Santa y el pequeño Blai.

NADAL

Santa y el pequeño Blai. Con mis mejores deseos. Feliz Navidad!!

Aquel corredor, donde se aguardaban las noticias de familiares y amigos, era todo lo que un lugar de espera no debería de ser: desangelado, con paredes blancas y frías; en las que ni siquiera un cartel de silencio decoraba la sala. Ni una sola planta que con su colorido diera una pizca de alegría. Casi escondida, una máquina de supuestas delicias, con sus casilleros medio vacíos y unas sillas de plástico incómodas, que recorrían el prolongado pasillo, era todo el mobiliario del lugar.

Fuera de allí, la ciudad y los comercios vestían sus mejores galas para recibir los días navideños. Pero en la gélida estancia parecía que el tiempo se había congelado y solo la cadencia del tintineo de una campana se filtraba como el aire por las rendijas de las ventanas.

El pequeño Blai, con ojos curiosos, buscaba el origen de tan peculiar sonido. Quería levantarse, investigar quien osaba perturbar el silencio de tan respetable sitio, pero no se atrevía. Su madre, sentada junto a él, agarraba su mano con fuerza, mientras sollozaba en silencio; quizás en la creencia de que él no se daba cuenta.

Nadie le había explicado qué hacían allí, pero él lo sabía.  Hacía un buen rato que habían llegado la abuela y sus tíos; incluso uno que hacía tiempo que no veía, porque su papá y él se habían disgustado. Eso se lo había escuchado decir a la otra abuela, pero ella ya no estaba; aquel verano se había ido al cielo. Y la echaba tanto de menos. Con ella habría podido hablar de lo que ocurría. En sus recuerdos encontró una de sus últimas charlas: «Observa a tu alrededor y las cosas te dirán qué pasa». Y en eso estaba. Miraba las caras afectadas de sus familiares, que desde los asientos de enfrente los contemplaban, a él y a su compungida madre, con vistazos disimulados, con muecas lastimeras, con pena en sus labios. Por un momento quiso gritarles y pedirles que sonrieran. Su papá siempre le decía que no le gustaban las caras tristes.

La melodía pareció acercarse por el pasillo, como si cruzara a otro recinto y aprovechó el descuido de su madre que aflojó su agarre para buscar algo en su bolso. Liberándose se levantó con prisa y se separó unas pocas zancadas.

—¡Blai! —gritó esta, en un susurró cortante, a la vez que estrujaba un pañuelo entre los dedos—. No puedes marcharte.

—Solo quiero ver a Papá Noel, no he podio darle mi carta.

—Déjalo ir, está aquí mismo —señaló el tío, casi un desconocido. Él era pequeño la última vez que lo vio.

Corrió por el pasadizo en busca del tintineo y encontró un cruce de caminos. Agudizó el oído, giró a su izquierda y en pocos pasos encontró una pequeña sala. Sin embargo, un poco más allá, unas puertas acristaladas se abrieron y salieron dos mujeres apesadumbradas. No lo dudó y entró, su papá estaría allí dentro. Sorteó un mostrador muy grande, donde una chica miraba el móvil; la musiquilla de un villancico la distrajo de su presencia y él pudo revisar, uno por uno, los pequeños cubículos que se distribuían en la pieza. Encontró a su padre en el último y su estampa lo asustó. Dormía; sin embargo, algunos cables lo ataban a varias máquinas, incluso tenía un tubo que hacía mucho ruido. Así era imposible descansar. Se le acercó sin miedo. A pesar de todas aquellas cosas, parecía muy plácido. Tenía los brazos sobre las mantas y agarró su mano como cuando paseaban por el parque. De un impulso se subió al colchón e inclinado sobre su oído le susurró.

—Papá despierta, es Nochebuena y mañana Navidad. Nos esperan los regalos en casa y has de hacer que mamá deje de llorar. —Lo zarandeó un poco y susurró conteniendo la emoción. Él no lloraba, ya era mayor—. Despierta. No te puedes quedar aquí solo.

Le dio un beso en la mejilla y lo notó frío. Quiso arroparlo mejor, pero alguien lo interrumpió.

—¡Ey! No puedes estar aquí.

La joven del mostrador lo había descubierto. Sin mediar palabra, Blai se escabulló y salió corriendo. Se refugió en la sala que había visto antes.  Al cruzar la puerta observó que el sitio era más bonito que donde su madre y él esperaban; para su sorpresa estaba lleno de gente; le parecieron duendes por sus ropas verdes o batas blancas. Sentado en una butaca, Papá Noel sostenía un vaso que alguien le entregaba y, de la humeante taza, salió un aroma que le recordó al chocolate caliente que los domingos desayunaba.

—¡Eh, Santa! —oyó llamar a alguien—. Quizás el crío no tuvo tiempo a entregar su carta.

—¿Qué haces aquí, pequeño? —preguntó el hombre orondo de barba blanca.

Al instante varios pares de ojos lo contemplaron; algunos con sonrisas en sus rostros, otros con censura en sus caras, pero nadie le dijo nada. Por unos segundos sus pupilas se clavaron en los iris azul cielo del hombre vestido de rojo que, tras un sorbo, había abandonado la bebida caliente sobre una mesa. Su mirada era tan clara como las aguas cristalinas del mar al que su padre lo llevaba. Si no fuera imposible hubiese dicho que le brillaban y sintió que el nudo que había en su pecho se aflojaba.

Un poco nervioso, sacó un papel arrugado de su bolsillo y miró al hombre con vacilación y duda; no sabía si entregarle aquel pliego que atesoraba y había escrito con prisa en el reverso de una propaganda. Blai, a pesar de la valentía de sus siete años, sabía que su letra no era bonita, ni que así se hacían las cosas. Quizás su padre se enfadaba. Lo habían esperado tanto tiempo en los grandes almacenes que cuando su madre recibió aquella llamada, que la puso tan nerviosa, tiró de su mano y no pudo entregar su lista de deseos. Sin embargo, ya no quería nada de aquello: Ni el barco de piratas, ni el camión de los cars. Ni siquiera aquel ridículo traje de Spiderman o el guante que lanzaba telarañas. Solo quería que su papá despertara.

La mano enguantada que lo invitaba a acercarse le dio el coraje que le faltaba y al llegar junto al hombre, con un rápido movimiento, este lo agarró por la cintura y lo sentó en su regazo.

—¿Qué te preocupa jovencito?

—No he podido dejar mi carta…

—Pero eso no es problema —señaló una simpática mujer que llevaba un gorro verde—. Puedes decírselo al oído a Santa.

 De pronto toda la gente que allí se congregaba dejó lo que hacía, un extraño pitido sonaba en algún lugar y como si fuese la sirena de su colegio, que anunciaba el fin del recreo, aquellas personas se marcharon apresuradas.

El viejo de barba blanca no se inmutó y le dijo que le explicara qué le pasaba. Blai sabía que tenía poco tiempo. Santa tenía que marcharse a repartir regalos, pero él no iba a entretenerlo mucho, solo pediría un único deseo.  Le contó al oído lo que sabía, no quería que viera que una lágrima le caía por la mejilla al acordarse de su papá. Un señor con un coche lo había atropellado, tenía un fuerte golpe en la cabeza y algunas costillas rotas; sin embargo, a pesar de los cables y el tubo que había visto, lo que más lo asustaba era que no pudiera despertar. Santa asintió con la cabeza, él le entregó el papel arrugado y, como si recordara algo, se bajó de sus rodillas y salió disparado. Su madre lo estaría buscando.

No se había equivocado. Al final del pasillo la divisó, parecía alterada. Se arrodilló para recibirlo y se le abrazó asustada.

—¿Dónde te habías metido? Nos han llamado. Eres tan pequeño aún, pero papá… papá ha despertado.

—¡Mamá… que ya soy grande!

El tintineo de una campana se acercó hasta ellos. Blai vio pasar a Papá Noel que, sin detenerse, siguió su camino con su inseparable saco al hombro. Entonces lo vio, un papel le caía al suelo y corrió hasta él. Al recogerlo lo reconoció: era su carta arrugada.

—¡Eh! —gritó sin saber qué decirle a Santa.

Sus miradas se cruzaron y de nuevo aquel brillo en sus ojos, azul claro, lo sobrecogió.  El hombre levantó una mano, como si fuera un soldado y saludara con dos dedos, le guiñó un ojo y con una gran sonrisa se despidió, a la vez que hacía sonar su campana.

—¡Ho-Ho-Ho… Feliz Navidad!

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Nota de la autora: Este cuento está inscrito en Safe Creative bajo el  Código de registro: 1812169348232

 

EL TREN. Cuento de Navidad.

IMG_0019La estación estaba abarrotada de gente que arrastraba pequeñas maletas. En sus caras se reflejaba la emoción contenida y las ganas de alejarse del trabajo y la rutina por unos días, para escapar a otras estancias o impregnarse del calor familiar y el cariño que alrededor de una mesa, vestida para la ocasión y bien surtida, podía circular.

Un fuerte silbido anunció la inminente salida.

Todos corrían, menos un joven de rictus serio y pesaroso. Sus hombros parecían acumular el cansancio de toda una vida. Al entrar al vagón tropezó con un padre y un hijo que se abrazaban con el amor que ha sido cincelado con los años, sin fisuras, sin rencores. Sin querer, se fijó en el pequeño objeto que el joven retenía en su mano y apartó de su mente un recuerdo de infancia que lo sobresaltó. Guardó su equipaje, se acomodó en su asiento y evitó cruzar su mirada con los otros ocupantes del compartimento. Todavía no había salido y ya se arrepentía de aquel viaje. Buscó en sus bolsillos la carta que en un arrebato le hizo pensar, que esta vez, todo sería diferente. La releyó de nuevo. Aunque ya sabía lo que decía. “No dejes que el tiempo alargue esta distancia que nos separa”. Trató de congraciarse con la decisión tomada y se entretuvo en observar, cómo detrás de la ventana, el paisaje cambiaba de perfil y color. El blanco de las montañas nevadas se dejaba adivinar y se le antojó que el frío se había adueñado del valle a la vez que de su corazón.

Frente a él, una madre amamantaba a su hijo ante la mirada embelesada de su esposo que no perdía detalle y jugueteaba con las manitas del niño que se enredaban en el cabello de la mujer. Se dejó arrastrar por la nostalgia de otro tiempo y con la cabeza apoyada en el cristal se imaginó años atrás cuando regresar era motivo de alegría e ilusión. Cuando la culpa no anidaba en su pecho.

 Adormilado, fue testigo de cómo la niebla invadía el valle y fue engullendo en sus fauces grises los árboles que con más frecuencia mostraban sus copas blancas. La espesura lo invadió todo y le pareció flotar en una autopista hacia el cielo.

Lo sobresaltó el silbato del tren y supuso que cruzaban el puente que conectaba las montañas. Ya se acercaba a casa. Pero aquel sonido le pareció distinto, como un eco extraño. Miró hacia su asiento contiguo. Un niño, con un trenecito en sus manos, jugaba a su lado. La madre le dedicó una mirada apurada y le pidió al niño que no lo molestara, mientras que el padre desplegaba un diario, como si no fuera con él, y escondido tras las hojas le guiñaba un ojo al hijo. Buscó con la mirada al bebé, pero no había señales de él. Ofuscado no pudo evitar preguntar y el niño muy envalentonado le dijo que él no era un bebé, ya tenía cinco años.

Sin deseos de preguntar de nuevo, volvió a adormilarse. Imaginó un reencuentro y deseó ser como aquel joven abrazado por su padre en la estación, como ese niño al que su padre miraba con ojos llenos de amor. Deseó poder escribir de nuevo su historia, lejos de enfados y recelos, lejos de un orgullo tonto que lo había separado de su familia.

Se perdió en sus pensamientos, pero no quería dormirse y decidió que le vendría bien estirar las piernas. Se levantó y se dirigió al vagón restaurante, donde un camarero con ojos cansados, le sirvió un chocolate caliente. Regresó a su compartimento y por el pasillo se cruzó con un joven que caminaba con prisas. Encontró el lugar vacío, el trenecito estaba olvidado en su asiento y lo cogió. Jugó con él entre sus manos y observó que era una pieza antigua, casi de coleccionista.

El silbato volvió a sorprenderle. En vano esperó a la familia y supuso que habrían bajado en la estación anterior a la suya. Recostado en el sillón, cerró los ojos, no sabía cómo iba a enfrentarse a los suyos. ¿Qué podía decirles después de tanto tiempo?

El tren entró en la estación y la niebla decidió dar una tregua. Al mirar por la ventana vio un cielo claro y soleado. Los primeros pasajeros ya habían descendido. La visión de la alegría en sus caras, lo conmovió. Se abrazaban a sus seres queridos y las risas dibujaban sus rostros de paz interior.

Cogió su equipaje con desgana, nadie habría venido a recogerlo y le quedaba un buen camino hasta la casa familiar. No supo qué hacer con el trenecito que había encontrado, pero lo atesoró en su mano como si la fuerza que necesitaba para descender del vagón emanara de aquella pieza.

Por un instante se sintió perdido en el andén. La algarabía iba muriendo a medida que la gente se alejaba hasta la salida de la estación. Cabizbajo emprendió el camino hacia ella, cuando una voz grave lo sobresaltó. Frenó sus pasos ante el dueño de aquel llamado. Se vio envuelto de pronto por unos brazos que lo sostenían con fuerza y no pudo evitar dejarse caer en ellos. El hielo de su pecho se deshizo ante aquel calor. Al separarse, con el único asidero del trenecito en su mano, observó a un hombre lloroso que lo miraba emocionado.

─Veo que conservas el tren de cuando eras niño.

Supo entonces que en ocasiones las palabras que más desea uno escuchar son esas que no hace falta que se digan, porque un abrazo es lo único que se necesita para cerrar las heridas del corazón.

La melodía de un viejo villancico, en las voces de unos niños, resonaba en la estación dando la bienvenida al viajero. Una sincera sonrisa se dibujó en su rostro y con voz emocionada y enternecida saludó:

—¡Feliz Navidad!

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*El tren forma parte de una antología de cuentos registrado en Safe Creative con el Código de registro: 1712155105378

 

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Reblogueando: Desde el blog de solo Díaz de Tuesta: 06 Derivas literarias: Finalista del IX Certamen del PREMIO VERGARA -> GRADOS DE PASIÓN — solo DÍAZ DE TUESTA

Nunca mejor dicho. Game over, Díaz de Tuesta, si quieres algo, vuelve a empezar, bonita. Una vez más, me he quedado ahí, a las puertas de la victoria. Yo ya bromeo con el hecho de que, a estas alturas, se me puede considerar finalista profesional del Premio Vergara. Porque, aunque seguramente ya nadie lo recuerda […]

a través de 06 Derivas literarias: Finalista del IX Certamen del PREMIO VERGARA -> GRADOS DE PASIÓN — solo DÍAZ DE TUESTA

Nota: Finalista en el IX Certamen de Novela Romántica Vergara

FINALISTADe pequeña me inculcaron que lo importante era participar. Así que lo he hecho en cuatro ocasiones y he conseguido el meritoso lugar de FINALISTA en el IX Certamen de Novela Romántica Vergara-RNR, dos veces. La primera fue el año pasado con La pasión dormida. Un romance contemporáneo en el que algunas circunstancias de la vida están determinadas por otras que quizás a priori no se saben. La segunda vez, en esta ocasión, con la novela: Tu nombre en mis labios. Una historia romántica ambientada en la Barcelona de la Exposición Universal de 1888.

Quien la sigue la consigue…, por lo menos eso dicen.

En el artículo que presenta la editorial informan de que han sido 228 novelas las presentadas al evento; por lo tanto, el mérito alcanzado es un importante logro. Desde aquí reitero mis felicitaciones a la ganadora Eleanor Rigby y a Yolanda Díaz de Tuesta, finalista también. Ambas grandes escritoras.

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Así que, ¿quién sabe? Quizás en un rato empiezo a elaborar un pequeño mapa que me lleve a escribir otra novela para presentarme al concurso del próximo año o, quizás, termino con la que estoy, que sus personajes me tienen atrapada en la historia y, sin que yo les dé paso, hablan en mi cabeza y cambian escenas a su libre albedrio. Os diré que esta situación, en ocasiones, me hace parecer un poco loca a ojos de mi familia, a quien bombardeo a preguntas sobre un tema importante que cruza la historia y, por suerte, tengo dos buenas fuentes de documentación que me han ayudado bastante en temas cruciales que mueven la trama.

¿Qué de que va esa nueva historia? Todavía es pronto para adelantar nada, pero pronto… pronto podré decir algunas cosas.

cor Nuria Rivera

Entrevista.

Captura de pantalla 2018-11-08 a las 21.21.24El blog Conociendo al autor. Conversaciones me ha realizado una entrevista.

Para ella, Maria, la entrevistadora, y yo nos situamos imaginariamente en un lugar muy conocido por mí. El bar Zurich en la plaza Cataluña, junto al inicio de las Ramblas de Barcelona. Os cuento que en este bar, famoso por su enclave, y que visito con frecuencia para desayunar porque está muy próximo a mi lugar de trabajo, me conocen  bastante, pero no por ser escritora, sino por ser una cliente asidua. Los camareros son muy profesionales y como tales saben bien qué tomaré.

Me encanta ese lugar y ahí me he inspirado para escenas que he situado entre sus mesas o me ha llevado a la ciudad que su nombre indica para enmarcar a uno de mis personajes más queridos Oskar Müller de El destino tiene otros planes.

En su terraza, desde la que se divisa un buen ángulo del centro de la ciudad, Lía, de Algunas mentiras conversa con sus amigos y desayuna donuts, cómo yo.

Otros lugares de los alrededores salen en mis novleas. En la calle de detrás está el Club Milanos, donde Martina y Diego, de La pasión dormida, toman unas copas mientras escuchan jazz.

Para mí, Barcelona es un gran escenario que adoro; mis personajes transitan por la ciudad y describen al lector sus calles y sus rincones.

Bueno… estas cosas se me quedaron en el tintero durante la entrevista, pero te animo a entrar en el enlace y leer sobre mis novelas publicadas y mis nuevos proyectos.

ENTREVISTA EN CONOCIENDO AL AUTOR. CONVERSACIONES

cor Nuria Rivera

 

Lectura recomendada: La sombra de Erin de Adriana Rubens.

513axTLew1LNo tuve dudas al elegir este libro; solo el nombre de la autora me bastó para saber que sería una gran novela. Y no me ha defraudado. La sombra de Erin me ha gustado mucho. No, me ha encantado, maravillado y fascinado. No conocía la mitología celta, pero el prólogo me atrapó de tal manera que quedé enganchada a la narración y eso que todavía no sabía que me iba a encontrar con mucha más magia.

Sobre la novela os cuento que hay una apasionada historia de amor. Que Elatha está para mojar pan, que tiene una parte oscura, pero también unos sentimientos firmes e inquebrantables hacia la mujer que ama y Diana es de esas mujeres fuertes que no se deja amedrentar por nadie y menos por Elatha, por muy dios que sea.

Decía que hay una apasionada historia de amor, pero hay mucho más. Hay misterio, intriga, recelos amenazas, dudas, amistad, traiciones, amor. ¿He dicho que hay pasión? Hay fantasía, dioses que aparecen de la nada, guerreros que se baten en luchas enfurecidas, humor, cuervos, castillos, magia. Mucha magia, no solo en la historia sino también en las palabras de la autora. Su narración es impecable.

La novela es la primera parte de una trilogía, pero Adriana la cierra no solo con un epílogo, sino con tres. No deja ningún fleco suelto y, además, nos abre las puertas para el segundo libro

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Felicito a la autora por esta novela tan fascinante en la que ha sabido combinar las leyendas celtas y la mitología con su buen hacer como escritora. Si ya me gustaba en sus otros géneros (contemporáneo o histórico) con esta novela de fantasía creo que se ha superado.

Recomiendo La sombra de Erin no solo porque es una historia preciosa y lo bien escrita y documentada que está; sino porque sus descripciones te transportan a esa isla Esmeralda que es Irlanda, puedes ver los paisajes, oler la tierra, sentir la brisa en la cara como si fueses tú la que circula en bicicleta. Y, si cierras los ojos, también puedes ver a un dios fomoriano, de una belleza sobrecogedora,  tumbado sobre una roca, relajado,  mientras su cuerpo se seca tras unas brazadas en las heladas aguas de un lago.

cor Nuria Rivera

Novela romántica versus novela erótica. (O… Hablamos de sexo)

 

couple-731890__340Desde hace algún tiempo la novela romántica ha virado del amor cortés, sentimental o platónico a un amor más “real”, con escenas eróticas o sexuales; descritas con más o menos arte. (No es que antes no se escribieran escenas de sexo, siempre han estado, era, ¿cómo decirlo…? de otra manera). La novela romántica se ha hecho más erótica.

Percibo que ese cambio no es del agrado de muchas lectoras, pero no creo que esto sea porque se asusten de tales descripciones, sino por el aumento de incluir escenas sexuales no solo en cantidad (incluso sin justificación en la trama) sino variopintas, que parecen más una sucesión de posturas del Kamasutra que de una trama romántica.

El sexo siempre ha estado, con mayor o menor medida, implícito en las novelas románticas; tal vez es algo que va con los tiempos. Antes se trataba de sentimientos, de escribir a flor de piel, se generaba emoción con un pequeño roce, una mirada, una puerta que se cerraba. Para ello contábamos con la sugerencia, se jugaba con las elipsis (supresión de una palabra o frase que puede comprenderse por el contexto), con lo poético. En la actualidad parece que somos más visuales, necesitamos la imagen que puede ser más o menos sugerente para llevarnos a la fantasía.

Quizás ahí estriba la confusión entre novela romántica y novela erótica. La diferencia está en incluir el amor, con o sin sexo; o el sexo, con o sin amor, en la relación de la pareja protagonista.

NOVELA ROMÁNTICA

NOVELA ERÓTICA

Conflicto centrado en la relación amorosa (romance) entre la pareja protagonista. Conflicto centrado en la relación sexual de la pareja protagonista.
Hilo conductor: el amor. Hilo conductor: el deseo, una obsesión, una fantasía, relación sexual.
Siempre tiene un final feliz. Los protagonistas acabaran juntos (con o sin boda). Los protagonistas no acaban juntos necesariamente.
Puede, o no, incluir escenas de sexo o eróticas, más o menos explícitas Incluye escenas de sexo o eróticas.

El erotismo es una herramienta que podríamos decir indispensable en la novela romántica. Hace referencia a todas las relaciones sensuales y no implica expresamente la descripción de la relación sexual. Se alimenta de miradas, de sugerir, de escenas y palabras con dobles sentidos o intenciones. Así se mantiene la tensión erótica que marca la relación amorosa. En novelas de regencia, por lo general, la relación sexual no tiene por qué aparecer; sin embargo, en novela romántica erótica sí. Podemos encontrar un nivel bajo, medio o de alto voltaje y ahí es donde ese subgénero puede tomar entidad propia. Esto es que las novelas románticas de alto voltaje pueden considerarse novelas eróticas, porque el conflicto está más en la trama sexual que en la amorosa, aunque esta se dé también. Pero la novela erótica tiene su límite cuando sobrepasa el sugerir para mostrar de forma cruda, obscena y explicita lo sexual. Hablamos entonces de novela pornográfica.

Por todos es sabido que una cosa en demasía cansa. He escuchado algunas veces eso de: “me he saltado las escenas eróticas”. Cada vez que lo escucho pienso si es que todas esas mujeres que lo dicen son reprimidas, si hablar de sexo aún da vergüenza o si en realidad se cansaban de tales descripciones porque había demasiadas en la novela.

Soy escritora de romántica y mis historias tienen escenas eróticas; puede ser que se me cuele alguna de más. En mi descargo diré que siempre son escenas que están justificadas por la trama y no aparecen cada dos páginas. Sin embargo, he escuchado estos comentarios y me han dado qué pensar. Eso me llevó a preguntarme por la cantidad de escenas eróticas que debería llevar una novela romántica. No he encontrado un consenso claro. Una vez leí que debía haber entre 5-7 escenas de ese tipo. La experiencia me ha llevado a comprender que la descripción detallada de más de 4 es excesiva. Por lo general es aceptable entre 3 y 4.

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Antes de decidirme a escribir mi primera novela romántica leí muchas. Quería, y necesitaba, saber cómo trataban otras autoras el tema del erotismo. Encontré de todo: desde las que eran comedidas a las que daban una clase de anatomía; las recatadas que se notaba cuando se saltaban la escena (y no precisamente con una elipsis) a las vulgares que no ponían nada literario en la descripción de los pasajes.

Hace unos años a las novelas románticas cargadas de escenas eróticas algún iluminado las clasificó como “porno para mamás” (¡Vaya! Debe ser que los “papás” no consumen estos libros, ni tampoco las películas). Reconozco que me preocupaba. En un mundo donde todo y todos somos clasificables me inquietaba que a mi novela le pusieran ese apelativo. (¿Qué iba a pensar mi familia, mis amigos?) Ya tenía bastante con la censura del que piensa que escribir una novela romántica es escribir una “novelita”, algo sencillo y sin sustancia. Ya escribí sobre este aspecto en otro lugar, os animo a leer aquel post: ¿Por qué leer novela romántica?

En literatura, la descripción, más o menos detallada, de escenas sexuales o eróticas no solo está en las novelas románticas. Se encuentra también en otros géneros literarios. No importa si es comedia, drama o novela negra, el sexo aparece con más o menos intensidad (véase Maestra de L.S. Hilton que, por cierto, es un thriller) Y es que, nos guste o no, el sexo vende.

Volviendo a la novela romántica y no entro en si es histórica o contemporánea, el sexo puede estar en ambas, creo que lo artístico del termino está en la sutileza de las descripciones. La novela romántica en la actualidad pide este tipo de escenas (dónde se ponga el peso en la trama: en el amor o en el sexo, estará la distinción de los subgéneros, ya lo hemos visto antes). Y, para ser honesta, también lo he dicho antes, lo mucho cansa, aburre (de ahí que muchas lectoras se salten esos pasajes eróticos). Por otro lado, ya que me he arremangado con el tema, quisiera hacer alguna mención al vocabulario que se emplea para describir estas escenas. Abogo por un lenguaje claro, pero sin ser vulgar; que sea metafórico, poético, literario, sin ser visceral ni obsceno. Jugar con los recursos estilísticos. Podemos encontrar un abanico donde hay novelas que van desde las muy sutiles, donde el lenguaje casi abstracto nos hace saber que ahí ha pasado algo, hasta aquellas que son tan explicitas y descriptivas que parece que estamos viendo una película y dejan poco a la imaginación. Cruzar la línea que hay entre sugerir y mostrar a una explicación/descripción muy directa y explicita ya no es erotismo, sino pornografía y eso sí sabemos detectarlo todos.

Para mí, la construcción de una escena erótica tiene que ver con el argumento; con los personajes que he descrito (con la personalidad que les he adjudicado); con la trama (si lo pide o no); con la tensión; con el ritmo; con la temática que estoy tratando y, sobre todo, si está justificada en un momento o en otro de la historia. La experiencia me ha permitido afinar más en sus descripciones, combinar afectos y sentimientos de los personajes con los actos y también controlar la cantidad de estas escenas para no cansar y sí generar expectación y tensión sexual a la trama.

Aprendo cada día de lo que los lectores me dicen, de los consejos que recibo. Así que espero mejorar a cada paso.

Mis novelas son románticas con escenas eróticas, sí, y su final siempre es feliz. Quizás, si no las conoces, te animes a leerlas y verás que no hay que rasgarse las vestiduras, que el sexo es parte de las relaciones humanas, de la vida, que es una de nuestras pasiones. Como dice una amiga mía: la sal y la pimienta de la vida.

cor Nuria Rivera

Pequeña crónica del Encuentro de Selecta, Penguin Random House.

Ahora que todavía conservo el calor de los abrazos, el sonido de las risas o las emociones, sensaciones y sentimientos que me ha despertado en Encuentro de Selecta, el sello editorial de Penguin Random House al que pertenezco, voy a escribir mi pequeña crónica de lo que ha sido la reunión anual de escritoras, el pasado fin de semana (28-29 y 30 de septiembre).

Al llegar a Madrid me encontré una ciudad con obras y un calor poco propio a los últimos días de septiembre. Nada más dejar la maleta en el hotel empezó el reencuentro con compañeras que iban llegando de sus respetivas ciudades (Begoña Gambin, Lucía de Vicente, Rocio Mulas, Iris Romero, Marion SLee, Maria Ferrer Payeras, Francine JC, Mar P. Zabala y más tarde: Raquel Mingo, Isabel Jenner, Chris de Wit, Marian Arpa, Marisa Sicilia, Ana Álvarez, Andrea Muñoz). Lucía de Vicente fue nuestra cicerone y guía por el barrio de las letras. Nos habló de los lugares típicos, de las catacumbas, de la Historia de aquellas calles. ¡Cuánto sabe! Con ella pasamos por la casa donde vivió y murió Miguel de Cervantes, la casa museo donde vivió Lope de Vega. Leímos muchas de las frases literarias que están escritas en la calzada del barrio, como si fuesen migas de pan para le caminante. Callejeamos bastante y acabamos frente a las puertas del congreso. Quizás era una frikada, pero yo quería una fotografía frente a los leones de las Cortes.

De ahí fuimos a la presentación del libro de Isabel Jenner, Oriente en tus ojos, en la Librería La Sombra. Donde la autora, acompañada por la gran Marisa Sicilia, nos habló de su proceso creativo, de sus personajes, de cómo se inspiró. Con sus palabras nos hizo oler y sentir la India igual que lo hace su libro. Nos invitó a gominolas y nos regaló flores. Tuvo un lleno hasta la bandera. Luego fotos, risas, más fotos… encontrar un lugar donde cenar catorce personas fue difícil, pero lo conseguimos.

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Al día siguiente, sábado, tocó trabajar.

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La casa de fieras del Retiro acogió el encuentro de Selecta. Una mañana intensa de conferencias interesantes, de palabrejas como meta datos que no nos pasó desapercibida, de consejos para dar mejor y mayor visibilidad a nuestros libros (Luis Collado de Google nos dio muchas pistas y pautas) y espacios de desayuno y comida llenos de momentos que quedaron inmortalizados. También sesión de fotos oficial en la que cada una tuvo sus tres minutos de gloria. Hay muchas fotos que se han compartido y que evidencian el buen ambiente, la cordialidad, el compañerismo entre las escritoras. Para mí, fue un encuentro entre amigas/os que compartían ilusión, proyectos y formación. Por la tarde nos tocó trabajar y aplicar lo que nos enseñaron por la mañana.

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El sábado por la noche fuimos a la presentación del libro de Bruno Puelles, A dónde van los dragones. Una puesta en escena maravillosa con sorteos, charlas, y mucha mucha gente, en el Bar Intruso.

El domingo tuvimos una masterclass de Érika Gael. Planificar la novela, eres de mapa o de brújula, ficha de personajes… Un montón de consejos y, claro, más fotos.

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Después, tras una comida en grupo llegaron las despedidas y el adiós. Había que regresar a casa.

Un fin de semana intenso, pero cargado de emoción y con el pensamiento lleno de ideas para poner en práctica, mejorar nuestros perfiles y, por supuesto, crear nuestras historias.

No quiero despedirme sin agradecer a la organización el trabajo realizado: Lola Gude, Almudena, Laura, Iría, Aina, Paz, María gracias por contagiaros de nuestra ilusión.

#SoySelecta #somosselecta cor Nuria Rivera

Primer capítulo de La pasión dormida.

La pasion dormida - Nuria Rivera

Capítulo 1

Diego Luján era de los que pensaban que pocas cosas se hacían por amor. La mayoría de las veces, lo que uno creía, que era su deseo, no era otra cosa que el deseo de otro.

Impaciente, como todo novio en el altar, dibujó un rictus risueño con el que saludar a aquellos que se le acercaban, aunque en su fuero interno se reía de aquel circo en el que no creía, pero que había aceptado, y dejó hacer a su prometida, porque era su ilusión y así lo había soñado desde que era una niña. Le quedó claro que el rito religioso, que, si bien su suegra exigió, ella lo había relegado al decir que una boda por la iglesia era mucho más bonita, y pomposa, que una por lo civil y eso lo había convencido.  A su lado, Javier, su hermano dos años menor y Sergio, su mejor amigo, aguantaban estoicos. Agradecía su compañía, aunque sabía que estaban deseando poder irse al bar de enfrente, pero nunca lo dejarían solo. Hacía rato que Asier, el mayor de los Luján, le envió un mensaje en el que le decía que a la novia le había dado un ataque de angustia, cuando le llevó el ramo. Como un tonto enamorado, había tratado de hablar con ella, pero no lo había conseguido. Su amigo le quitó el teléfono para evitar que la llamara y, también, por si este sonaba en mitad de la ceremonia. La chica no se lo perdonaría.  Asier regresó sin poder darle mejores noticias, al final no pudo seguir el ritual, para el que se había estudiado un pequeño poema, porque ella se encerró en el baño y el padre le dijo que mejor no agobiarla porque estaba muy nerviosa.

El tiempo pasaba e intranquilo esperaba que la música sonara y le anunciara que su querida novia había llegado y que en unos segundos la vería desfilar por aquel pasillo, engalanado de flores, como toda la iglesia, hasta el hartazgo. Pero eso no ocurrió.

No hubo nada en concreto que lo puso en alerta. Algunas señales son imperceptibles, pero nos dan una claridad meridiana, y Diego supo, por la inquietud que empezó a sentir, no solo en su interior sino también en algunos bancos destinados a la familia de la novia, que ella no vendría. Después pensó que el hecho de que no hubiese ningún miembro directo de ella en la iglesia debería haberle dado alguna pista. Su buen amigo Sergio se lo confirmó, al mostrarle su propio móvil. Ese que le había entregado. El mensaje era escueto: “Lo siento, no puedo hacerlo”. La furia se apoderó de él. Diego Luján que siempre se había caracterizado por ser un hombre tranquilo y educado se transformó y de la rabia tiró uno de aquellos jarrones cargados de rosas que se hizo añicos nada más tocar el suelo. Las rosas y el agua quedaron esparcidas, entre los trozos de porcelana, en aquel altar como símbolo de un desastre inminente. El cura se atrevió a censurarlo, pero él no lo escuchó. Tampoco fue capaz de mirar a nadie. Salió a grandes zancadas por aquel pasillo que apestaba a flores y huyó como si fuera un reo liberado.

La llamó mil veces y mil veces recibió el mismo mensaje. Su teléfono estaba “…apagado o fuera de cobertura”

Casi enloqueció. La buscó en la casa que iban a compartir, por supuesto que no la encontró. Nadie pudo, o quiso, darle razón de ella y dejó de esperar cuando, unas horas más tarde, sentado en el suelo en mitad del salón de la casa de su padre, aceptó la cruda realidad. Le había abandonado.

Asier se sentía culpable por no poder añadir ninguna información, ya que él la había visto apenas unos minutos.  También se sintió engañado porque, tal vez, algo en aquella casa se le pasó por alto y no fue capaz de detectarlo.

Sus hermanos y su amigo, Sergio, acamparon por los sofás. No intentaron convencerlo de nada, tampoco se atrevieron a dejarlo solo. Parecía un muñeco roto. La americana estaba esparcida por el suelo, tirada de cualquier manera. Descamisado y con la corbata desanudada ofrecía un aspecto hundido.

Lloró de rabia o quizás de dolor y todos los juramentos que soltó se los dedicó a la mujer que lo había humillado, dejado en ridículo y engañado. Miguel Luján, su padre, fue el único que se acercó a hablarle. Se sentó a su lado y lo imitó, al recostar su espalda en el sofá. Diego nunca había visto a su padre por los suelos, ni con una copa en la mano, pero aquella vez en una tenía una botella de Chivas y, en la otra, dos vasos.

—Pues no estamos tan mal —llenó los vasos y le ofreció uno—. Tenemos varias botellas.

Asier, Javier y Sergio se sumaron a la pequeña fiesta y los cinco acabaron con una buena cogorza.

A la mañana siguiente la resaca era considerable. Ni siquiera sabía cómo había llegado a su cama. Se duchó y rebuscó, en la habitación de Javier, algo de ropa con la que vestirse, la suya estaba en el nuevo piso. Cogió unos tejanos y una camiseta. Salió hacia la cocina y allí encontró a sus hermanos y a Sergio.

—No tienes casa, tío— dijo, al ver a su amigo, con tono de fastidio.

—Por supuesto, pero aquí os cuidan mejor.

Julia, la hermana de su padre, les servía café y cortaba en trozos una tarta casera que tenía muy buena pinta. Le dio un beso en la cabeza cuando se sentó a la mesa.

—Ayer hablé con el padre de Miriam —comentó Asier, con cautela y lo miró a la espera de su reacción. Él no enfrentó su mirada, no quería volver a derrumbarse—. Dijo que se hacían cargo de los gastos del restaurante. Irían al piso a por sus cosas y se llevarían sus muebles.

—Que se los queden todos y el piso lo pones a la venta —respondió seco.

—¡Joder! Pero si te encanta —alegó Sergio.

—¿No vas a consultárselo?  —preguntó Javier, con asombro—. A lo mejor quiere…

—Me importa una mierda lo que ella quiera —cortó el tema.

—El piso es de Diego, yo se lo regalé y puede hacer con él lo que quiera —dijo Miguel. Le pasó la mano por el pelo como cuando era un niño y se sentó a la mesa.

—De acuerdo —afirmó Asier—. Mañana arreglaré los papeles y lo pondré a la venta. ¿Y el viaje?

—¿Qué viaje?

—¿Cuál va a ser? El de novios. —De pronto cayó. Ni siquiera había pensado en él.

En realidad, no había pensado en nada. Ni en hablar con el cura, disculparse y cancelar la ceremonia, ni avisar al restaurante donde celebrarían la fiesta, ni al hotel donde iban a pasar su flamante primera noche como marido y mujer. No pensó siquiera en el dineral que se perdía por el camino. En nada, solo en su orgullo herido y en su maltrecho corazón. Por suerte tenía un padre y unos hermanos que se ocuparon de esas cosas y un amigo que no lo dejaba solo.

—¿Has olvidado que en dos días salías hacia Mauricio? —se sorprendió su hermano pequeño. Era cierto, no lo recordaba y eso era porque él no quería ir a las islas Mauricio, él quería visitar Nueva York, perderse en Manhattan, recorrer Brooklyn, ver algún musical y visitar el MoMA. Pero sobre todo no lo recordaba porque desde el día anterior sentía un agujero en su pecho y en su alma. Miró a su hermano y negó con la cabeza—. Yo me encargo. ¿Cancelo o pospongo?

—Cancela, a ver si tu amiga de la agencia puede recuperar algo… No, cambia los billetes y que lo disfrute la tía.

—Es mucho dinero —refutó la aludida, pero él rechazó el comentario con la mano. La decisión ya estaba tomada—. ¿Estás seguro?

—Piensa las cosas, Diego —advirtió su padre—, quizás te quieras ir a otro lugar.

—Está pensado. Te gustará, tía y a Ramón, también.

Javier se levantó de la mesa con el teléfono en la mano y salió hacia el comedor.

En aquel momento no le importaba nada. Volvió a quedarse en silencio. Estaba en una especie de cortocircuito. Quería desaparecer del mapa. Casi ausente, también se levantó de la mesa, pero se dirigió hacia el frigorífico y sacó una cerveza bien fría. Obvió la mirada de la tía Julia y la de su padre, hasta Asier se le quedó mirando, pero ninguno dijo nada.

Sergio no lo dejó solo en todo el día, tampoco sus hermanos. Trataban de animarlo, aunque no hizo caso a ninguno de los tres. Volvió a acostarse borracho y a amanecer con resaca. No recordaba qué había hecho en todo el día, pero tampoco le preocupaba, solo quería que pasase el tiempo y dejar de sentir aquel dolor en el pecho. Tampoco quiso pensar en las razones de lo que había pasado. No hurgar en la herida era como no saber. No quería saber nada. A mitad de tarde el alcohol se agotó, pero no tuvo reparos en llamar a una de esas empresas que traen cualquier cosa a domicilio, sin importar la hora, y pidió un par de botellas de whisky.

 El lunes desayunó con su hermano mayor. Asier llevaba muchos de los temas de dirección de la empresa inmobiliaria, junto a su padre. Era serio, responsable y aunque pudiera parecer frío, Diego sabía que lamentaba mucho su dolor, pero también que empezaba a cansarse de esa actitud derrotista. Así que no se sorprendió cuando le dijo que cogiera el toro por los cuernos y se enfrentara a la vida. Después se fue a trabajar y él se regresó a su cuarto. Se estiró en la cama y miró al techo, como el que no tiene nada qué hacer. Al rato alguien picó en la puerta.

—Déjame en paz, Sergio. Lárgate a tu casa de una puta vez.

—Soy yo, Diego —la voz de la tía Julia sonó tranquila ante su exabrupto.

Se incorporó en la cama y la hizo pasar.

—Disculpa tía, no estoy muy fino.

Se sentó en el borde del colchón y lo miró con fijeza antes de empezar a hablar.

—Yo también tuve una decepción —dijo y era lo que menos se esperaba. La tía tendría cincuenta y cinco años. Le había conocido diferentes parejas, pero desde hacía quince años, Ramón, ocupaba su universo. Sin embargo, no sabía que también tenía su pedacito de frustración—… Quizás por eso Ramón y yo no nos casamos, nos va bien como estamos. Cuando… Bueno, ya no importa. A mí me fue bien poner tierra de por medio. Marcharme y despejarme de la angustia. Volví renovada y con ganas de comerme el mundo.

—Mañana estaré mejor —respondió, no le apetecía hablar.

—Una botella nunca es buen lugar para esconderse —le dijo con reproche y él no fue capaz de mirarla a la cara.

—Vale tía, capto el mensaje.

Pero la tía Julia tenía una misión y no lo dejó hasta que no dijo todo lo que quería decirle.

—¿Crees que fue fácil para tu padre criaros, solo?

No esperó respuesta y continuó.

—Tu madre murió antes de la cuenta porque un maldito borracho se la llevó por delante. No creo que le agrade verte así.

No le gustó escuchar aquello, no quería sentirse culpable.

Él tenía diez años cuando ocurrió. Asier trece y Javier ocho. Su padre lo pasó mal y hacía malabares entre los niños, que eran unos trastos, las tareas escolares y la inmobiliaria.  Suerte a la ayuda de la tía Julia.

—Te agradezco el viaje que me regalas, pero…

—Mejor que alguien lo disfrute… Estoy bien, de verdad, en un rato salgo.

—Eso no es cierto. Mira, un sobrino de Ramón tiene un hotelito pequeño en Menorca. Lo acaban de abrir. Es un lugar encantador, tranquilo, con apenas gente. Podrías irte allí y poner tu mente y tu corazón en orden. He hablado con él, tiene habitaciones… Piénsalo. Aquí tienes el teléfono.

—Tía, no necesito esconderme.

—¿Y qué crees que haces desde el sábado a las doce y media?

El día se le hizo largo y extraño. Después de comer, Sergio se pasó a verlo.

—Estás hecho un asco —fue su saludo.

—Gracias —respondió con sarcasmo y se movió del sofá, donde estaba tumbado—. ¿Una cerveza?

Se levantó, trajo una para su amigo y otra para él.

—¿Y Javi? Pensé que estaría contigo.

—Había quedado.

—Qué cabrón, no deja pasar una.

—Mejor una mujer cada día, así no se acercan demasiado y te joden.

Sergio trató de animarlo, pero acabó explicándole cómo corrían los chismes por la oficina. Trabajaban juntos en la inmobiliaria de su padre. Asier era el jefe. Le contó que alguien había grabado la escena en la que tiraba las flores al suelo y su posterior huida de la iglesia. Lo había colgado en YouTube. Por lo visto la desgracia ajena seguía siendo motivo de risa para algunos, pero el masoquismo es parte de la condición humana y quiso ver las imágenes que de él rodaban por la red. No le gustaron.

Cayeron seis cervezas con Sergio y casi tuvo que echarlo para estar tranquilo porque no dejaba de decirle que no bebiera más.

Al cabo de una hora, decidió que necesitaba algo más fuerte y se tomó un gin tonic y luego otro, pero la mirada que su padre le dedicó cuando lo encontró tirado en el sofá le removió algo por dentro, incluso en aquel estado ebrio.

—¿Es qué has perdido la cabeza? ¿Así piensas superarlo?

—Déjame papá, no tengo ganas de sermones.

—Eliges mal camino, hijo. Tal vez deberías regresar al trabajo y estar ocupado en algo. Necesitas una ducha.

—Lo que necesito es olvidarme de todo. ¿Ya has visto el video?

Ni siquiera le contestó. Salió enfadado y Diego supuso que era para no decirle algo de lo que luego tuviera que arrepentirse. En el fondo no estaba tan bebido como para no darse cuenta de que los demás tenían razón. Pero no lo reconocería, que se fueran al diablo si no querían verlo así. Su carácter se había vuelto una mierda, pero tampoco le importaba demasiado.

Sin embargo, a las ocho de la tarde tomó una decisión. Cogió el número de teléfono que le dio la tía Julia, llamó al hotel y reservó una habitación. Compró un billete de avión hacia Menorca, sin fecha de regreso, para el último vuelo de la noche.

Justo cuando iba a embarcar, Sergio y su hermano Javier, aparecieron a su lado. Cada uno con una pequeña maleta.

—Nos ha costado averiguar dónde te habías metido —dijo Javier sentándose a su lado, casi exhausto por la carrera que parecía que se habían dado.

—¿Qué hacéis aquí?

—No íbamos a dejarte vivir solo una aventura.

Lo hicieron reír y eso parecía bueno. Solo faltaban ellos para embarcar y los tres se dirigieron hacia el avión. Sergio contó que Asier les había dado vacaciones para que lo acompañaran, con la condición de que en quince días lo hicieran regresar.

Llegaron al hotel bastante tarde. Javier había tenido la precaución de alquilar un coche, un Volkswagen Tiguan, blanco, que recogieron en el aeropuerto, pero se perdieron un par de veces hasta que con Mr. Google encontraron el lugar.

Apenas les dio tiempo a ver nada. Comieron unos sándwiches, que fue lo único que les prepararon y porque eran “familia” y se fueron a la cama. Sergio y su hermano compartían habitación, pero él disponía de una suitte para él solo, con excelentes vistas al mar de Cala en Bosc.  El hotel era una casona grande con siete habitaciones y la suya tenía una pequeña terraza con un jacuzzi. Javier al verla no dudó en decirle que con seguridad alguna noche se la cambiaba.

Cayó roto aquella noche. El arrullo del mar le ayudó a encontrar la paz que necesitaba.

A la mañana siguiente lo despertaron con insistencia. Sus planes eran salir de la cama lo más tarde posible, tumbarse en alguna hamaca, beber bajo una sombrilla y dejar pasar las horas, pero ni su hermano ni su amigo pensaban lo mismo.

Mientras desayunaban, el sobrino de Ramón pasó a saludarlos. Lluís, era un hombre sencillo, agradable, muy simpático y con pinta de gay. Algo que cayó por su propio peso al ver cómo le miraba el culo a Javier. Pero este ni se inmutó, aunque se lo dejó claro desde el principio.

—Lluís, no te ofendas, pero a mí lo que me van son las tetas, grandes a ser posible.

—No me ofendo, pero no pasa nada por mirar, ¿no?

—Bueno, aclaradas las cosas —bromeó Sergio—. ¿Qué se puede hacer por aquí? Apenas pude ver nada en la Web.

—Sí, es un poco desastre —respondió Lluís—. Pero pronto me la arreglaran. Con tanto trabajo para abrir lo dejamos un poco de lado. He contratado una empresa para que me ayude a mejorar la imagen. Amigos de Salva, el chef, que por cierto es mi socio y mi pareja —y esto lo dijo con sorna, mirando a Javier—. Creo que vais a estar muy solicitados. No es muy común ver a tres tíos como vosotros por aquí, sin pareja. Parecéis sacados de un anuncio.

—Yo estoy fuera de juego —dijo Diego sin demasiado entusiasmo.

—Ya…, me lo contó la tía —se justificó—. Aunque nunca se sabe. Un clavo saca a otro clavo.

Una chica vino a avisar a Lluís, tenía una llamada en su despacho. Javier le dedicó una sonrisa y ella se ruborizó. Antes de marcharse bajó la voz y dijo en confidencia.

—Esa sonrisa es matadora. Espero que no rompáis muchos corazones entre el personal femenino.

Dicho esto, se marchó. Terminaron de desayunar y aunque Diego alegó que quería quedarse en la piscina, no le hicieron caso y casi lo empujaron hasta el coche. Decidieron darse una vuelta por los alrededores y ubicarse. Javier y Sergio se disputaron quien conducía. Él no dio ninguna señal de que le apeteciera y se sentó en el asiento de atrás y perdió la vista en el paisaje que se deslizaba tras los cristales.

Pasaron todo el día de un lado a otro. En la playa, Sergio y Javi conocieron a unas chicas holandesas y pronto surgió la complicidad entre ellos. Les pidieron que les echaran crema solar y ellas no pusieron demasiados reparos. Cuando se acercaron a Diego este se levantó como si tuvieran algo que pudieran contagiarle y los amigos lo justificaron alegando que no estaba de buen humor. Buscó un bar y allí lo encontraron unas horas después. De ahí fueron a comer a un sitio que ellas propusieron. Se entendían en inglés, aunque la comunicación era lo que menos le importaba a ninguno de los cuatro, porque las miradas que se dedicaron dejaban muy claro las cosas. Diego comprendió que sobraba en aquella ecuación y lo irritó saber que habían ido para estar con él y a la primera de cambio se liaban con unas turistas.  Las chicas los acompañaron al hotel y mientras él dormía la mona, ya que no paró de beber en todo el día, en una hamaca de la piscina, ellos se repartieron las habitaciones. A la hora de la cena se marcharon las holandesas y pudo volver a su cuarto y tirarse en su cama, no sin antes decirles que eso no se iba a repetir. Pidió que le cambiaran las sabanas y no sintió culpa al saber que los dejaba arrepentidos por haberse olvidado de él.

Pasaron algunos días y casi siempre los acababa igual. Al principio le siguieron la corriente, pero después se hartaron de sus borracheras. A la semana de la no-boda, Javier y Sergio, lo acorralaron a la hora del desayuno.

—¿Piensas beber el resto de tu vida? —lo increpó su hermano con crueldad. Apenas había dado un sorbo al café.

No recibió bien la reprimenda y lo mandó a la mierda, pero ellos no se inmutaron. Siguieron metiendo el dedo en la llaga. Diego no había querido hablar de lo que le había pasado e intuía que era lo que los otros buscaban, tirarle de la lengua. Ya le habían dado bastante tregua y comenzaron con el tercer grado.

—¿Has pensado por qué te dejó plantado?  —preguntó Sergio, pero él lo obvió y miró para otro lado.

—¿No notaste que algo pasaba entre vosotros? —interrogó Javi—. ¿Había otro?

Ante su silencio Sergio se impacientó.

—¿Es que ahora no piensas hablarnos?

—¡Joder! Diego. No somos tus enemigos.

—Habla, tío. No te encierres, saca la mierda que llevas dentro.

Los miró exasperado. Estaban en una mesa en la terraza. No eran muchos huéspedes y la mayoría se marchaba casi a primeras horas de la mañana hacia la playa. Cerca, una única pareja desayunaba y parecía ajena a su conversación. Pero, así y todo, explotó.

—¡No, no, no! No sé por qué cojones me dejó plantado. No sé si había otro.

—A ver… Vosotros follabais, ¿no?

—¡Pues claro que sí…! Solo que…

No quería abrir la caja de los truenos. Sabía de sobras que nunca hubo pasión entre él y Miriam. Quizás se acabó el misterio, pero él la quería. Era su orgullo lo que estaba más herido. Sin embargo, no quiso pensar por qué eso le dolía más que su corazón.

—¡Dejadme en paz! —exclamó molesto—. No tengo idea de por qué me dejó. Llevaba días sin verla. ¡Si yo ni siquiera quería casarme por la iglesia! Lo único que sé es que unos días antes discutimos. Yo quería hacerlo y a ella le había dado por dejarlo hasta después de la boda, como si volviera a revirginizarse, yo que sé. De ahí pasó a su tema recurrente. Creía que yo estaba poco reconocido en la empresa de papá. Que Asier se llevaba los méritos y creía que debía dirigir mi propia oficina. Dijo que ella esperaba casarse con alguien con ambiciones. Y yo le dije que si eso creía se había equivocado de tío. No volví a verla. Me dejó porque era poco para ella.

—Si hubieras hablado con Asier o papá te habrían dado el puesto. Hace tiempo que insisten. Es verdad que te has acomodado.

—Yo estoy bien como estoy. Gano suficiente y bien sabes que es bastante.

—Has dicho “solo que”. Solo que, ¿qué? —interrogó Sergio y él lo miró con rabia. Se negaba a hablar de algo así con ellos.

Dejó pasar un silencio, pero le miraron como si esperaran que confesa la fórmula de la Coca Cola. Su hermano lo increpó y le dijo que tenía que analizar las cosas con frialdad para encontrar las respuestas y le creyó. Él quería a Miriam, tanto que le dolía el alma. Eso creía, aunque si lo pensaba con frialdad, algo no iba bien. Lo sabía desde hacía tiempo.

—No era divertida en la cama.

—¿No te la chupaba?

—¡Joder, Sergio!

—Mira, sin paños calientes. A los tíos eso nos encanta —se defendió.

Ahí estaba el gran problema. Miriam era muy suya, tenía sus cosas, que él respetaba, pero cuando se le cruzaban los cables lo castigaba en la cama. Pero no de una forma juguetona, que hasta podría ser divertida, sino sin sexo, como si fuera un niño al que se le prohíbe usar la play porque no ha hecho los deberes o caso a mamá. Así, con la perspectiva que le daban los días y su hermano y Sergio que le tiraban de la lengua para que hablara, entendió que su novia y él tenían un problema del que nunca habían hablado y le aterró pensar por qué razón le pasó por alto. ¿Qué pasaba con él? Que ella espaciara el sexo todo lo que podía, era una cosa, pero lo que empezó a preocuparlo era por qué se había acomodado a la situación. Además, ¿sería ese el tema por el que ella lo había abandonado? Estaba hecho un lío, aunque algo en su interior le dijo que el sexo quedaba fuera de la ecuación.  La pregunta que lo atormentaba seguía en el aire y sin respuesta. ¿Por qué esperó al día de la boda para dejarlo? Seguía sin entenderlo.

—Nunca fue santo de mi devoción y lo sabes —confesó su amigo—. Si es una mujer plana, por Dios. Apenas tiene intereses, no trabaja y cree que las revistas del corazón son literatura, pero oye, allá ella si quería vivir de papá y luego de ti. —Lo miró furioso—. Ya sé que te duele, pero creo que es lo mejor que te ha pasado. ¿Te ha dejado? Supéralo y ni se te ocurra dejarla volver.

—Estoy con Sergio —añadió su hermano, eran un frente contra él—. Espabila, hay muchas mujeres por ahí. Necesitas un buen polvo. Cuanto antes, mejor.

En ese momento el teléfono de Javier sonó y apaciguó la tensión que se había creado.

—Es Asier, seguro que está cabreado porque no le hemos llamado.

Javi se levantó y puso una distancia demasiado larga como para escuchar de qué hablaban. Sergio le dijo que debía tomarse las cosas de otra manera porque, si había elegido emborracharse todas las noches, él no pensaba dejarlo solo y su hígado no lo iba a aguantar. Tuvo que prometerle que lo intentaría.

Su hermano regresó con mala cara y supo que no traía buenas noticias.

—¿Le ha pasado algo a papá?

—No, papá está bien. Asier también.

—¿Entonces qué pasa? —preguntó Sergio— ¿Nos corta el grifo tu hermano?

—Miriam… se la encontró en la calle. Le dijo que se iba a ir fuera una temporada.

Por la mirada que le dedicó supo que había algo que no decía, pero no quiso saberlo. Una idea le rondaba la cabeza. Miriam no lo quería, por lo menos no lo suficiente como para considerar que necesitaría alguna explicación. Ni se había dignado a devolverle alguna de sus llamadas. Se recriminó seguir con su dolor si a ella le había costado tan poco abandonarlo. Pero es que dolía aceptar que no le quería.

El resto del día procuró portarse bien. Después de cenar, ellos quisieron salir de copas, por no decir de caza, pero él solo pensaba meterse en la cama y se despidió. Al pasar por el bar se compró una botella de whisky y se subió con la idea de darse un homenaje metido en el jacuzzi.

Con la vista perdida en la línea del horizonte lloró de rabia e impotencia, de dolor y de una lástima hacia sí mismo que lo desarmaba, pero algo en su interior lo sacudió. Se retiró las lágrimas con las dos manos. Él no era aquel hombre débil que lloriqueaba porque le habían hecho daño. Él había sido fuerte, decidido, hasta chulo en sus buenos tiempos. Recuperaría su seguridad y autoestima. Se prometió que no volvería a llorar por ninguna mujer, cogería de ellas lo que le apeteciera. Con esa promesa a la luna ni siquiera necesitó terminarse la botella para caer rendido. Se metió en la cama con la idea de que Miriam moría para él aquella noche de San Juan.

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CASA DEL LIBRO

cor Nuria Rivera

LECTURAS DE EMMA J. CARE

Estos días he leído una historia muy conmovedora. Hice un alto en mi propia escritura y caray, me atrapó enseguida; tanto que no pude quedarme con el primer libro de la autora, tuve que leer el siguiente para saber cómo concluía la historia. Se trata de El sabor del último verano y El filo hilo de la mentira de Emma JCare. Aquí os dejo mi opinión. Y si no los conocéis, os los recomiendo. Es una historia conmovedora, tierna, con una intriga familiar y unas subtramas apasionantes.

EMMA J.CARE

EL SABOR DEL ÚLTIMO VERANO 

 Es una novela que narra un primer amor. La relación que nace entre dos jóvenes: Tina y Pablo, en la Galicia de sus abuelos. Sin embargo, ya desde las primeras páginas una descubre cómo la autora va dejando migas, como si de pan se tratara, y perfila una historia de intriga familiar (en el fondo es la historia de dos familias) que te atrapa y quieres saber más. La forma, el modo, cómo la autora narra la historia es lo que engancha desde el principio para querer saber qué pasó y qué pasará.

Me ha gustado mucho Emma J. Care con esta novela; su voz no te deja indiferente y, confieso, que ha sido de esos libros que, sin querer, se van quedando en la lista de pendientes porque otro lo adelanta. Decidí empezar El sabor del último verano y luego El filo hilo de la mentira (2ª parte) y ha sido todo un acierto para leer la historia de un tirón.

La lectura es amena y ágil. Está armonizada con pedacitos de canciones, muy apropiadas para el momento que viven los protagonistas. Es una trama que tiene romance y suspense. Un Pablo que confiesa que es un romántico y lo muestra. Te gana el corazón en sus primeras escenas. Me ha sorprendido porque, aunque está centrada en los protagonistas y narrada en primera persona cuando el punto de vista es el de Tina, te muestra la constelación familiar y no necesitas que te lo explique de otra manera. Recomiendo su lectura.

EL FINO HILO DE LA MENTIRA

Novela llena de emoción y sentimientos, con claroscuros, con luces y sombras. Es la continuación de El sabor del último verano. La historia comienza trece años después. Y siguiendo el estilo de la predecesora vemos que la autora nos deja migas de pan y nos atrapa en su trama de intriga familiar, pero también en la personal de la protagonista, Tina. Una mujer que está caída, y no sabemos por qué, pero que con unas cuantas pinceladas la autora nos muestra su conflicto y se centra en la relación con Pablo, su amor de juventud; para a través de ella incluir otras relaciones, otras subtramas. La intriga viene de mano de la abuela.  El encuentro con la casa familiar levanta los fantasmas de Tina y sobre todo el hallazgo de un diario que lo cambia todo. Para mí hay dos historias centrales: la de Pablo y Tina y la de la abuela de Tina. Quizás incluiría una tercera, hacia el final. Un personaje que es todo un homenaje… aquí me quedo con esto no quiero hacer spoiler. Alrededor de ellas circulan las tramas secundarias que dan consistencia a la historia.  Me ha gustado mucho la descripción de los parajes, casi he podido ver ese acantilado, la playa, la cueva, he olido el aroma de las plantas, el mar. He visto Galicia a través de los ojos de la autora y sobre todo me he emocionado. Es una historia preciosa de amor, de dolor, de rencor, de superación. Una historia que tiene varios temas candentes y que Emma describe sin regodearse en lo truculento, pero sin pasarlo por alto. Excelente documentación histórica.

cor Nuria Rivera