porque querían venderlo. Él observó aquellas estanterías vacías y repletas de polvo y las visualizó llenas de objetos navideños. Quiso contagiarles su entusiasmo, pero estos no lo quisieron escuchar. En un arrebato, casi de locura, el pequeño de los hermanos asumió las deudas. Tenía un mes para poner en práctica su idea si no lo conseguía accedería a lo que ellos desearan. Cuando se quedó solo una energía súbita se apoderó de él. Limpió con ahínco las baldas de las estanterías, los aparadores, el suelo y pensó en un nombre que pudiera lucir en la puerta.

Camino de su casa, cansado por el esfuerzo, se arrepintió ¿y si no lo conseguía? El viento sopló fuerte y le hizo levantar las solapas de su abrigo, el ulular le dio coraje y decidió que no había marcha atrás. Durante toda la noche abrió y cerró el arcón más veces de las que lo había hecho en su vida. En unas hojas dibujó bolas de cristal, en las que sumergida en agua podía verse la figura feliz del Papá Noel del pergamino y también otros diseños. Mullidos o rígidos muñecos de barba blanca vestidos de roquero con guitarra incluida, subido en una moto, de pirata, leñador o maestro. Su mente no paraba de elucubrar nuevos bocetos, nuevos objetos, marionetas, figuras o polichinelas. El agotamiento hizo mella en él, cayó vencido sobre la mesa y allí se durmió.

La misma escena se repitió día tras día, noche tras noche sin poder avanzar más. No conseguía hacer cartón piedra, no le quedaban bien cosidos o pegados los trajes, no sabía cómo preparar una bola de cristal de agua y purpurina con la que crear la ilusión mágica de ver caer la nieve al voltearla. Se le quemaban las galletas y los muñecos de madera que había diseñado parecían estacas sin movimiento.

La mañana que anunciaba el final del plazo era la semana de navidad. Tras revisar el poco trabajo que había realizado y frustrado por no conseguir lo que había proyectado decidió que tenía que ser realista. Debería vender el local y empezar un nuevo trabajo con el que mantenerse. «Los sueños no siempre se cumplen», pensó con decepción. Durante días había disfrutado y se sintió feliz al orquestar todas aquellas cosas en su mente, pero no podía ser. Él no era como su padre. De nuevo fracasaba. Su idea era descabellada. No, aquello no podía funcionar.

Quería despedirse del local. Citó allí a sus hermanos para comentarles la decisión. Los encontró esperándolo. Con pesar abrió la puerta y sonó una campanilla que le resonó a una canción de navidad. No recordaba haberla escuchado antes. Prendió la electricidad y entraron en la estancia. Se iluminó con distintas luces de colores que se encendían y apagaban de modo intermitente.

Los tres se quedaron asombrados por cómo encontraron la tienda. Las estanterías estaban repletas de muñecos de distintos modelos, todos de decoración navideña. Bolas de cristal con el perfil de la ciudad, muñecos de nieve, abetos cargados de bolas, estrellas y regalitos que colgaban de sus puntas. Diferentes muñecos de Papá Noel en sus versiones de roquero, motero, leñador y maestro decoraban otros lugares. ¡Sus bocetos habían cobrado vida! Miles de pequeños objetos decorativos se amontonaban en sacos y baldas de aparadores. Detrás del mostrador, en el que se apilaban varios botes repletos de chocolatinas envueltas en papeles dorados y galletas que parecían recién horneadas el viejo Papá Noel de su padre, aquel que creía que descansaba envuelto en un paño en el arcón, los recibía estático, revisaba como siempre su lista de deseos.

Los hermanos lo abrazaron con cariño y alabaron su ahínco en conseguir su sueño.

No podía creer lo que veían sus ojos. Pero no tuvo tiempo para pensar. Una muchedumbre curiosa empezó a entrar en la tienda y los tres hermanos tuvieron que remangarse y atender a todas aquellas personas que envueltos en un espíritu navideño vaciaban las baldas. Al terminar el día los hermanos estaban agotados, las baldas vacías y la caja registradora llena. Al día siguiente podría hacer frente a las deudas, aunque su bolsa se quedaría de nuevo vacía.

Al llegar a casa fue directo al arcón, lo abrió y para su desconcierto estaba vacío. Un papel dorado en el fondo y unas pequeñas gafas llamaron su atención. Se inclinó para cogerlas, pero tuvo mala suerte, resbaló y cayó dentro del baúl, del golpe se cerró la tapa. La cabeza empezó a darle vueltas, se mareó al sentir que su cuerpo se deslizaba por una especie de enorme tobogán. Cayó en una piscina de cojines de diferentes formas y colores.  Se levantó sorprendido y miró a su alrededor. Estaba en la tienda de su padre. Sonaba música y había una actividad tremenda

Pequeños muñecos de madera, con trajes militares pintados en sus cuerpos, organizaban a una tropa de diminutos duendes. Llenaban las estanterías con nuevo material. En el fondo del local, estático en su estantería, el muñeco del arcón leía su interminable pergamino. El pequeño de los hermanos lo escrutó con los ojos muy abiertos. La música cesó cuando sus miradas se encontraron. Una voz grave y fuerte, como aquella que escuchó susurrada con el viento hacía mucho tiempo, lo exhortó sin titubeos.

—¡Arremángate! —pidió con tono amable y, cantarín, recitó a la vez que le guiñaba un ojo—. ¡Feliz Navidad!!

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Nota: Este cuento forma parte de un conjunto de Cuentos de Navidad registrados en SafeCreative

 

Anuncio de publicación.

Pronto ALGUNAS MENTIRAS, mi nueva novela, saldrá a la venta (el 5 de enero de 2018). Pero ya puedes encontrarla en pre-venta en las principales plataformas digitales y en mi página de autora en la pestaña de publicaciones de Selección BdB

Espero que te guste. Es un romance contemporáneo y en ella encontrarás romanticismo, amor, pasión y erotismo. También secretos, engaño y mentiras. Pídetela!

Portada Algunas mentiras

Sinopsis:

La revelación de viejos secretos y algunas mentiras pueden destruir a Alex y a Lía para siempre.

Gerard Blasco y Dylan Taylor son amigos y se enamoran de la misma chica, Angalia Ros. Sin embargo, es Gerard quien se hace novio de ella. Antes de su boda, la engaña, y deberá romper su compromiso para casarse con la otra, al quedar embarazada. Ella, rota de dolor, se marcha con Dylan a Los Ángeles y se casará con él. Treinta años después la casualidad hace que dos jóvenes, ajenos a la historia de sus padres, se enamoren.

Angalia Taylor, Lía, perdió a su madre hace casi dos años y no lleva bien que su padre salga con otra mujer. Trabaja de psicóloga en una consultoría que ha sido comprada por un bufete de abogados.

Alejandro Blasco, Alex, siente que su mundo se tambalea. Debe asumir la dirección del bufete de su padre, porque tiene una cardiopatía, y su madre, que los abandonó cuando era un niño, ha decidido reaparecer.

Cuando Alex y Lía se conocen una fuerza inconsciente los atrae. El deseo y el amor nace pronto entre ellos y no pueden vivir el uno sin el otro. Pero en el momento en el que sus padres se encuentran sus vidas se desmoronan y separan…

Cuento de Navidad. El traje

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El sonido de una campanilla se coló por la ventana abierta de la casa y despertó al hombre, entrado en años, que dormitaba en un sillón. Pensativo, miró en silencio el fuego en la chimenea e hipnotizado por el tintineo que volvía a sonar en la calle y se hacía más presente, se levantó despacio, y caminó sin un rumbo fijo. Al pasar por la cocina vio a su mujer trajinando con los platos y no pudo evitar robar un pastelito que se caía de uno al que ella vertía chocolate.  Ella lo miró risueña, dejó el cazo sobre la encimera y se le acercó.

—¡Qué goloso eres! —exclamó a la vez que le quitaba las migas que habían caído en la solapa de su bata. Le dio la vuelta y lo expulsó de allí con un empujoncito—. Y vístete… ¡Date prisa!

Lo acompañó sosteniéndolo por los hombros, y él, sin saber muy bien, se dejó guiar. En la gran habitación un traje rojo con esponjoso ribete blanco estaba dispuesto sobre la cama y unas gruesas botas invitaban, desde el suelo, a calzarlas. El hombre miró extrañado el traje y perplejo se dirigió a su mujer.

—¿Quieres que me ponga esto?

—Claro, es lo normal —contestó ella retirándole el batín—. Venga, yo te ayudaré. Rudolph te espera fuera.

—¿Rudolph? ¿Y a dónde iré vestido así?

—Pero Nicolás… ¿Otra vez?

El hombre se sentó, junto al traje, entristecido. No recordaba qué tenía que hacer y se sentía tan perdido dentro de su propio cuerpo y pensamientos que se le escapó una lágrima y después le siguieron otras. Allí encogido parecía un niño al que le da miedo todo y solo busca la mano de aquel que lo sostiene al mundo. La mujer lo observó melancólica. Se le veía tan desvalido, casi encorvado y su piel antaño tersa, parecía contener todas las arrugas del mundo.

—No estés triste —lo animó—. Puede que ahora no lo recuerdes, pero este traje es mágico. Cuando te lo pongas sabrás quién eres.

Animado por esas palabras el hombre se empezó a vestir. Miró desconfiado la cintura del pantalón y pensó que se perdería en él. De reojo vio a la mujer que le asentía con la cabeza y obedeció. Con lentitud se puso aquellas prendas extrañas. Finalmente se ajustóSANTA CLAUS TRAJEimages traje santa el gran cinturón que rodeaba su cintura y se miró al espejo. Vio cómo su barba crecía y encanecía, a la vez que su cabello, hasta tintarse de un blanco casi luminoso. Su cuerpo se había adaptado al traje y le quedaba como un guante. Mientras miraba su imagen regordeta reflejada en el espejo, sin saber cómo, su mente se inundó de recuerdos. Se vio surcando el cielo en un trineo mágico tirado por nueve renos; repartiendo felicidad, cargando un saco fantástico, prodigioso, repleto de juguetes y regalos. Con estupor evocó cómo se podía convertir en humo y bajar por las chimeneas o entrar en las casas por los lugares más insospechados, para cumplir los deseos de miles de niños de todas las edades.  Pero aquella sensación de estar perdido en su memoria no se le olvidó y pensó que muchos viejitos como él, si salían a la calle, podían perderse y no encontrar el camino de vuelta a sus hogares al no tener un traje mágico.

Su mujer lo observaba a cierta distancia e intuyendo sus pensamientos se le acercó. Quiso decirle muchas cosas, pero la emoción se le atrancó en la garganta y solo pudo abrazarlo. Se acurrucó en su pecho y le dijo muy bajito.

—Yo velaré tus recuerdos… pero hoy, esta noche es de alegría. Contra el olvido solo nos queda el amor.

Nicolás pensó que era afortunado porque cuando uno se pierde o simplemente se va hay otros que lo piensan y lo recuerdan y así uno nunca se va del todo.  Ahora lo entendía, esa era la verdadera magia.

En ese momento la escena se rompió. Un pequeño duendecillo vestido de color verde entró corriendo en la habitación y volteándose en el aire no dejaba de exclamar:

—¡Ya es la hora! ¡Ya es la hora!… ¡Ha llegado la Navidad!

christmas-2945213_960_720Si la noche mágica que precede al día de Navidad piensas que no sabes que haces ahí, mira bien a tu alrededor. Puede que sea como siempre, puede que no…

La magia está en construir momentos que enriquecen los recuerdos. ¡Feliz Navidad!COR CON NR

Nota de la autora: Este cuento forma parte de una colección de Cuentos de Navidad registrado en SafeCreative

CUENTO PARA NAVIDAD. La nieve.

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La nieve había caído durante toda la noche y las aceras, los tejados, hasta los balcones, estaban cubiertos del helado polvo blanco. El día despertaba y las luces de las viviendas comenzaban a encenderse, iniciándose la rutina de una nueva jornada. Mientras, en la casa que quedaba al fondo de la gran avenida, tres tímidos niños se asomaban, acurrucados por el frío, a los grandes ventanales de su nuevo hogar, con cara de asustados. Nunca habían visto algo parecido.

—No temáis, es nieve —les gritó una voz desde la puerta de la habitación.

Ellos se volvieron y sus rostros se tornaron más asustados, si cabía. No podían creer lo que sus ojos les mostraban.

—¿Pu… Puedes hablar? —preguntó la pequeña Estela.

—Claro que puedo hablar. Los perros pueden hablar cuando quieren hacerlo.

—Yo nunca he visto uno que lo hiciera —repuso Andy, el mayor de los tres niños.

—Para hablar hay que querer hacerlo igual que para caminar. Si no escuchaste uno antes tal vez la culpa no fue del perro.

Andy se enfurruñó y se sintió aludido en aquella velada reprimenda. En su joven mente visualizó una vez que un can se le acercó a olisquearlo y él, ante el temor de que lo mordiera, le dio una patada. Miró al suelo arrepentido.

—¿En serio? —preguntó Cora con sorpresa. Los ojos brillantes del recién llegado no le dio lugar a dudas y cómo si aquello que estaba presenciando fuera algo de lo más común añadió hacia su hermano con cierto regodeo—. Tampoco habías visto… nieve

—¿Cómo te llamas? —preguntó Estela.

Los niños se acercaron con cautela y lo rodearon.

—Soy Max, pero vosotros podéis llamarme Sr. Max.

Estela quiso tocar su fino pelo, pero se sintió cohibida. Un montón de preguntas se le agolpaban en la garganta. ¿Qué le ocurría al cielo para que algo así sucediese? ¿Dónde se había metido el sol?

snowflake-2965147__340 (1)Pareció adivinarle el pensamiento y el animal empezó a hablar como si estuviera en un aula repleta de alumnos y asistieran a su clase magistral. Les explicó que las nubes estaban formadas por diminutas gotas de agua y cuando llegaban a temperaturas muy, pero que muy bajas se transformaban en pequeños y finos cristales de hielo que caían a la tierra en forma de copos de nieve. Estos al juntarse entre sí podían formar figuras geométricas diversas.

— Y cuando eso ocurre hace mucho, pero mucho frío —concluyó cautivo por las miradas de los tres niños.

Un silencio de aceptación siguió a la larga explicación.

—Sr. Max, de dónde venimos nosotros el sol siempre calienta el aire. A veces es tan ardiente que se secan los ríos y las plantas se queman, pero nunca habíamos visto algo igual, tan blanco… Es bonito —declaró Cora.

—Así son las cosas mis nuevos amigos. Hay lugares en los que nieva tanto que no puede verse el sol y en otros, hace tanto calor que no deja espacio para el frío. En nuestra ciudad tenemos suerte, a veces hace calor y otras veces, frío, y la nieve nos visita de vez en cuando, dándonos este bello espectáculo. Si queréis podemos salir al jardín y hacer un muñeco de nieve —propuso el Sr. Max—. Es lo habitual.

Los niños decidieron seguirlo. Para ello tuvieron que asumir todas sus instrucciones y buscar ropa de abrigo. Estaban emocionados. Nunca habían hecho un muñeco de nieve, aunque no debía de ser muy difícil. Ellos tenían práctica en hacer castillos y estatuas en la arena húmeda de la playa y no tenía que ser muy diferente.

El Sr. Max comenzó a disertar sobre cómo debía de ser el proceso que se debía seguir para hacer un muñeco de nieve: bola grande, para los pies; bola mediana, para el cuerpo; bola pequeña, para la cabeza; sombrero; bufanda; zanahoria para la nariz; escoba o bastón, guantes entre las manos… El desacuerdo llegó en cómo debían ponerse los brazos y algunos elementos, así que los tres niños decidieron, en consenso, salirse del esquema teórico dictado y dieron forma a su muñeco en una actitud que invitaba a aproximarse.

—Creo que no está mal del todo —admitió el Sr. Max—, pero ¿por qué está así?

Numerosos curiosos se habían concentrado alrededor de los niños cuando terminaron el muñeco. La pequeña Estela fue la primera en acercarse y como empujada por un impulso interno, se abrazó al muñeco. Para sorpresa de todos, éste rodeó con sus enormes brazos abiertos en cruz, el cuerpo de la niña y un pequeño halo de luz se dibujó alrededor de ambos, generando un momento impreciso de calor. Al separar los cuerpos la luz se difuminó.

Ante la mirada atónita del Sr. Max, Andy y Cora hicieron lo mismo que la pequeña Estela y sus caras sonrientes y de alegría al separar los cuerpos cautivó al grupo congregado que con rapidez comenzó a hacer una hilera ordenada. La fila empezó a ser muy numerosa, las gentes se sumaban ante el rumor que iba corriendo:

Con un abrazo, la alegría toca el corazón.

Todos los vecinos querían experimentar esa alegría y poco a poco las gentes fueron apartando sus tristezas y, aunque no eran los mejores tiempos, empezaron a sentir que a veces la sonrisa de un niño y un abrazo es lo único que nos hace sentir bien.

¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!

COR CON NRNota de la autora:

Este cuento forma parte de una colección de Cuentos de Navidad con un código en el registro de la propiedad intelectual y en SafeCreative ese código es:

<a href=”http://www.safecreative.org/work/1712155105378-cuentos-de-navidad&#8221; target=”_blank”>
<span>CUENTOS DE NAVIDAD</span> –
<span>CC by-nc-nd 4.0</span> –
<span>Nuria Rivera Nogales</span>
</a>

Lectura y escritura terapéutica.

¿Os ha ocurrido alguna vez que escucháis o leéis algo y se os desencadena una miríadarules-2330728__340 de emociones y sentimientos? Sí, verdad. A mí también. Por eso me gustaría hablar de “esas cosas” que nos tocan de los libros. A veces es un párrafo, una frase, una palabra.

Basta una palabra para que algo cambie. Las palabras tienen un poder que muchas veces infravaloramos. No queremos ver que algunas nos curan y otras nos enferman. Las hay que se nos enquistan y nos enturbian el alma o el corazón; otras nos hacen tener ilusión y expectativas y ponemos todo en espera. Hay palabras como “mañana” que están llenas de esperanza. Otras como “adiós” que cierran la puerta.

Una palabra, “Rosebud”, es la que da comienzo a una de las mayores obras del cine: Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941). La historia cuenta la vida y obra de Charles Foster Kane, empresario del mundo editorial que se mueve por una implacable búsqueda de poder (para quien no lo sepa está basada en la vida del magnate de la prensa William Randolph Hearst que, como dato, cuando se estrenó la película prohibió hablar de ella en sus periódicos). Está narrada en flashback, relata la investigación de un periodista que quiere conocer el significado de la última palabra pronunciada por el magnate antes de morir. “Rosebud” hará referencia a la única época en la que Kane fue feliz.

Cuando abrimos un libro solo vemos palabras, pero no todas nos tocan el corazón. He leído frases en algunas novelas que encierran una verdad, filosofía o análisis psicológico que nada tiene de envidiar a un ensayo o manual teórico. Por eso la literatura y la psicología (como expresaba en el post anterior) tienen una relación muy estrecha. Ambas hablan de emociones y sentimientos. De cómo poner a circular el deseo. De pasiones humanas. Y de esas pasiones no hay nadie exento.

Leer y escribir. Escritura y lectura van de la mano. Yo lo descubrí hace mucho tiempo. Leer puede resultar liberador, pero más lo es escribir. Escribe y pon en palabras tus miedos, tu dolor, tu enfado. Así esos fantasmas te molestarán menos, algunos incluso se evaporarán y otros podrás elaborarlos. Pasar por la palabra lo que sentimos en un momento dado nos ayuda a subjetivar, a pensar y eso ya es la mitad del camino que recorremos al buscar una solución a lo que nos ocurre.

A medida que pasamos por la palabra oral, o por la escritura (palabra escrita), los pensamientos estos conectan con las emociones y algo cambia en nuestro interior. Porque sin darnos cuenta una nueva idea nace y esta nos lleva a otra y sin saber cómo el malestar se aleja.

Hoy día no queremos pensar demasiado y de pronto cuando menos lo esperamos leemos una frase en un libro, en una novela, y ¡zas! nos tambaleamos. Quizás sea un pensamiento de un protagonista, algo que le ocurre o cómo resuelve o se enfrenta a un conflicto, a veces es la novela entera que trata un tema que nos toca. Si eso te ocurre no te agobies, significa que estás viva/o y que tienes remedio. Relájate y aprende de ese libro.

Hace algún tiempo participé en varios clubs de lectura. Es muy interesante y os lo recomiendo. Se aprende mucho. Era sorprendente como de todas las palabras, frases y oraciones del libro en cuestión, en muchas ocasiones coincidíamos la mayoría en destacar algunas. Que una frase o palabra toque el corazón, nos afecte o nos haga pensar es un logro.  Cada uno puede darle una significación, porque la lectura es algo particular, pero no son muy diferentes la mayoría de las veces.

Algunas personas, además de leer, necesitan escribir porque esa es la única forma con la que se sienten vivos. La escritura es su estilo de vida (como lo puede ser el yoga o deportista), la forma en la que se comunican con el resto de la gente. La herramienta que tienen para expresar lo que sienten. El recurso que les da un lugar y los salva. Porque la vida es caprichosa y a veces se nos pone del revés y no todos encajamos los problemas de la misma manera.

Sí, creo que escribir nos salva, igual que leer. Escribir puede ser una elección, pero no entiendo cómo hay gente que se jacta de no haber leído nunca un libro. Se está perdiendo tanto… Leer nos da la oportunidad de refugiarnos en otros mundos y experimentar otras historias. Nos abre una vía para sublimar y acceder a aquello que quizás nunca tendremos. Leer nos permite vivir otras vidas, ser felices en ellas y, quizás, alejarnos un poco, o bastante, de nuestra propia existencia.

Los efectos que la escritura y la lectura tienen sobre nuestro pensamiento, actitud y salud mental son muy positivos. Cómo decía Voltaire: Hacer lo que nos gusta es bueno para la salud. La mayoría de los síntomas de los que se hablan en las consultas de los médicos, los psicólogos y los psiquiatras tiene que ver con la amargura, con la decepción con la no aceptación de quién somos o cómo somos, de no querernos lo suficiente o de estar más pendientes de lo que perdimos que de lo que tenemos. La insatisfacción nos crea un gran agujero. Por estas cosas también se enferma el cuerpo.

La novela, y sobre todo la romántica, está llena de autoras que trabajan muy bien con los sentimientos y las emociones, con la frustración de perder y la satisfacción del ganar. Está llena de psicólogas en la sombra que con sus palabras animan a muchas lectoras en su día a día. Les muestran el camino que deben seguir para ser fuertes, no dejarse avasallar y cambiar el destino si este les hace una mala jugada. Por eso soy de las que piensan que no todo vale en la novela romántica. Interesa dibujar mujeres fuertes, con agallas, para que otras mujeres puedan identificarse. O por lo menos debe existir una evolución del personaje, en positivo, hacia la consecución de metas mejores. Quizás eso les ayude en su día a día y pronto puedan resolver algo que les pasa. Hay que enaltecer la autoestima, pero no la humillación y degradación. Tenemos que crear fantasías para poder soñar, idealizar y sublimar.

Escribir en momentos traumáticos exorciza los demonios y reactualiza las ganas de vivir. Poner palabras, que no somos capaces de decir, en boca de personajes nos ayuda a poder expresarnos. No es como poner tiritas sobre la herida, va más allá. La escritura da otra significación a lo vivido o imaginado. Ayuda a cicatrizar las heridas.

Me atrevería a decir que por todo esto la escritura es terapéutica.

COR CON NR

Literatura y Psicología

psicologia literatura

No por casualidad elijo este tema. En él uno mis dos pasiones: La literatura y la psicología. Ambas disciplinas conviven en un mundo en el que habitan las palabras, las emociones y los sentimientos; las actitudes y las pulsiones.

En el imaginario colectivo hay muchos cuentos infantiles que nos ayudaron a cruzar aquella etapa con mayor soltura: Juan si miedo, El sastrecillo valiente, El patito feo… Los cuentos de hadas tienen gran valor en la formación de la moral, la inteligencia, el desarrollo de las habilidades sociales y la empatía, entre otros aspectos emocionales.

Pero el objetivo de este escrito no es hablar de los cuentos, sino de cómo la literatura puede salvarnos, darnos un punto de vista que nos haga crecer. Y cómo la psicología, esa que algunos rechazan, niegan o, sin muchos argumentos, dicen que no creen en ella, está presente en nuestra vida, sin darnos cuenta, a través de los libros, los anuncios, las películas o las series televisivas. Seguro que conoces a Mafalda. Es un pozo inagotable de filosofía y psicología. ¿Quién no ha visto la película “Una mente maravillosa” donde se muestra la dureza de la esquizofrenia paranoide? O el Diario de Noah, ¿Te diste cuenta de que el tema era el Alzheimer? ¿Quién no ha visto alguna de las películas de Woody Allen? En todas, absolutamente en todas, podemos encontrar algún personaje con el que identificarnos por su histeria, obsesión, manías, temores… Podría seguir, este director y guionista es un gran conocedor de la psicología y dota siempre a sus personajes de conflictos neuróticos dignos del diván de un psicoanalista.

Me remito a algunos datos. Sigmund Freud (1856-1939; padre del psicoanálisis) ya subrayó en su época que la literatura advertía síntomas de la cultura. Pero antes que él, Moliere (1622-1673; dramaturgo, humorista y comediógrafo francés) y antes que este, Shakespeare (1564-1616; dramaturgo, poeta y actor inglés) nos mostraron en sus obras el padecimiento que por causa de las emociones y las pasiones podía sufrir el hombre hasta enfermar el cuerpo.

El enfermo imaginario (Moliere), obra escrita en verso, en clave de humor y sátira, está centrada en los médicos; sin embargo, es la historia de un hipocondríaco (aquel que teme a las enfermedades). Por su parte Shakespeare trató muchas de las emociones y estados psicológicos del hombre y la mujer en sus obras. Si analizamos sus tragedias encontramos que sus personajes suelen presentar síntomas físicos, conflictos psicológicos y relaciones desequilibradas. Cito tres de sus obras:

En Romeo y Julieta (historia de amor por excelencia) encontramos en la pareja protagonista los síntomas del enfrentamiento entre sus dos familias. El odio, el rencor está frente al amor y lo trágico de la relación. Desde el inicio los jóvenes enamorados están obligados a esconder su amor, lo que los llevará a tomar unas decisiones y terminar como terminan.

Hamlet, para muchos un loco, para otros un obsesivo o un enamorado que sufre (tendríamos para un debate) es la tragedia del deseo. Una obra en la que aparecen muchos conflictos psicológicos (expresados en diferentes personajes, pero incluso en el mismo protagonista). Él se finge loco para vengar la muerte de su padre, que por otro lado lo ha sumido en una profunda melancolía y sufre alucinaciones. Pero no todo el que sufre alucinaciones está loco… Por su parte, Ofelia sufre, se enferma…

Otelo, se presenta como la tragedia de la incomprensión. En ella luchan el amor puro, la pasión, el orgullo, los celos, la venganza… Sentimientos, emociones que mal elaboradas lo conducen al final trágico que todos conocemos de la obra.

Otras obras de la literatura universal subrayan estados psicológicos cercanos al conflicto o la demencia. Edipo Rey de Sófocles (en cuyo mito se basó Freud para explicar alguna de sus teorías), Medea de Eurípides (capaz de matar a sus propios hijos, en venganza, al sentirse ultrajada por su esposo), Los hermanos Karamazov de Dostoievsky (que cometen parricidio), Las heroínas dementes de las hermanas Brontë, o Madame Bovari de Gustave Flaubert, Anna Karenina de Tolstoi o La Regenta de Leopoldo Alas “Clarin”. Estas tres últimas, las más famosas adulteras de la literatura, expresan en sus cuerpos (al somatizar) el dolor de sus pasiones.

La literatura romántica no se queda exenta de esta circunstancia. Citaré algunas obras.

En primer lugar, y por el éxito cosechado, la archiconocida Cincuenta sombras de Grey de E.L.James. No hace falta que os desmenuce que sus gustos están muy relacionados con sus traumas infantiles que compensa de una manera particular. Vemos que el personaje masculino, Christian, está cargado de conflictos psicológicos y emocionales (recordemos que fue un niño maltratado) su bagaje emocional es bastante complejo: desconfiado, frío, cerrado, con un halo de tristeza y una coraza afectiva a la vez que posesivo, dominante y controlador. En cuanto a la protagonista femenina, Anastasia, está llena de inseguridades. Parece el patito feo que se convierte en precioso cisne. Ella, seducida por el magnetismo que él le produce entra en su juego, accede a sus deseos en una relación de sumisión (algunas voces dirían que es una relación patológica) y se propone salvarlo, algo que consigue con sus dotes de negociación. Pero en el fondo es el amor. Cuando el protagonista se enamora, puede, y está dispuesto a cambiar, entonces sus obsesiones y “necesidades” se van diluyendo.

Otra novela de este estilo es la trilogía: Mi hombre (Seducción, Obsesión, Confesión) de Jodi Ellen Malpas. Seguro que la conoces. Por muy interesante que nos pinte Jodi a Jessi Ward, algunas escenas me hacían pensar en la falta que le hacía al personaje un psiquiatra (y un poquito de medicación, también). Su obsesión en algunos pasajes raya lo paranoico y enfermizo. El personaje masculino también es celoso, posesivo, dominante, manipulador y está cargado de secretos. La protagonista femenina caerá en su red nada más conocerlo, la atracción la llevará a experimentar una pasión desenfrenada y querrá redimirlo. Algo que choca un poco es intentar comprender cómo ella soporta algunas cosas. Esto me hace pensar que cuando alguien está tan seducido por un otro que no anda muy bien, es que también le pasa algo. Porque a Ava hay que dale un par de tortas algunas veces. En esta novela podemos ver (igual que en 50 sombras) el daño de los conflictos no resueltos y cómo estos modelan la personalidad y la vida…

Pero bueno… Soy de las que piensan que en el amor no vale todo. Por eso cuando veo un personaje posesivo, celoso a rabiar, dominante y obsesivo pienso que hay quien puede confundir todo eso con amor. Y no, la obsesión no es amor.

En la novela romántica histórica, en muchas ocasiones, encontramos personajes que están atravesados por conflictos internos o motivaciones como la venganza y esa obsesión puede llegar a perjudicarlos mucho. Se me ocurren varias novelas en las que la venganza y el enfrentamiento por salir vencedor de una afrenta son el hilo que mueve la trama. Citaré algunas.

 Para hacer contigo lo que quiera de Raquel Mingo. Excelente texto que nos muestra la evolución del personaje que a pesar de que la venganza mueve sus intenciones hasta la obsesión, será el amor el que le permita evolucionar y salvarse.

Dos novelas de la gran Nieves Hidalgo, por ejemplo, Alma Vikinga, en la que la venganza, el odio y la codicia son su hilo argumental, su personaje protagonista acabará redimido por el amor, admirando a su Valkiria. O Brezo Blanco, donde el desagravio y el resarcimiento vuelven a ser un hilo conductor, junto a los fantasmas de un pasado que atormentan al protagonista y la negación de un sentimiento llamado amor.

Según lo expuesto, la conexión entre literatura y clínica no es algo novedoso. Ninguna novela escapa a la tragedia de la vida.

En las consultas de los psicólogos, psicoanalistas, médicos y demás profesionales que se ocupan del cuerpo y la mente, el dolor circula. Pero también transita el amor y el desamor, los conflictos internos, los rencores, las pasiones sublimadas, los ideales frustrados y los deseos reprimidos. Signos capaces de provocar síntomas. Todo esto que anda por los consultorios también puede recorrer las páginas de un libro (lo hemos visto). Algunos síntomas son muy novelescos. La novela de la vida no es más que un relato literario convertido en ficción.

Y como ficción tiene sus propias leyes que se manifiestan en la trama. La sucesión de giros que anudan y desanudan esa trama y una característica importante que no existe en la vida real del paciente: el objetivo de entretener al lector. A lo que sumamos un final feliz, por lo menos en la novela romántica debe haberlo.

COR CON NR

A modo de reseña. Comentario de novela. Chris de Wit y Díaz de Tuesta.

Incluyo en este post dos comentarios de novelas de dos autoras de Selección BdB que se pueden encontrar en la página de Amazon de sus libros. El legado de Damián de Chris de Wit y Trazos Secretos de Díaz de Tuesta. 

Estos comentarios quedarán archivados en la sección Lecturas y opiniones. Pásate por allí y encontrarás otros comentarios.

EL LEGADO DE DAMIAN de Chris de Wit.

El legado de Damián

Sinopsis:

Damián Di Mónaco, de setecientos años, es un implacable guerrero de la casta de los Silverwalkers de la Estirpe de Plata. Tiene a su cargo hallar un símbolo, indispensable para la evolución de la estirpe, que está en poder de una guardiana, Maia Serrano. Maia Serrano es una bellísima y frágil bailarina clásica de veinte años, que vive y trabaja en una fundación en Ciudad de México, cuidando y ayudando a niños de la calle. Desconoce que es la guardiana de un símbolo y que, a su vez, pertenece a la Estirpe de Plata. Una noche, mientras está impartiendo una clase de danza, se topa de nuevo con el atractivo y misterioso individuo que conoció diez meses atrás, cuando era torturada a manos de un enemigo implacable: los caídos. Maia cree que ese hombre va tras ella para asesinarla, por lo que huye desesperadamente de él. Pero Damián no está dispuesto a dejarla escapar, ya que es esencial para la evolución de la estirpe, pero, sobre todo, porque despierta en él una feroz y demoledora atracción capaz de llevarlo al límite de sus fuerzas.

Comentario:

Reconozco que me costó entrar en la historia. Al inicio de la novela me liaba con tantos personajes y tenía que revisar una y otra vez de quien me hablaba: silverwalkers, caídos o humanos. Pero al cabo de algunas páginas, y la chuleta que la autora tiene en su blog, todo sea de paso, que me ayudó a centrarme, le cogí las ganas. Enseguida me atrapé con la manera que tiene Chris de Witt de guiarnos y mostrarnos la intensidad de los sentimientos que están en juego y los secretos que guardan los personajes. Damián, el protagonista, es un personaje fuerte, redondo y el amor que siente por Maia, la única mujer destinada para él, lo hace evolucionar incluso ser más poderoso.  Me ha cautivado la trama y reconozco que no soy lectora de este tipo de novelas. Es una historia de fantasía paranormal con una gran cantidad de emotividad que Chris usa con pluma brillante; me ha tenido enganchada al Ipad varias noches hasta que la terminé. Me gusta el guiño que hace y sitúa la historia en Argentina. Salir de Nueva York, Londres y países de Centroeuropa me ha resultado nuevo, al igual que los comentarios que hace sobre los hombres daneses (ella sabrá de eso). Una vez entré en la historia, la lectura me ha resultado entretenida, amena y atrayente, con unas ganas inmensas de saber cómo se iban desanudando los nudos. Sí, he de decir que El legado de Damián me ha gustado mucho y recomiendo su lectura. Mis cinco estrellas son muy merecidas (si hubiera más las pondría). Los amantes de este género quedarán encantados. Además, la autora tiene otra historia de la saga publicada: Tras el muro de tus sueños. No hay que perdérsela. Promete mucho.

TRAZOS SECRETOS de Díaz de Tuesta

 

Trazos secretosSinopsis.

Richard Arlington abandonó el Servicio Secreto inglés cuando tuvo que asumir el título de Duque tras la muerte de su hermano mayor. No echaba de menos aquella vida y no deseaba volver a ella, pero cuando su hermano menor, Charles, es asesinado, no le queda más remedio que hacerlo. Charles murió mientras investigaba la posibilidad de que un pintor español fuese «la Sombra», uno de los espías más activos y sanguinarios de los últimos tiempos. Richard deberá descubrir la verdad, a pesar de su relación con Ana, la hija del pintor, a la que conoció en Madrid varios años antes y a la que nunca ha olvidado… Por su parte, la vida de Ana nunca fue fácil. De familia humilde, el ascenso de su talentoso padre en una Corte española socavada por las intrigas, solo les deparó problemas. Conoció a Richard en un momento difícil, cuando tenía el corazón roto por su primer amor. Luego, ya no pudo apartarlo de sus pensamientos. El reencuentro de ambos y los sucesos siguientes envueltos en un entramado de pasiones, intrigas, sospechas y reproches, será el principio de un largo camino, complicado y oscuro. Sin embargo, no se puede luchar contra los impulsos del corazón.

Comentario:

Trazos secretos y Diaz de Tuesta me han conquistado. Una novela bien escrita y documentada. Con el tempo adecuado en cada escena. Tiene de todo un poco: amor, dolor, erotismo, suspense, intriga, venganza, aventura y secretos (cuantos secretos y verdades ocultas). Me ha encantado la fuerza de Ana, la protagonista y cómo a pesar del conflicto interno el amor triunfa y deja a Arlington bajo sus redes. Todo acaba bien (como en toda novela romántica), pero casi me como las uñas en la parte final. ¡Qué tensión! Qué malo más malo. Muy bien descrita su maldad y perversión. Recomiendo esta novela a todas y todos los que amen la novela histórica, está muy bien descrita y documentada la época, donde la autora no se queda solo con describirla a nivel de sus trajes o sus fiestas, sino que la enmarca en un momento histórico determinado en España con todo sus vaivenes e intrigas políticas. Aunque en tierras españolas hay pocas escenas. Ese Londres del momento y Kaifar, espectacular ciudad con sus luces y sombras, su impresionante palacio. Casi lo he visto y quiero ir…
Sobre los Personajes, decir que los secundarios son encantadores que dan mucha fuerza y realismo a la historia. Omar tan en su papel de bey, señor de todos y encantador, bondadoso y magnánimo. Regina por… No quiero ser spoiler así que aquí me quedo. Reconozco que compré este libro en papel, pero acabé también con él en mi IPad. Merecido premio al mejor e.book del año. Felicidades, Yolanda. Pronto incluiré el comentario de Una mañana en el Tamesis.

 

Os cuento…

En unos días mi compañera y amiga Marion S. Lee firma ejemplares en Madrid. Yo no podré ir, pero si tú estás, o vives en Madrid, pásate por la librería Sombra a  las 18:30h. este próximo sábado y disfruta un ratito de su charla y su compañía.

Por cierto, su libro: Hasta que tú llegaste es una historia de amor que se cuece a fuego lento, muy romántica y escrita con mucha ternura. Hazte con un ejemplar, lo tienes en papel y en todas las plataformas digitales.

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Otra cosa

En la página Lecturas y opiniones he incluído dos nuevos comentarios de libros.

Para hacer contigo lo que quiera de Raquel Mingo y Oriente en tus ojos de Isabel Jenner que se suman al que inauguró la sección: Maldito veintiuno de marzo de Maria Ferrer.

Buena semana y hasta la próxima!!cropped-cor-con-nr1