Primer capítulo de La pasión dormida.

La pasion dormida - Nuria Rivera

Capítulo 1

Diego Luján era de los que pensaban que pocas cosas se hacían por amor. La mayoría de las veces, lo que uno creía, que era su deseo, no era otra cosa que el deseo de otro.

Impaciente, como todo novio en el altar, dibujó un rictus risueño con el que saludar a aquellos que se le acercaban, aunque en su fuero interno se reía de aquel circo en el que no creía, pero que había aceptado, y dejó hacer a su prometida, porque era su ilusión y así lo había soñado desde que era una niña. Le quedó claro que el rito religioso, que, si bien su suegra exigió, ella lo había relegado al decir que una boda por la iglesia era mucho más bonita, y pomposa, que una por lo civil y eso lo había convencido.  A su lado, Javier, su hermano dos años menor y Sergio, su mejor amigo, aguantaban estoicos. Agradecía su compañía, aunque sabía que estaban deseando poder irse al bar de enfrente, pero nunca lo dejarían solo. Hacía rato que Asier, el mayor de los Luján, le envió un mensaje en el que le decía que a la novia le había dado un ataque de angustia, cuando le llevó el ramo. Como un tonto enamorado, había tratado de hablar con ella, pero no lo había conseguido. Su amigo le quitó el teléfono para evitar que la llamara y, también, por si este sonaba en mitad de la ceremonia. La chica no se lo perdonaría.  Asier regresó sin poder darle mejores noticias, al final no pudo seguir el ritual, para el que se había estudiado un pequeño poema, porque ella se encerró en el baño y el padre le dijo que mejor no agobiarla porque estaba muy nerviosa.

El tiempo pasaba e intranquilo esperaba que la música sonara y le anunciara que su querida novia había llegado y que en unos segundos la vería desfilar por aquel pasillo, engalanado de flores, como toda la iglesia, hasta el hartazgo. Pero eso no ocurrió.

No hubo nada en concreto que lo puso en alerta. Algunas señales son imperceptibles, pero nos dan una claridad meridiana, y Diego supo, por la inquietud que empezó a sentir, no solo en su interior sino también en algunos bancos destinados a la familia de la novia, que ella no vendría. Después pensó que el hecho de que no hubiese ningún miembro directo de ella en la iglesia debería haberle dado alguna pista. Su buen amigo Sergio se lo confirmó, al mostrarle su propio móvil. Ese que le había entregado. El mensaje era escueto: “Lo siento, no puedo hacerlo”. La furia se apoderó de él. Diego Luján que siempre se había caracterizado por ser un hombre tranquilo y educado se transformó y de la rabia tiró uno de aquellos jarrones cargados de rosas que se hizo añicos nada más tocar el suelo. Las rosas y el agua quedaron esparcidas, entre los trozos de porcelana, en aquel altar como símbolo de un desastre inminente. El cura se atrevió a censurarlo, pero él no lo escuchó. Tampoco fue capaz de mirar a nadie. Salió a grandes zancadas por aquel pasillo que apestaba a flores y huyó como si fuera un reo liberado.

La llamó mil veces y mil veces recibió el mismo mensaje. Su teléfono estaba “…apagado o fuera de cobertura”

Casi enloqueció. La buscó en la casa que iban a compartir, por supuesto que no la encontró. Nadie pudo, o quiso, darle razón de ella y dejó de esperar cuando, unas horas más tarde, sentado en el suelo en mitad del salón de la casa de su padre, aceptó la cruda realidad. Le había abandonado.

Asier se sentía culpable por no poder añadir ninguna información, ya que él la había visto apenas unos minutos.  También se sintió engañado porque, tal vez, algo en aquella casa se le pasó por alto y no fue capaz de detectarlo.

Sus hermanos y su amigo, Sergio, acamparon por los sofás. No intentaron convencerlo de nada, tampoco se atrevieron a dejarlo solo. Parecía un muñeco roto. La americana estaba esparcida por el suelo, tirada de cualquier manera. Descamisado y con la corbata desanudada ofrecía un aspecto hundido.

Lloró de rabia o quizás de dolor y todos los juramentos que soltó se los dedicó a la mujer que lo había humillado, dejado en ridículo y engañado. Miguel Luján, su padre, fue el único que se acercó a hablarle. Se sentó a su lado y lo imitó, al recostar su espalda en el sofá. Diego nunca había visto a su padre por los suelos, ni con una copa en la mano, pero aquella vez en una tenía una botella de Chivas y, en la otra, dos vasos.

—Pues no estamos tan mal —llenó los vasos y le ofreció uno—. Tenemos varias botellas.

Asier, Javier y Sergio se sumaron a la pequeña fiesta y los cinco acabaron con una buena cogorza.

A la mañana siguiente la resaca era considerable. Ni siquiera sabía cómo había llegado a su cama. Se duchó y rebuscó, en la habitación de Javier, algo de ropa con la que vestirse, la suya estaba en el nuevo piso. Cogió unos tejanos y una camiseta. Salió hacia la cocina y allí encontró a sus hermanos y a Sergio.

—No tienes casa, tío— dijo, al ver a su amigo, con tono de fastidio.

—Por supuesto, pero aquí os cuidan mejor.

Julia, la hermana de su padre, les servía café y cortaba en trozos una tarta casera que tenía muy buena pinta. Le dio un beso en la cabeza cuando se sentó a la mesa.

—Ayer hablé con el padre de Miriam —comentó Asier, con cautela y lo miró a la espera de su reacción. Él no enfrentó su mirada, no quería volver a derrumbarse—. Dijo que se hacían cargo de los gastos del restaurante. Irían al piso a por sus cosas y se llevarían sus muebles.

—Que se los queden todos y el piso lo pones a la venta —respondió seco.

—¡Joder! Pero si te encanta —alegó Sergio.

—¿No vas a consultárselo?  —preguntó Javier, con asombro—. A lo mejor quiere…

—Me importa una mierda lo que ella quiera —cortó el tema.

—El piso es de Diego, yo se lo regalé y puede hacer con él lo que quiera —dijo Miguel. Le pasó la mano por el pelo como cuando era un niño y se sentó a la mesa.

—De acuerdo —afirmó Asier—. Mañana arreglaré los papeles y lo pondré a la venta. ¿Y el viaje?

—¿Qué viaje?

—¿Cuál va a ser? El de novios. —De pronto cayó. Ni siquiera había pensado en él.

En realidad, no había pensado en nada. Ni en hablar con el cura, disculparse y cancelar la ceremonia, ni avisar al restaurante donde celebrarían la fiesta, ni al hotel donde iban a pasar su flamante primera noche como marido y mujer. No pensó siquiera en el dineral que se perdía por el camino. En nada, solo en su orgullo herido y en su maltrecho corazón. Por suerte tenía un padre y unos hermanos que se ocuparon de esas cosas y un amigo que no lo dejaba solo.

—¿Has olvidado que en dos días salías hacia Mauricio? —se sorprendió su hermano pequeño. Era cierto, no lo recordaba y eso era porque él no quería ir a las islas Mauricio, él quería visitar Nueva York, perderse en Manhattan, recorrer Brooklyn, ver algún musical y visitar el MoMA. Pero sobre todo no lo recordaba porque desde el día anterior sentía un agujero en su pecho y en su alma. Miró a su hermano y negó con la cabeza—. Yo me encargo. ¿Cancelo o pospongo?

—Cancela, a ver si tu amiga de la agencia puede recuperar algo… No, cambia los billetes y que lo disfrute la tía.

—Es mucho dinero —refutó la aludida, pero él rechazó el comentario con la mano. La decisión ya estaba tomada—. ¿Estás seguro?

—Piensa las cosas, Diego —advirtió su padre—, quizás te quieras ir a otro lugar.

—Está pensado. Te gustará, tía y a Ramón, también.

Javier se levantó de la mesa con el teléfono en la mano y salió hacia el comedor.

En aquel momento no le importaba nada. Volvió a quedarse en silencio. Estaba en una especie de cortocircuito. Quería desaparecer del mapa. Casi ausente, también se levantó de la mesa, pero se dirigió hacia el frigorífico y sacó una cerveza bien fría. Obvió la mirada de la tía Julia y la de su padre, hasta Asier se le quedó mirando, pero ninguno dijo nada.

Sergio no lo dejó solo en todo el día, tampoco sus hermanos. Trataban de animarlo, aunque no hizo caso a ninguno de los tres. Volvió a acostarse borracho y a amanecer con resaca. No recordaba qué había hecho en todo el día, pero tampoco le preocupaba, solo quería que pasase el tiempo y dejar de sentir aquel dolor en el pecho. Tampoco quiso pensar en las razones de lo que había pasado. No hurgar en la herida era como no saber. No quería saber nada. A mitad de tarde el alcohol se agotó, pero no tuvo reparos en llamar a una de esas empresas que traen cualquier cosa a domicilio, sin importar la hora, y pidió un par de botellas de whisky.

 El lunes desayunó con su hermano mayor. Asier llevaba muchos de los temas de dirección de la empresa inmobiliaria, junto a su padre. Era serio, responsable y aunque pudiera parecer frío, Diego sabía que lamentaba mucho su dolor, pero también que empezaba a cansarse de esa actitud derrotista. Así que no se sorprendió cuando le dijo que cogiera el toro por los cuernos y se enfrentara a la vida. Después se fue a trabajar y él se regresó a su cuarto. Se estiró en la cama y miró al techo, como el que no tiene nada qué hacer. Al rato alguien picó en la puerta.

—Déjame en paz, Sergio. Lárgate a tu casa de una puta vez.

—Soy yo, Diego —la voz de la tía Julia sonó tranquila ante su exabrupto.

Se incorporó en la cama y la hizo pasar.

—Disculpa tía, no estoy muy fino.

Se sentó en el borde del colchón y lo miró con fijeza antes de empezar a hablar.

—Yo también tuve una decepción —dijo y era lo que menos se esperaba. La tía tendría cincuenta y cinco años. Le había conocido diferentes parejas, pero desde hacía quince años, Ramón, ocupaba su universo. Sin embargo, no sabía que también tenía su pedacito de frustración—… Quizás por eso Ramón y yo no nos casamos, nos va bien como estamos. Cuando… Bueno, ya no importa. A mí me fue bien poner tierra de por medio. Marcharme y despejarme de la angustia. Volví renovada y con ganas de comerme el mundo.

—Mañana estaré mejor —respondió, no le apetecía hablar.

—Una botella nunca es buen lugar para esconderse —le dijo con reproche y él no fue capaz de mirarla a la cara.

—Vale tía, capto el mensaje.

Pero la tía Julia tenía una misión y no lo dejó hasta que no dijo todo lo que quería decirle.

—¿Crees que fue fácil para tu padre criaros, solo?

No esperó respuesta y continuó.

—Tu madre murió antes de la cuenta porque un maldito borracho se la llevó por delante. No creo que le agrade verte así.

No le gustó escuchar aquello, no quería sentirse culpable.

Él tenía diez años cuando ocurrió. Asier trece y Javier ocho. Su padre lo pasó mal y hacía malabares entre los niños, que eran unos trastos, las tareas escolares y la inmobiliaria.  Suerte a la ayuda de la tía Julia.

—Te agradezco el viaje que me regalas, pero…

—Mejor que alguien lo disfrute… Estoy bien, de verdad, en un rato salgo.

—Eso no es cierto. Mira, un sobrino de Ramón tiene un hotelito pequeño en Menorca. Lo acaban de abrir. Es un lugar encantador, tranquilo, con apenas gente. Podrías irte allí y poner tu mente y tu corazón en orden. He hablado con él, tiene habitaciones… Piénsalo. Aquí tienes el teléfono.

—Tía, no necesito esconderme.

—¿Y qué crees que haces desde el sábado a las doce y media?

El día se le hizo largo y extraño. Después de comer, Sergio se pasó a verlo.

—Estás hecho un asco —fue su saludo.

—Gracias —respondió con sarcasmo y se movió del sofá, donde estaba tumbado—. ¿Una cerveza?

Se levantó, trajo una para su amigo y otra para él.

—¿Y Javi? Pensé que estaría contigo.

—Había quedado.

—Qué cabrón, no deja pasar una.

—Mejor una mujer cada día, así no se acercan demasiado y te joden.

Sergio trató de animarlo, pero acabó explicándole cómo corrían los chismes por la oficina. Trabajaban juntos en la inmobiliaria de su padre. Asier era el jefe. Le contó que alguien había grabado la escena en la que tiraba las flores al suelo y su posterior huida de la iglesia. Lo había colgado en YouTube. Por lo visto la desgracia ajena seguía siendo motivo de risa para algunos, pero el masoquismo es parte de la condición humana y quiso ver las imágenes que de él rodaban por la red. No le gustaron.

Cayeron seis cervezas con Sergio y casi tuvo que echarlo para estar tranquilo porque no dejaba de decirle que no bebiera más.

Al cabo de una hora, decidió que necesitaba algo más fuerte y se tomó un gin tonic y luego otro, pero la mirada que su padre le dedicó cuando lo encontró tirado en el sofá le removió algo por dentro, incluso en aquel estado ebrio.

—¿Es qué has perdido la cabeza? ¿Así piensas superarlo?

—Déjame papá, no tengo ganas de sermones.

—Eliges mal camino, hijo. Tal vez deberías regresar al trabajo y estar ocupado en algo. Necesitas una ducha.

—Lo que necesito es olvidarme de todo. ¿Ya has visto el video?

Ni siquiera le contestó. Salió enfadado y Diego supuso que era para no decirle algo de lo que luego tuviera que arrepentirse. En el fondo no estaba tan bebido como para no darse cuenta de que los demás tenían razón. Pero no lo reconocería, que se fueran al diablo si no querían verlo así. Su carácter se había vuelto una mierda, pero tampoco le importaba demasiado.

Sin embargo, a las ocho de la tarde tomó una decisión. Cogió el número de teléfono que le dio la tía Julia, llamó al hotel y reservó una habitación. Compró un billete de avión hacia Menorca, sin fecha de regreso, para el último vuelo de la noche.

Justo cuando iba a embarcar, Sergio y su hermano Javier, aparecieron a su lado. Cada uno con una pequeña maleta.

—Nos ha costado averiguar dónde te habías metido —dijo Javier sentándose a su lado, casi exhausto por la carrera que parecía que se habían dado.

—¿Qué hacéis aquí?

—No íbamos a dejarte vivir solo una aventura.

Lo hicieron reír y eso parecía bueno. Solo faltaban ellos para embarcar y los tres se dirigieron hacia el avión. Sergio contó que Asier les había dado vacaciones para que lo acompañaran, con la condición de que en quince días lo hicieran regresar.

Llegaron al hotel bastante tarde. Javier había tenido la precaución de alquilar un coche, un Volkswagen Tiguan, blanco, que recogieron en el aeropuerto, pero se perdieron un par de veces hasta que con Mr. Google encontraron el lugar.

Apenas les dio tiempo a ver nada. Comieron unos sándwiches, que fue lo único que les prepararon y porque eran “familia” y se fueron a la cama. Sergio y su hermano compartían habitación, pero él disponía de una suitte para él solo, con excelentes vistas al mar de Cala en Bosc.  El hotel era una casona grande con siete habitaciones y la suya tenía una pequeña terraza con un jacuzzi. Javier al verla no dudó en decirle que con seguridad alguna noche se la cambiaba.

Cayó roto aquella noche. El arrullo del mar le ayudó a encontrar la paz que necesitaba.

A la mañana siguiente lo despertaron con insistencia. Sus planes eran salir de la cama lo más tarde posible, tumbarse en alguna hamaca, beber bajo una sombrilla y dejar pasar las horas, pero ni su hermano ni su amigo pensaban lo mismo.

Mientras desayunaban, el sobrino de Ramón pasó a saludarlos. Lluís, era un hombre sencillo, agradable, muy simpático y con pinta de gay. Algo que cayó por su propio peso al ver cómo le miraba el culo a Javier. Pero este ni se inmutó, aunque se lo dejó claro desde el principio.

—Lluís, no te ofendas, pero a mí lo que me van son las tetas, grandes a ser posible.

—No me ofendo, pero no pasa nada por mirar, ¿no?

—Bueno, aclaradas las cosas —bromeó Sergio—. ¿Qué se puede hacer por aquí? Apenas pude ver nada en la Web.

—Sí, es un poco desastre —respondió Lluís—. Pero pronto me la arreglaran. Con tanto trabajo para abrir lo dejamos un poco de lado. He contratado una empresa para que me ayude a mejorar la imagen. Amigos de Salva, el chef, que por cierto es mi socio y mi pareja —y esto lo dijo con sorna, mirando a Javier—. Creo que vais a estar muy solicitados. No es muy común ver a tres tíos como vosotros por aquí, sin pareja. Parecéis sacados de un anuncio.

—Yo estoy fuera de juego —dijo Diego sin demasiado entusiasmo.

—Ya…, me lo contó la tía —se justificó—. Aunque nunca se sabe. Un clavo saca a otro clavo.

Una chica vino a avisar a Lluís, tenía una llamada en su despacho. Javier le dedicó una sonrisa y ella se ruborizó. Antes de marcharse bajó la voz y dijo en confidencia.

—Esa sonrisa es matadora. Espero que no rompáis muchos corazones entre el personal femenino.

Dicho esto, se marchó. Terminaron de desayunar y aunque Diego alegó que quería quedarse en la piscina, no le hicieron caso y casi lo empujaron hasta el coche. Decidieron darse una vuelta por los alrededores y ubicarse. Javier y Sergio se disputaron quien conducía. Él no dio ninguna señal de que le apeteciera y se sentó en el asiento de atrás y perdió la vista en el paisaje que se deslizaba tras los cristales.

Pasaron todo el día de un lado a otro. En la playa, Sergio y Javi conocieron a unas chicas holandesas y pronto surgió la complicidad entre ellos. Les pidieron que les echaran crema solar y ellas no pusieron demasiados reparos. Cuando se acercaron a Diego este se levantó como si tuvieran algo que pudieran contagiarle y los amigos lo justificaron alegando que no estaba de buen humor. Buscó un bar y allí lo encontraron unas horas después. De ahí fueron a comer a un sitio que ellas propusieron. Se entendían en inglés, aunque la comunicación era lo que menos le importaba a ninguno de los cuatro, porque las miradas que se dedicaron dejaban muy claro las cosas. Diego comprendió que sobraba en aquella ecuación y lo irritó saber que habían ido para estar con él y a la primera de cambio se liaban con unas turistas.  Las chicas los acompañaron al hotel y mientras él dormía la mona, ya que no paró de beber en todo el día, en una hamaca de la piscina, ellos se repartieron las habitaciones. A la hora de la cena se marcharon las holandesas y pudo volver a su cuarto y tirarse en su cama, no sin antes decirles que eso no se iba a repetir. Pidió que le cambiaran las sabanas y no sintió culpa al saber que los dejaba arrepentidos por haberse olvidado de él.

Pasaron algunos días y casi siempre los acababa igual. Al principio le siguieron la corriente, pero después se hartaron de sus borracheras. A la semana de la no-boda, Javier y Sergio, lo acorralaron a la hora del desayuno.

—¿Piensas beber el resto de tu vida? —lo increpó su hermano con crueldad. Apenas había dado un sorbo al café.

No recibió bien la reprimenda y lo mandó a la mierda, pero ellos no se inmutaron. Siguieron metiendo el dedo en la llaga. Diego no había querido hablar de lo que le había pasado e intuía que era lo que los otros buscaban, tirarle de la lengua. Ya le habían dado bastante tregua y comenzaron con el tercer grado.

—¿Has pensado por qué te dejó plantado?  —preguntó Sergio, pero él lo obvió y miró para otro lado.

—¿No notaste que algo pasaba entre vosotros? —interrogó Javi—. ¿Había otro?

Ante su silencio Sergio se impacientó.

—¿Es que ahora no piensas hablarnos?

—¡Joder! Diego. No somos tus enemigos.

—Habla, tío. No te encierres, saca la mierda que llevas dentro.

Los miró exasperado. Estaban en una mesa en la terraza. No eran muchos huéspedes y la mayoría se marchaba casi a primeras horas de la mañana hacia la playa. Cerca, una única pareja desayunaba y parecía ajena a su conversación. Pero, así y todo, explotó.

—¡No, no, no! No sé por qué cojones me dejó plantado. No sé si había otro.

—A ver… Vosotros follabais, ¿no?

—¡Pues claro que sí…! Solo que…

No quería abrir la caja de los truenos. Sabía de sobras que nunca hubo pasión entre él y Miriam. Quizás se acabó el misterio, pero él la quería. Era su orgullo lo que estaba más herido. Sin embargo, no quiso pensar por qué eso le dolía más que su corazón.

—¡Dejadme en paz! —exclamó molesto—. No tengo idea de por qué me dejó. Llevaba días sin verla. ¡Si yo ni siquiera quería casarme por la iglesia! Lo único que sé es que unos días antes discutimos. Yo quería hacerlo y a ella le había dado por dejarlo hasta después de la boda, como si volviera a revirginizarse, yo que sé. De ahí pasó a su tema recurrente. Creía que yo estaba poco reconocido en la empresa de papá. Que Asier se llevaba los méritos y creía que debía dirigir mi propia oficina. Dijo que ella esperaba casarse con alguien con ambiciones. Y yo le dije que si eso creía se había equivocado de tío. No volví a verla. Me dejó porque era poco para ella.

—Si hubieras hablado con Asier o papá te habrían dado el puesto. Hace tiempo que insisten. Es verdad que te has acomodado.

—Yo estoy bien como estoy. Gano suficiente y bien sabes que es bastante.

—Has dicho “solo que”. Solo que, ¿qué? —interrogó Sergio y él lo miró con rabia. Se negaba a hablar de algo así con ellos.

Dejó pasar un silencio, pero le miraron como si esperaran que confesa la fórmula de la Coca Cola. Su hermano lo increpó y le dijo que tenía que analizar las cosas con frialdad para encontrar las respuestas y le creyó. Él quería a Miriam, tanto que le dolía el alma. Eso creía, aunque si lo pensaba con frialdad, algo no iba bien. Lo sabía desde hacía tiempo.

—No era divertida en la cama.

—¿No te la chupaba?

—¡Joder, Sergio!

—Mira, sin paños calientes. A los tíos eso nos encanta —se defendió.

Ahí estaba el gran problema. Miriam era muy suya, tenía sus cosas, que él respetaba, pero cuando se le cruzaban los cables lo castigaba en la cama. Pero no de una forma juguetona, que hasta podría ser divertida, sino sin sexo, como si fuera un niño al que se le prohíbe usar la play porque no ha hecho los deberes o caso a mamá. Así, con la perspectiva que le daban los días y su hermano y Sergio que le tiraban de la lengua para que hablara, entendió que su novia y él tenían un problema del que nunca habían hablado y le aterró pensar por qué razón le pasó por alto. ¿Qué pasaba con él? Que ella espaciara el sexo todo lo que podía, era una cosa, pero lo que empezó a preocuparlo era por qué se había acomodado a la situación. Además, ¿sería ese el tema por el que ella lo había abandonado? Estaba hecho un lío, aunque algo en su interior le dijo que el sexo quedaba fuera de la ecuación.  La pregunta que lo atormentaba seguía en el aire y sin respuesta. ¿Por qué esperó al día de la boda para dejarlo? Seguía sin entenderlo.

—Nunca fue santo de mi devoción y lo sabes —confesó su amigo—. Si es una mujer plana, por Dios. Apenas tiene intereses, no trabaja y cree que las revistas del corazón son literatura, pero oye, allá ella si quería vivir de papá y luego de ti. —Lo miró furioso—. Ya sé que te duele, pero creo que es lo mejor que te ha pasado. ¿Te ha dejado? Supéralo y ni se te ocurra dejarla volver.

—Estoy con Sergio —añadió su hermano, eran un frente contra él—. Espabila, hay muchas mujeres por ahí. Necesitas un buen polvo. Cuanto antes, mejor.

En ese momento el teléfono de Javier sonó y apaciguó la tensión que se había creado.

—Es Asier, seguro que está cabreado porque no le hemos llamado.

Javi se levantó y puso una distancia demasiado larga como para escuchar de qué hablaban. Sergio le dijo que debía tomarse las cosas de otra manera porque, si había elegido emborracharse todas las noches, él no pensaba dejarlo solo y su hígado no lo iba a aguantar. Tuvo que prometerle que lo intentaría.

Su hermano regresó con mala cara y supo que no traía buenas noticias.

—¿Le ha pasado algo a papá?

—No, papá está bien. Asier también.

—¿Entonces qué pasa? —preguntó Sergio— ¿Nos corta el grifo tu hermano?

—Miriam… se la encontró en la calle. Le dijo que se iba a ir fuera una temporada.

Por la mirada que le dedicó supo que había algo que no decía, pero no quiso saberlo. Una idea le rondaba la cabeza. Miriam no lo quería, por lo menos no lo suficiente como para considerar que necesitaría alguna explicación. Ni se había dignado a devolverle alguna de sus llamadas. Se recriminó seguir con su dolor si a ella le había costado tan poco abandonarlo. Pero es que dolía aceptar que no le quería.

El resto del día procuró portarse bien. Después de cenar, ellos quisieron salir de copas, por no decir de caza, pero él solo pensaba meterse en la cama y se despidió. Al pasar por el bar se compró una botella de whisky y se subió con la idea de darse un homenaje metido en el jacuzzi.

Con la vista perdida en la línea del horizonte lloró de rabia e impotencia, de dolor y de una lástima hacia sí mismo que lo desarmaba, pero algo en su interior lo sacudió. Se retiró las lágrimas con las dos manos. Él no era aquel hombre débil que lloriqueaba porque le habían hecho daño. Él había sido fuerte, decidido, hasta chulo en sus buenos tiempos. Recuperaría su seguridad y autoestima. Se prometió que no volvería a llorar por ninguna mujer, cogería de ellas lo que le apeteciera. Con esa promesa a la luna ni siquiera necesitó terminarse la botella para caer rendido. Se metió en la cama con la idea de que Miriam moría para él aquella noche de San Juan.

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CASA DEL LIBRO

cor Nuria Rivera

LECTURAS DE EMMA J. CARE

Estos días he leído una historia muy conmovedora. Hice un alto en mi propia escritura y caray, me atrapó enseguida; tanto que no pude quedarme con el primer libro de la autora, tuve que leer el siguiente para saber cómo concluía la historia. Se trata de El sabor del último verano y El filo hilo de la mentira de Emma JCare. Aquí os dejo mi opinión. Y si no los conocéis, os los recomiendo. Es una historia conmovedora, tierna, con una intriga familiar y unas subtramas apasionantes.

EMMA J.CARE

EL SABOR DEL ÚLTIMO VERANO 

 Es una novela que narra un primer amor. La relación que nace entre dos jóvenes: Tina y Pablo, en la Galicia de sus abuelos. Sin embargo, ya desde las primeras páginas una descubre cómo la autora va dejando migas, como si de pan se tratara, y perfila una historia de intriga familiar (en el fondo es la historia de dos familias) que te atrapa y quieres saber más. La forma, el modo, cómo la autora narra la historia es lo que engancha desde el principio para querer saber qué pasó y qué pasará.

Me ha gustado mucho Emma J. Care con esta novela; su voz no te deja indiferente y, confieso, que ha sido de esos libros que, sin querer, se van quedando en la lista de pendientes porque otro lo adelanta. Decidí empezar El sabor del último verano y luego El filo hilo de la mentira (2ª parte) y ha sido todo un acierto para leer la historia de un tirón.

La lectura es amena y ágil. Está armonizada con pedacitos de canciones, muy apropiadas para el momento que viven los protagonistas. Es una trama que tiene romance y suspense. Un Pablo que confiesa que es un romántico y lo muestra. Te gana el corazón en sus primeras escenas. Me ha sorprendido porque, aunque está centrada en los protagonistas y narrada en primera persona cuando el punto de vista es el de Tina, te muestra la constelación familiar y no necesitas que te lo explique de otra manera. Recomiendo su lectura.

EL FINO HILO DE LA MENTIRA

Novela llena de emoción y sentimientos, con claroscuros, con luces y sombras. Es la continuación de El sabor del último verano. La historia comienza trece años después. Y siguiendo el estilo de la predecesora vemos que la autora nos deja migas de pan y nos atrapa en su trama de intriga familiar, pero también en la personal de la protagonista, Tina. Una mujer que está caída, y no sabemos por qué, pero que con unas cuantas pinceladas la autora nos muestra su conflicto y se centra en la relación con Pablo, su amor de juventud; para a través de ella incluir otras relaciones, otras subtramas. La intriga viene de mano de la abuela.  El encuentro con la casa familiar levanta los fantasmas de Tina y sobre todo el hallazgo de un diario que lo cambia todo. Para mí hay dos historias centrales: la de Pablo y Tina y la de la abuela de Tina. Quizás incluiría una tercera, hacia el final. Un personaje que es todo un homenaje… aquí me quedo con esto no quiero hacer spoiler. Alrededor de ellas circulan las tramas secundarias que dan consistencia a la historia.  Me ha gustado mucho la descripción de los parajes, casi he podido ver ese acantilado, la playa, la cueva, he olido el aroma de las plantas, el mar. He visto Galicia a través de los ojos de la autora y sobre todo me he emocionado. Es una historia preciosa de amor, de dolor, de rencor, de superación. Una historia que tiene varios temas candentes y que Emma describe sin regodearse en lo truculento, pero sin pasarlo por alto. Excelente documentación histórica.

cor Nuria Rivera

 

Anuncio: próximo lanzamiento.

Me emociona anuniciaros que el próximo 1 de junio saldrá  a la venta mi tercera novela: LA PASIÓN DORMIDA. Finalista del VIII Certamen de novela romántica Vergara-RNR y publicada de la mano de Selección – BdeBooks de Penguin Random House Grupo Editorial.

En breve os contaré más cositas de momento os dejo la portada y su sinopsis.

La pasion dormida - Nuria Rivera

Sinopsis.

Algunos encuentros dejan una huella imborrable.

Diego no puede creer que su novia lo plante en el altar sin explicación. Tras varios días de borrachera se va a Menorca a lamerse las heridas. Su hermano Javier y su amigo Sergio no lo dejan solo. No quiere nada con las mujeres. Para él cuanto más lejos, mejor. Hasta que ella se acercó.

Martina ve la oportunidad de su vida cuando su jefe le encarga la campaña publicitaria de un hotel en Menorca. Acompañada de Irene, su mejor amiga, vuela a la isla sin saber que su vida dará un giro de ciento ochenta grados.

Un mal comienzo une a Diego y Martina, aunque la amistad que surge entre sus amigos los obligará a mantenerse cerca. La atracción los atrapa e inician un romance apasionado, pero cuando él se va sin despedirse ella se siente traicionada.

Un año después la casualidad cruza sus caminos. No se han olvidado y la pasión dormida despierta. Sin embargo, el pasado también regresa para cambiarlo todo.

¿Será su amor tan fuerte como ellos creen?COR CON NR

 

Recomiendo leer. A un beso de perderte de Raquel Mingo

Sinopsis51X7fBfxHAL._SY346_

A veces para curar tu alma rota solo hacen falta unos besos con sabor a confianza.

Lariel nunca imaginó que cuando asistiría a aquella fiesta benéfica en el Waldorf Astoria en lugar de sus padres su vida cambiaría para siempre. De ser una niña mimada que lo tenía todo -una carrera, una familia estupenda, un prometido guapo y con dinero, y un futuro prometedor en el mundo de la música- pasó, en cuestión de horas, a ser la esclava sexual de un depredador, un loco, un asesino, que no dudaría en usarla una y otra vez para su placer, en nombre de un amor sucio y corrupto.

Jassmon no podía creerlo. Aquella joven que le devolvía la mirada desde la fotografía que sujetaba con dedos trémulos no era otra que la que le tenía obsesionado desde hacía meses. Y ahora que por fin disponía de un nombre que ponerle al rostro se enteraba de que estaba desaparecida, probablemente muerta.

Pero él no encabezaba los periódicos cada semana como uno de los hombres más poderosos del mundo sin motivo. Iba a encontrarla, porque esa muchacha dulce, alegre y valiente se le había metido dentro como ninguna otra, y nada ni nadie sería capaz de arrebatarle a la mujer de sus sueños.

Descubre cómo es posible enamorarse en el desierto de Arabia, incluso perseguidos hasta la extenuación, enfrentados a tormentas de arena, en una lucha constante por salvar la vida, y sin poder fiarse de nadie, a través de una historia desgarradora, repleta de coraje, lealtad y cómo no, amor en estado puro.

Comentario

Intensa y tierna a la vez

A un beso de perderte es una historia dura y terrible. No solo por lo que le ocurre a la protagonista, sino por la dificultad que representará para ella poder superarlo, conviviendo con las graves cicatrices de su alma y rehacer su vida sin sentir miedo. Pero a pesar de la dureza del tema, la autora se sirve de recursos como la ironía y diálogos cargados de realismo que le dan a la historia veracidad y a la vez cierto desahogo de la tensión que una va acumulando a lo largo de sus páginas. La lectura me ha absorbido mucho, he viajado y sufrido con Lariel, creí saborear la arena, me ha faltado el aire por la persecución y he ansiado que un rayo le cayera al malo. La tensión narrativa no se pierde, siempre pasan cosas. Felicito a la autora, no solo por el increíble trabajo de documentación, sino por la sensibilidad y por ese protagonista masculino, Jassmon, que, si bien está muy cargado de testosterona desde el principio, lo que siente por ella es puro y eso hace que pueda ayudarla y sufrir con ella. Es un personaje redondo con su propio bagaje psicológico y la dureza que muestra a veces es su modo de defenderse. Me han parecido muy bien descritos los momentos traumáticos, las crisis, la frustración de querer y no poder… Recomiendo este libro y a esta autora porque sus libros no te dejan indiferente ante las pulsiones, obsesiones y el fondo -bueno y malo- del ser humano.

Si lees esta novela y te gusta la autora, estoy convencida de que también te atrapará Para hacer contigo lo que quiera. Un romance histórico donde los sentimientos se desgranan poco a poco  y se muestra, más que se dice, la transformación de los sentimientos del protagonista. Algo que es muy de agradecer. El marqués de Rolagh está movido por la venganza, pero las cosas no serán como él las ha pensado.  Lo que comienza siendo una cosa se convierte en otra. Un giro sorprendente y que sin duda te dará qué pensar .

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Recomiendo leer: Isabel Jenner y Begoña Gambín.

LA GEEK Y EL HIGHLANDER  (serie Tecléame Te quiero 1) de Isabel Jenner

51wDmGWOZlL._SY346_Sinopsis:

Un apuesto highlander entrenado solo para la batalla… Una tímida joven experta en ordenadores… ¡Y unos juegos de las Tierras Altas repletos de tecnología en plena Escocia del siglo XVIII!

El verano ha llegado al norte de Escocia. En un año más tendrán lugar los juegos de las Tierras Altas, donde los hombres del clan MacLaine probarán su destreza y su coraje, y en los que Duncan MacLaine siempre ha resultado vencedor. Sin embargo, una novedad en las pruebas hará que el diestro guerrero tema sufrir una deshonrosa derrota frente a sus oponentes. Se han introducido competiciones de realidad virtual e informática, y Duncan solo sabe de espadas y duro entrenamiento físico.

La aparición de una extraña muchacha, Dallas Sterling, dará un nuevo giro a la vida del highlander, puesto que la joven está dispuesta a enseñarle sus amplios conocimientos tecnológicos a cambio de un pequeño favor…

Lo que Dallas desconoce es que, pocoa poco, irá conquistando a Duncan hasta que lo más importante para él en esos juegos sea ganar su corazón.

Nota de la autora: Todas las novelas de la serie «Tecléame te quiero» pueden leerse y disfrutarse de forma independiente.

Comentario:

La geek y el highlander es una novela diferente y especial. La autora te hace entrar en situación a través de la introducción; luego, ya en la línea seis del primer capítulo te suelta algo así como ordenadores de sobremesa y sin darte cuenta entras en la historia y aceptas todas sus licencias. Aunque, he de decir, que descoloca un poco cuando en tu mente estás en un lugar bucólico con ese pedazo de highlander y le suena el móvil. Algunas escenas y sus imágenes me han sacado más de una sonrisa y carcajada. Es una novela muy bien escrita y documentada, con unos personajes encantadores (de esos que si pudieras te llevabas a casa). Duncan es un encanto de hombre, a pesar de su rudeza de guerrero tiene un corazón muy tierno y es capaz de ver en Dallas algo que los demás no han visto. La historia de Dallas y Duncan es muy bonita y romántica. Solo tengo palabras positivas para este libro y lo aconsejo mucho porque su lectura es ágil, fresca, animada y entretenida. Yo he tardado tres ratos en leerla y no podía parar de hacerlo, estaba intrigadísima. Necesitaba saber si la misión que tienen desde el inicio se cumplía y qué iba a pasar. Es el primer libro de una trilogía, pero que puede leerse de forma independiente. Además, Isabel Jenner nos pone los dientes largos y nos muestra una pequeña pincelada del siguiente. Felicidades Isabel.

Ya está disponible en plaformas digitales Enlazados (Serie Tecléame Te quiero 2). Promete mucho!!

EL DILEMA DE ELSA de Begoña Gambín

Sinopsis:51newxVWYuL

Si te atreves a conocer la historia de Elsa y Adam experimentarás una amalgama de sentimientos que no te dejarán impasible.

Cuando Elsa descubrió que su novio la engañaba con una amiga y decidió irse a trabajar a Inglaterra, no contaba con que iba a convertirse en el objeto de obsesión del propietario y cirujano jefe del hospital que la había contratado.

Adam lleva dos años vengando la infidelidad de su ex en todas las mujeres, pero algo se remueve dentro de él ante la visión de la nueva enfermera y no puede evitar que le provoque un torbellino de emociones.

Anímate a descubrir la historia de Elsa y Adam.

¿Quieres celos? Los tienes, por supuesto.
¿Deseo? Quizá demasiado.
¿Pasión? De la que quema.
¿Odio? Unas gotitas, para que no envenene demasiado.
¿Humor? Un montón.
¿También quieres algún secretillo? ¡Concedido!
¿Desconfianza? La hay.
¿Amistad? De la mejor.
¿Decepción? ¡Qué le vamos a hacer!
¿Amor? ¡Cómo iba a faltar el amor!

Comentario:

La lectura de El dilema de Elsa me ha llevado, como dice la autora, a una montaña rusa de emociones. La historia nos muestra a dos personas que se encuentran y cada uno tiene en su haber un desengaño por lo que esto marcará la interacción que establecen.

Elsa es una mujer que quiere sobreponerse a lo que le ha ocurrido, toma decisiones importantes para salir de su malestar y lo consigue, por una parte, a la entrega hacia su trabajo de enfermera, pero también con tesón y la confianza que va recuperando. Sin embargo, en esa nueva vida que inicia, se cruza con el Dr. White que la desconcierta.

Adam, el Dr. White, es un hombre atormentado por un pasado que le ha hecho modificar sus creencias hacia las mujeres y que no se permite olvidar. Cree que todas las mujeres están cortadas por el mismo patrón. Sin embargo, el encuentro con una de sus enfermeras lo desestabiliza. La pasión y deseo que le despierta se ve truncado con la resistencia que él levanta. Su comportamiento con ella es ambivalente lo que confunde a la enfermera.

Es una novela contada en tercera persona con un narrador focalizado en el personaje que se mete en sus pensamientos más íntimos y nos muestra el porqué de los comportamientos de cada uno. Hay amor, celos, pasión, momentos tiernos y divertidos. Es una novela en la que te alegras por las decisiones y te hace enfadar casi por el mismo motivo. Que cuando crees que va por un sitio te sorprende con un giro. Me ha gustado mucho la relación de amistad con Paula, esa amiga que todos quisiéramos tener, y después con Lorena. Ese decir sin decir para que el lector llegue a sus conclusiones hasta que nos lo muestra.

Si tuviera que poner un “pero…”, diría que en algunos momentos me parecía estar leyendo una novela de época, como esas de regencia, no un romance actual, por la construcción y descripción de algunas escenas y por como el personaje femenino se deja llevar por lo que siente y acata lo que quizás no desea, pero acepta movida por el amor que siente. Adam, por su lado, se muestra duro, distante y antipático al inicio, pero se va cociendo en su propio caldo hasta que ha de aceptar sus verdaderos sentimientos.

El dilema de Elsa me ha gustado y lo recomiendo. Es de esas novelas en la que se ve cómo el amor salva a las personas y las hace mejores.

 

¿Por qué leer novela romántica?

pixabay cor papel address-book-2152429__340En todas las disciplinas, como en las familias, existe la hermana/o pobre. Esos parientes que no han sido agraciados con la fortuna, belleza, gracia y demás dones que la sociedad entiende como bien.

En medicina, esa hermana pobre son todos esos malestares que dan poco rédito a las farmacéuticas y se investigan poco, por lo que sus tratamientos aparte de difíciles se hacen costosos para sus afectados. Pero en ese cajón de sastre también se encuentran la psiquiatría (por lo menos hace años) y la psicológica. Hay quien sigue pensando que somos puros charlatanes. Una vez una mujer me extendió su mano y me preguntó cómo la veía… En fin, quiero pensar que eso era por la ignorancia. Estaréis pensando (valga la redundancia) que la psiquiatría tiene un excesivo gasto farmacéutico por lo menos a las arcas de la Seguridad social, pues sí. Se investiga mucho y cada año salen nuevos fármacos, más milagrosos que los anteriores, para la depresión y ansiedad (hay que satisfacer la excesiva demanda). Sin embargo, a la enfermedad mental (como a la vejez) no se la quiere demasiado, es desagradable, no queremos verla. Quizás, sin querer proyectamos que quizás algún día estemos ahí… Bueno, interesante, pero este no es el tema.

En la literatura la hermana pobre es la novela romántica. Si escribes novela romántica siempre hay alguien que se atreve a soltarte: “No es verdadera literatura”. Ah, ¿no?

En el DEL (Diccionario Español de la Lengua- RAE, Real Academia Española) en su edición del tricentenario y actualizada en 2017 se define el concepto Literatura de la siguiente manera:

Del lat. litteratūra

  1. f. Arte de la expresión verbal.
  2. f. Conjunto de las producciones literarias de una nación, de una época o de un género. La literatura griega. La literatura del siglo XVI.
  3. f. Conjunto de las obras que versan sobre una determinada materia. Literatura médica, jurídica.
  4. f. Conjunto de conocimientos sobre literatura. Sabe mucha literatura.
  5. f. Tratado en que se exponen conocimientos sobre literatura.
  6. f. coloq. palabrería.
  7. f. Mús. Conjunto de obras musicales escritas para un determinado instrumento o grupo instrumental. Literatura pianística.
  8. f. desus. Teoría de las composiciones literarias.

 

Quizás esas personas se quedaron con la 6. acepción “palabrería” (un término coloquial). Se saltan muy rápido la 1ª, 2ª y 3ª (por supuesto la 4ª y 5ª). Eso de que la literatura es el “Arte de la expresión verbal”, “Conjunto de las producciones literarias de una nación, de una época o de un género” y “Conjunto de obras que versan sobre una determinada materia. Literatura médica, jurídica” y yo añado romántica.

Veamos qué dice el DEL sobre lo que es romántico

romántico, ca

Del fr. romantique.

  1. adj. Perteneciente o relativo al Romanticismo o a sus modos de expresión.
  2. adj. Seguidor del Romanticismo o de sus modos de expresión. Apl. a pers., u. t. c. s.
  3. adj. Sentimental, generoso y soñador. U. t. c. s.
  4. adj. Propio de la persona romántica o sentimental.

 

Es cierto que hoy día escribir lo hace cualquiera. Véase la cantidad de libros que se publican al año. Pero escribir, lo que se dice escribir, no es tan fácil y no, no lo hace cualquiera. Para hacerlo hay que tener una serie de características. Como ser jefe, líder, chef o ama de casa. Que mandar y organizar podemos hacerlo todos, pero hacerlo bien es otra historia y al fin, lo que importa.

Por lo general en novela romántica la mayoría de autores son mujeres. Esa podría ser una de las causas por las que la novela romántica tiene tan baja categoría, vamos que es la hermana pobre. Y es que con el machismo hemos topado. Sé de autoras que para publicar tuvieron que “esconder” su condición de mujer para que se las tomara en cuenta. Otras veces se tilda de literatura femenina o novelas para mujeres (o cosas peores) como si estuviéramos frustradas. Pudiera parecer que escribir novela romántica es porque no puedes escribir otra cosa. Pues no. Yo elijo escribir novela romántica. A ver si ahora que Wonder Woman está por ahí repartiendo caña con su látigo de la verdad en la Liga de la justicia se nos tiene un poco más en cuenta. No sé en qué espejo se miraron los mandatarios para creer que ellos, los hombres, eran mejores en todo. No quiero entrar a elucubrar sobre la composición de ninguna junta directiva, jurado, premiado o demás porque es desolador. Si las mujeres podemos traer los hijos al mundo y sabemos gobernar una casa podemos hacer lo que se nos ponga por delante… (eso decía mi abuela, pero la mujer no pasó de ser una ama de casa).

Bueno, está claro que me voy del tema. No quiero hablar de machismos y feminismos, para eso ya tenemos los telediarios y las redes sociales.

A la novela romántica se la llama también novela rosa. Supongo que es así porque existe la novela negra (que tampoco tiene el calificativo de literatura por algunos críticos, esa es la verdad, y menos aún la novela de género, la fantástica). Décadas atrás en España tuvimos una gran mujer, prolífica escritora, que llegó a ser la más leída, según dicen después de Cervantes. Hablo de Corin Tellado. Esta mujer abrió una brecha por donde se colaron otras autoras que también brillaron con más o menos luz y podría decir que sembró las bases de lo que hoy es la novela romántica. Escribió también fotonovelas (un gran fenómeno y con muchas lectoras que las telenovelas dejaron a un lado años después), literatura infantil y otras obras. Aunque su paso a la historia, como sabemos, fue gracias a las novelas rosa. Aquellas novelas eran muy románticas, de amor cortes y nada de descripciones explícitas del acto. Los protagonistas se acariciaban la mano, se rozaban con sus dedos y ahí una miríada de sentimientos entre el deseo y lo que podría suceder, explotaba en los corazones.

Corin Tellado hacía suspirar… luego los suspiros han cambiado y la literatura romántica se ha soltado el pelo.

Mi pregunta es ¿Por qué leer novela romántica?

Yo misma me respondo. ¿Por qué no?

La mayoría de historias retratan una relación, fabulada o fantaseada, real o realista, heart-2902953__340entre dos personajes (femenino y masculino, dos femeninos, dos masculinos) de situaciones más o menos cotidianas y en las que el conflicto principal gira entorno a la pareja protagonista, a su relación amorosa y romántica. Pueden ser tramas actuales, fantásticas, soñadoras, ficticias, llenas de humor o carga emocional y abarcan diferentes subgneros: históricas, contemporáneas, westerns, eróticas, paranormales, fantasticas… Se habla de relaciones, sentimientos, amor, erotismo, romanticismo y se construye una trama que entretiene al lector hasta el final de la historia. Un final feliz, siempre.

De la misma manera que sabemos que en la novela negra hay un asesinato, un crimen y su investigación. En la novela romántica hay amores y desamores y un conflicto a resolver que acabará bien (el final feliz es imprescindible). Todo ello condimentado con un argumento y subtramas que se entrelazan para dar más consistencia a la historia.

Parece ser que si leemos y escribimos novela romántica somos la hermana pobre, algo así como unas mindundis porque claro, lo divino, lo brillante, lo que realmente importa, lo que vende es escribir un Best seller (dónde la acción es trepidante), construir sagas familiares con o sin herencia a repartir, intrigas políticas, casos de investigaciones secretas de los gobiernos y complejas tramas que no entiende nadie en vez de algo tan banal como los sentimientos. Total, de eso ya tenemos en casa.

Las pasiones más importantes del ser humano son el amor y el odio (lo pulsional). Las pulsiones se dividen en dos categorías: pulsión de vida y pulsión de muerte. Desde el psicoanálisis hablamos de pulsión de vida, Eros, a las pulsiones sexuales, de autoconservación, del yo. Aquellas que se dirigen a conservar y a unir. En contrapartida las pulsiones de muerte, Thanatos, son aquellas pulsiones agresivas y de destrucción hacia uno mismo o su entorno. Estas pulsiones Eros/Thanatos se consideran opuestas, pero a la vez complementarias. Es decir, no todos los actos son de amor u odio puros, sino que hay un poco de ambos en cada uno.

Con este sencillo esquema que acabo de mostrar las novela negra o rosa o literatura en general tienen la base de las tramas. En todas las novelas hay una historia de amor/odio: entre amigos, entre amantes, entre verdugo y víctima, entre un mundo y otro.

La novela romántica sirve para entretener, pero también nos hace pensar y sentir (como siempre debería hacer un libro). Entre sus páginas hay verdaderos tesoros de descripción de las relaciones humanas con sus pros y contras, sus virtudes, fortalezas y miserias. Hay verdaderas joyas de historia detrás de la vida de unos personajes. La novela romántica es algo más que unos besos y el amor entre protagonistas, eso que esta tan desvalorado en estos tiempos.

Quizás lo que ocurre con la novela romántica es como aquel anuncio de Tónica Schweppes que decía: Si no te gusta es porque la has probado poco.

COR CON NR

Primeras páginas de Algunas mentiras

Portada Algunas mentirasPRÓLOGO

El destino quiere algunas veces que unas historias se construyan sobre los cimientos de otras. Como esas iglesias cristianas que se levantaron sobre las ruinas de templos paganos, para acabar borrándolos, aunque no lo consiguieron del todo.

Las piezas de mi vida las he podido unir cuando ya era tarde. Lo perdido, perdido está. Ansiosa, espero encontrarme sentada en ese avión que me llevará lejos, a otra ciudad y a otras gentes. Tal vez, a otros brazos y a otras caricias que me hagan olvidar. Huyo. Es probable. Pero también obedezco a una petición: «Vete, márchate».

No creía que se pudiera sentir más dolor, después del que experimenté con la muerte de mi madre. Pero el amor duele. Así que aquí estoy, forzando una sonrisa que no siento y reprimiendo unas lágrimas que quieren salir.

Mi historia no empieza conmigo, ni siquiera con Alex. Se inició hace poco más de treinta años, el día que mi madre casi muere ahogada en el mar.

—¡Lía! ¿No me oyes? —grita mi padre y me saca de mis pensamientos—. ¿Lo llevas todo? Tienes que embarcar, ya.

Las lágrimas hacen su aparición y ya no soy capaz de retenerlas. Mi padre, el gran escritor, el que me contó mil historias para dormir, no tiene un final feliz para mí. Me acaricia la cara y me besa la nariz. Se ha quedado sin palabras.

A su lado, Isabel me sonríe y en silencio me dice que todo irá bien. Sé que miente, pero la creo.

 —Escribe, pequeña, escribe y sacarás todo el dolor del corazón —me aconseja papá—. Y cuando quieras hablar, aquí estaré.

—Ya no quiero ser la pequeña de nadie —digo en un sollozo y él, como si tuviera cinco años, me limpia las mejillas con sus pulgares y me hace reír.

—Siempre serás mi niña, mi pequeña.

Me atrae hacia él y me rodea con sus fuertes brazos. Durante un siglo permanezco así, protegida del mundo. Cuando me separo, siento el peso de una mirada que se clava en mí y la ansiedad vuelve a apoderarse de mi cuerpo.

—Solo quería despedirme —murmura el dueño de esos ojos, con un nudo de voz en la garganta.

Inquieta, miro hacia ambos lados. Por un momento imagino que él corre hacia mí y me pide que no me marche.

—Él no está, solo yo, hija.

Los altavoces anuncian la última llamada para los pasajeros del vuelo a Nueva York. El mío.

Vuelvo a abrazar a mi padre, le susurro mil veces cuánto lo quiero. También abrazo a Isabel y le pido que no lo deje solo. A Gerard lo tomo de las manos y él me da un tímido beso en la mejilla, le ruego que cuide de Alex.

Me alejo del pequeño grupo, con la sensación de que los pies me pesan y he de arrastrarlos. Sin poder evitarlo, me giro y me miran conmovidos. Los observo un segundo. Necesito un segundo para grabarlos en mi corazón. El brazo de mi padre se apoya en los hombros de su amigo y esa escena me emociona. Gerard me observa con los ojos achinados, creo que hace esfuerzos para no dejar escapar las lágrimas. Posa la mano derecha en su corazón y da pequeños golpecitos. En un impulso regreso sobre mis pasos y lo abrazo. Llora, emocionado, y en mi oído susurra un «Lo siento».

Me separo con lentitud y les dedico una tierna sonrisa. Sé que les duele verme partir, aunque se hagan los fuertes. Impotentes se resignan a que no hay vuelta atrás, pero las lágrimas los delatan. Mi padre las disimula y sonríe, quiere darme el valor que sabe que me falta. Lanzo un beso al aire y me doy la vuelta. Me alejo, aligero mis pasos cada vez más, hasta correr para no echarme atrás.

 Capítulo 1

Algunos días es mejor no salir de la cama. Después de un fin de semana que no pasará a la historia, mi mente se resiste a activarse para iniciar la jornada laboral. Sin querer, o queriendo, mi recuerdo regresa a las playas de Los Ángeles. A la dulce caricia de unas manos sobre mi cuerpo, mi pelo esparcido sobre un pecho dorado por los rayos del sol, y a una despedida. Las vacaciones son para soñar, pero han terminado. Es lunes y debo volver a la realidad. Pero esta golpea otra vez y nada más llegar a mi puesto de trabajo me encuentro la segunda peor de las noticias, en pocos días.

—¡Nos han vendido! —exclama Berta con cara de alarma.

—No —le digo—. Nos trasladamos de oficina. No te enteras, aún estás con el horario de la costa oeste.

—No te enterarás tú.

—¿Cómo van a vender la empresa? —pregunto sin saber de qué habla.

—El señor Elizalde ha traspasado su negocio a un grupo de abogados: Blasco y Asociados o algo así. ¡Lía, ha vendido la consultoría! Estamos convocados todos a una reunión donde nos lo explicarán.

Caigo en shock; tengo que pagar el alquiler, mis facturas, el coche que quería comprarme, mis próximas vacaciones. Entro en barrena y solo se me ocurre pensar que tendré que volver a casa.

Berta, que por algo es mi mejor amiga, me abraza y me dice que no me preocupe, hablará con su padre y nos encontrará algo. Ella lo tiene fácil, estudió económicas, puede volver con él, pero yo soy psicóloga de empresa. Me dedico a temas laborales, formación y valoración de organizaciones en la consultoría desde hace cinco años. ¿Qué hago en una asesoría jurídica y fiscal? Tampoco quiero tener que recurrir a la ayuda de mi padre.

—¡Joan! —grito cuando veo a nuestro jefe llegar.

Berta y yo lo abordamos en el pasillo, al vernos nos pide calma con las manos. Es nuestro superior directo. Él sabrá darnos respuestas.

—¿Qué ha pasado? —pregunta, exaltada, Berta sin saludarlo siquiera—. ¿Por qué ha vendido la empresa? ¿Qué ocurre con el traslado?

—¿Por qué no nos has avisado antes? ¿Desde cuándo lo sabes? ¿Qué va a pasar? —lo bombardeo antes de que entre en su despacho.

—Berta, Angalia, por favor, un poco de calma. Es lunes, no estresadme de buena mañana que tengo el corazón delicado —señala y sé que quiere transmitirnos tranquilidad con esta broma. Su corazón es fuerte, aunque esté bastante usado, como él dice.

—¡Venga, ya! Si aún pones a la parienta mirando a Cuenca —suelta Berta con descaro.

—¡Berta, por Dios! Que van a oírte —refunfuña, a la vez que mira hacia ambos lados del pasillo, con una expresión que simula recelo—. Ahora hablaremos de eso entre todos.

Entramos en la sala de reuniones, donde ya está todo el mundo. En la oficina somos diez personas, contando a Javier Elizalde, el dueño, y a Joan Pérez, su mano derecha, mi mentor y director comercial. Cuando entran los jefes se hace un silencio. Con seriedad y pocos preámbulos nos explican la situación. Quieren jubilarse y han encontrado un comprador. Así de sencillo. Las preguntas no se dejan esperar. Todos tenemos la misma preocupación. ¿Qué va a pasar con nosotros? Percibo que Joan me mira más que a ninguno. Nos tenemos un cariño especial. Gracias a él conseguí este trabajo, fue profesor mío en un posgrado de recursos humanos y me ofreció hacer prácticas aquí y al final me contrataron.

—Estamos negociando que se respeten algunos puestos —anuncia el dueño—. Pero no puedo engañaros, no están interesados.

Un murmullo de quejas y protestas de decepción se eleva sobre su voz. Él se sienta derrotado en su silla, supongo que sabía que no sería fácil transmitir las noticias. Estoy segura de que hubiera querido escaquearse y decirlo a través de una nota informativa, como cuando nos dijo que nos quedábamos sin prima de objetivos aquellos que no participásemos en la venta del producto, aunque fuésemos quienes lo diseñáramos y tuviéramos el curro.

—¡Señores! —exclama Joan y acalla los cuchicheos—. Nos queda un mes para concretar los últimos proyectos, así que tenemos que ser profesionales con nuestros clientes. Ellos están al tanto del cambio de titularidad y nos hemos comprometido en entregarles lo contratado, en la medida de lo posible. No obstante, tenemos que hacer un trabajo digno de nuestra firma para que la transición sea lo más llana posible. Sabemos el gran esfuerzo que tienen que hacer todos y la situación en la que quedan. Recibirán su liquidación y además obtendrán una prima de indemnización por el tiempo trabajado con nosotros, en compensación.

No hay preguntas, todo queda claro. Nos vamos al paro. Salimos de la sala con las cabezas gachas y con un sinfín de preocupaciones, cada uno.

Berta y yo nos quedamos rezagadas. Elizalde se escabulle hacia su despacho, Joan se nos acerca y nos dice en un tono de voz confidencial.

—Necesito vuestros currículums actualizados para entregarlos en breve. Con suerte, si presiono bien, puedo conseguir que os hagan un hueco, lo mismo que a Carlos.

Casi lo abrazo de la alegría, pero me contengo. Creo que son las palabras de mi amiga las que me frenan.

—Es un gran detalle, jefe, pero no esperes que te lo devolvamos con favores sexuales. Conocemos a tu mujer y nos despellejaría vivas.

Nos reímos ante semejante comentario que ella hace como si estuviese transmitiendo el parte meteorológico.

—No tienes remedio, Berta —admite—. Chicas, el traslado será efectivo en un mes, nos comprometimos a hacer el cambio a las oficinas del nuevo propietario y a ayudarlo en el traspaso con los clientes —confirma serio—. Y ahora a trabajar, tengo mucho que organizar. Quiero los últimos proyectos terminados y entregados en los próximos días. Con eso cerramos este ciclo. Luego ya se verá.

Se despide de nosotras y le hago un gesto con la cabeza a Berta, que caza al vuelo, y vamos directo a los servicios.

—Menuda sorpresa de lunes —ironiza—. Por lo menos tendremos el paro.

—No sé qué voy a hacer, tendré que volver a Blanes con mi padre y tal como están las cosas entre nosotros es lo que menos deseo.

—Si adoras a tu padre. ¿Qué pasa? ¿Problemas en el paraíso? —pregunta con curiosidad y cierta mofa—. ¿O es que ha vuelto a escribir y está insoportable?

Ojalá escribiera de nuevo. Prefiero lo irritable y ausente que está en esos momentos de creación que al nuevo Dylan Taylor.

—Fui a verlo al regresar de Los Ángeles y nos peleamos —confieso y me siento triste al evocar aquel momento. Tenía muchas ganas de verlo, pero no me recibió con buenas noticias, por lo menos no lo eran para mí—. Ha empezado a salir con alguien, quiere que la conozca. Es profesora de literatura. Se conocieron en la universidad, ella lo invitó a dar un taller de escritura creativa. Cuando le dije que era pronto para mí, que no estaba preparada, se molestó y me dijo que yo seguía mi vida y él debía hacer algo con la suya. Quizás mi reacción fue infantil, pero me marché. Me dolieron sus palabras.

—¡Hombres! No entienden nada —murmura, a la vez que me abraza.

—Quiero entenderlo, pero él debe entenderme a mí.

—Dale tiempo —propone comprensiva y, como si nada, cambia de tema y exclama—: ¡Cómo me gustaría seguir de vacaciones! Oye, tus primos son geniales, me los he agregado a Facebook y ya nos seguimos en Twitter e Instagram. También Jack. Por cierto, que sepas, que tiene un montón de seguidoras. No lo imaginé así, tan cercano y normal. ¿Cómo habéis quedado?

—¿Cómo quieres que quedemos? Nos separa un océano. No soportaría una relación a distancia. Además, no sé si serviría para salir con un modelo. A mí ese mundo, al contrario que a mis primos, no me va. Tuvimos nuestros momentos y nos despedimos como amigos. Estuvo bien mientras duró —contesto con una sonrisa pícara en los labios. Me miro al espejo y me aliso el pelo con los dedos, como si lo peinara—. ¿Crees que debería hacerme mechas o algo así?

—No, estás estupenda. La melena oscura hace que destaquen más tus ojos grises —responde y añade irónica—: Y no creas que no me doy cuenta de que has cambiado de tema…

—¿Berta? —la voz de una compañera que entra, nos interrumpe—. Berta, te busca Elizalde. Querrá saber cómo tienen las cuentas —dice con sarcasmo.

—Ah, voy.

Salimos de los lavabos y nos vamos cada una a su despacho. ¿Vacaciones? ¿Qué vacaciones? Si ya casi no me acuerdo de ellas.

 El viernes estoy agotada. Hemos sabido que al final de los ocho compañeros que somos, cuatro serán despedidos; nosotras dos estamos como en el limbo, sin saber todavía qué pasará. Carlos ha declinado la oferta que Joan le proponía, quiere capitalizar su paro e iniciar un negocio y una de las mujeres más mayores se irá con uno de los clientes, a su empresa. Así que los ánimos del personal no están con muchas ganas de terminar los proyectos. A los compañeros le da lo mismo si se concluyen o no. No han tenido ni ganas ni humor de ayudarnos. Se han escaqueado todo lo que podían porque saben que no llegarán a final de mes en plantilla.

Berta, con su buen humor, ha intentado hacer los días más distendidos. Propuso una cena de despedida, pero la gente no tiene muchas ganas y no se apunta nadie, así que decidimos salir nosotras dos a tomarnos algo, necesitamos despejarnos.

Nos encontramos en la puerta del Lamborghini. Me encanta este lugar. Han sabido combinar un buen restaurante con sala de fiestas y, además, en el sótano, hay una sala de jazz con música en directo. Está bastante lleno, menos mal que hemos reservado. Cuando nos llevan a nuestra mesa hay otra vacía, al lado. Pedimos vino mientras miramos la carta. Al momento unos chicos la ocupan, son tres y bastante atractivos. Cruzo la mirada con ellos, dos sonríen, pero el tercero me mira como si le debiera algo. Berta levanta la vista de la carta.

—¿Qué te pides? —pregunto—. No tengo mucha hambre, ¿compartimos el primero?

No me hace ni caso, tiene la vista clavada en la mesa vecina.

—¡Berta! —la llamo un poco más alto de lo que me hubiese gustado.

De pronto, escucho como en eco el nombre de Berta y ella se sonríe, a la vez que se levanta de la silla, y se acerca a uno de los chicos de al lado que también se levanta.

—Hola, Bruno. ¡Qué sorpresa encontrarte!

Se abrazan ante la atenta mirada de sus dos amigos y la mía. Mi mente empieza rápido a pensar quién es este hombre. ¿Bruno? ¿Bruno? Y de repente caigo. ¡El italiano! Un novio que tuvo hace años y dejaron de verse por no sé qué historia, pero del que siempre estuvo colgada. Sin soltarse de las manos, hacen las presentaciones. Se quedan un poco embobados y cuando cada uno se dirige a su asiento, el chico de la mirada penetrante, Alex, dice que podríamos juntar las mesas. David, el otro amigo, llama al camarero y a ellos, que siguen con las manos entrelazadas, se les iluminan los ojos. En unos segundos tenemos todo montado.

Pedimos algunos platos para compartir entre todos y luego cada uno lo suyo. Yo elijo merluza en salsa verde, pero no me gusta demasiado. No sé si es el pescado, la salsa o esos ojos que no dejan de mirarme desde la otra punta. Parece que me analizan.

Bruno y Berta dominan la conversación, los demás somos meros oyentes, aunque de vez en cuando nos incluyen. Así me entero de que los tres son abogados y de que Bruno es hijo de un amigo del padre de Berta. Yo solo digo que soy psicóloga y me dedico a temas empresariales, no tengo ganas de dar más explicaciones. Berta está en su nube y me hace gracia verla cómo se toca el pelo, está nerviosa.

En los postres, David propone ir a una discoteca. Berta me dice en un susurro que quiere ir, que no se me ocurra negarme. Yo estoy algo cansada, casi voy a desistir, pero ella me hace un puchero. David me coge por la cintura y me dice que lo pasaremos bien. Casi pegado a mi oído susurra que cuando quiera irme, él me lleva a casa. Tengo la impresión de que eso ha sido una insinuación en toda regla, aunque yo me limito a sonreír. Un teléfono suena y me siento salvada por la campana, pero no es el mío. Alex, que no deja de observarme sin disimulo —quisiera tener rayos X para saber qué piensa—, me mira con cara crítica y se lleva el móvil al oído.

—Hoy no puedo, otro día —suelta sin mucha emoción—. Te llamo.

Vamos a la discoteca que está a dos calles. Nos acercamos primero a la barra, pedimos unas copas y luego nos sentamos en un reservado. Como Berta está muy entretenida, me levanto y voy a la pista. David viene conmigo, bailamos entre risas y coreamos las canciones. Es divertido. De reojo veo a Alex que se levanta y vuelve a la barra, desde allí nos observa. Creo que los dos nos estudiamos, aunque yo por lo menos disimulo. Me molesta su actitud, no puedo decir que la manera en la que me mira me desagrade, más bien me pone nerviosa, siento que me desnuda.

 David se aventura a cogerme por las caderas y a acercarme a él, lo sigo, aunque marco distancia. Este va muy lanzado y yo no tengo tantas ganas de fiesta como él. Por lo menos no de la misma. Seré antigua, pero necesito conocer un poco a la persona antes de atreverme a acostarme con ella. No quiero agobiarme, ni parecer mojigata, dejo que pase el aire entre los dos y con cierta diplomacia le digo que voy al baño. Después de una larga cola, al salir, alguien me coge del brazo y doy un respingo. Es Alex. Mi corazón sale disparado al sentir el aroma de su colonia que llena mis fosas nasales.

—¡Alex! —exclamo y espero a que diga algo antes de desmayarme por la sorpresa.

—Él no es para ti, no pierdas el tiempo.

—¿Qué? —pregunto descolocada.

—Ya te ha tanteado y sabe que no caerás.

—¿Cómo estás tan seguro? —inquiero irritada, pero ¿quién se ha creído que es?

—David acabará con otra en la cama y tú, en la mía.

¡Esto es el colmo! Suelto una carcajada por no mandarlo a la mierda, aunque se queda tan fresco, se dedica a observarme con los ojos muy abiertos.

—Mira, guapo —espeto enfadada—. Yo también te he tanteado y va a ser que no, no pierdas el tiempo.

Me alejo de él, a pasos agigantados y bastante irritada. Pero eso no es nada cuando al llegar a la pista veo que David está tonteando con una rubia que le da más cancha que yo, hace unos minutos. Este no pierde el tiempo, encima Alex tenía razón. Saco mi móvil del bolsito que llevo cruzado y le envío un mensaje a Berta. Para mí la noche se ha acabado.

 La semana empieza igual que acabó la otra. Berta está encantada con su reencuentro con Bruno, se dieron los teléfonos y wasapean  a todas horas. Parece una quinceañera con su primer novio. Me gusta verla así.

—Estás muy risueña, ¿con quién te escribes? —pregunto con ironía. Está claro con quien y seguro que son mensajes guarros.

—Con Bruno, hacemos planes.

—¿Planes?

—Sí, para el finde —contesta sin levantar la vista de la pantalla del teléfono, pero se me acerca un poco y suelta en tono de confidencia—. Lía, me revoluciona y ya sabes aquello de que donde hubo fuego… Esta tarde tengo hora en el spa, voy a depilarme enterita. Todo, todo. ¿Te vienes?

—No voy a decirte que no —contesto con burla—. Yo también me daré unos mimos, nunca se sabe.

Nos echamos a reír y la mirada que nos dedican algunos compañeros nos coarta, así que cada una se va a su mesa con la cabeza gacha. No está el ambiente para risas.

Joan me llama por teléfono, me pide que en una hora le lleve unos documentos a las nuevas oficinas. Él y Elizalde se reúnen con los nuevos jefes. Me da unas instrucciones de cómo llegar y por quién debo preguntar. Cojo lo que me pide y salgo disparada, pero como no soy muy buena calculando tiempos, llego con bastante antelación, así que me meto en la primera cafetería que encuentro. Mi suerte es extraordinaria, no hay mucha gente y me coloco en un sitio libre en la barra. Un hombre, de espaldas a mí, habla por teléfono, le está echando una buena bronca a alguien, porque le falta no sé qué informe. No me gustaría estar en el pellejo de quien esté al otro lado del móvil. Me pido un café con leche y de pronto se gira y para mi sorpresa unos ojos claros se me clavan. Me siento intimidada y como él no habla me limito a saludarlo.

—Hola, Alex.

—Lía.

No dice nada más. El muy cretino coge su maletín y se va. Me tomo mi café con leche y voy en busca de las oficinas nuevas.

Necesito un momento para hacerme una idea del camino que tengo que seguir, esto es enorme. Cuando por fin llego busco a la tal Roser que me ha dicho Joan y la encuentro esperándome, con mala cara. De inmediato me presento y disculpo. Me avergüenzo por confiarme, con todo el tiempo libre que tenía, llego cinco minutos de retraso.

Coge el portafolio y me despide. Se mete en una sala de la que salen bastantes voces. Mejor me voy, no quiero recibir.

 Por fin viernes. Al salir del trabajo voy con Berta camino del metro y me suena el teléfono. Es mi padre, dudo si atenderlo, pero me armo de valor y lo hago.

—Hola, Angalia. ¿Cómo estás?

—Bien.

Se hace un silencio, pero él lo llena enseguida.

—¿Has escrito? —pregunta. Antes escribía, se me debió pegar al verlo a él crear historias, pero desde que mi madre enfermó no he vuelto a hacerlo. Mi padre es de los que piensan que las palabras sanan el alma y la escritura es terapéutica. Por eso siempre me anima a hacerlo.

—No, papá, no estoy muy inspirada. Me cuesta ponerme.

—Solo tienes que coger una hoja en blanco y dejarte llevar por los sentimientos, algo saldrá.

—Lo intentaré un día de estos.

Se me hace un nudo en la garganta y estoy a punto de echarme a llorar, pero lo contengo, no es ni el momento ni el lugar. Le explico por encima lo del trabajo y rápido me dice que si necesito algo, él está ahí para lo que sea. Me cuenta algunas cosas triviales y me propone quedar. Le doy largas, aunque sé que le hago daño.

—Papá, me pillas mal, ¿hablamos en otro momento? —propongo para cortar la comunicación.

—Está bien, cariño, te llamo otro día. Cuídate, pequeña.

Respiro hondo un par de veces hasta sentir que ya soy dueña de mis emociones.

—¿Sigue con su idea de presentarte a su novia? —puntualiza Berta y me irrita porque da de lleno en la diana.

—¡No es su novia! —casi grito.

—Lía, en algún momento tendrás que ceder, él no quiere hacerlo a tus espaldas.

—Ya lo sé, pero es tan pronto —refunfuño—… ¿Cómo ha podido olvidarse ya de ella?

—No creo que la olvide nunca, pero ha de seguir con su vida —contesta y me coge por los hombros—. ¿Cuánto tiempo hace de lo de tu madre?

—En diciembre hará dos años —confirmo y seguida por la nostalgia continúo—: ¿Sabes? Ellos no tuvieron un inicio fácil. Mi madre tenía otro novio, su gran primer amor, decía. Mi padre fue el segundo. Para él ella era la única mujer en el mundo y supo ganarse su corazón. Eran amigos, creo que los tres formaban una especie de triángulo amoroso. La salvaron de morir ahogada. Mi padre siempre estuvo enamorado de mi madre, pero ella y el otro se hicieron novios, así que nunca intentó nada porque respetaba a su amigo. Pero el novio la engañó y la dejó cuando supo que iba a tener un hijo con la otra mujer. Faltaba poco para que se casaran. Mi madre quedó destrozada y mi padre estuvo ahí, apoyándola.

—¿Y tu padre siguió siendo amigo del otro? —pregunta alarmada.

—No, se pelearon. Mis abuelos vivían entonces separados, la abuela se había venido de Los Ángeles a Blanes y mi padre pasaba temporadas con ella. Cuando se regresaba, como mi madre quería irse lejos para olvidar, le propuso irse con él y la conquistó poco a poco. De niña, ella, me contaba una bonita historia sobre sus dos amores y el regalo que le hizo cada uno. Mis padres se casaron mucho después de haber nacido yo y cuando tenía ocho años nos regresamos aquí. Después de que mi hermano murió.

—¿Tenías un hermano? Nunca hablas de él.

—No lo recuerdo mucho, era más pequeño. Tuvo leucemia —digo y me retiro una lágrima que cae por mi mejilla, no quiero abrir esa caja—. Mamá no soportaba estar allí después de su muerte.

—Tu padre ha sufrido mucho. El último año de tu madre fue muy duro, tal vez le haya removido los viejos recuerdos. La pérdida de un hijo no se supera. Pero ahora puede volver a ser feliz de nuevo —señala Berta con cariño—. Nunca olvidará lo que tuvo, pero puede tener su segunda oportunidad también.

—Sí, supongo.

Me hago una nota mental para llamar a mi padre, pero lo haré otro día, ahora no soy capaz.

 Capítulo 2

El sábado por la noche nos encontramos con los chicos en el Lamborghini, Berta ha quedado con Bruno. Frente a nosotras, en la barra, David, se muestra muy cariñoso con la rubia de la otra vez y yo no sé dónde meterme, cuando los veo. De pronto, la mirada de Alex me atraviesa, seguro que piensa: “ya te lo dije”. Para mi salvación veo pasar a unas chicas de la oficina y me voy con ellas a hablar. Están de un bajón increíble, pero soy solidaria e intento animarlas. Al cabo de una hora ya no aguanto más y me acerco a Berta para despedirme, ella también quiere marcharse. Bruno habla con Alex y él se ofrece a llevarnos. Por lo visto se va todo el mundo. David hace tiempo que desapareció, no hay que ser muy lista para saber con quién.

Alex nos recoge en la puerta en un impresionante Audi. Nosotras nos colocamos detrás, pero Bruno va todo el rato girado, las miradas que se dedican estos dos son incendiarias. Al llegar a casa de Berta, Alex detiene el coche. Ella me da dos besos y cuando se acerca a Bruno, para despedirse, le pregunta en un susurro sugerente que no pasa desapercibido para nadie.

—¿Quieres subir?

—Lo estoy deseando —contesta él y baja del coche.

Berta me guiña un ojo y sale tan contenta. Alex me distrae al decirme que me ponga delante. Cuando me siento me mira y no arranca, yo no aguanto más esos ojos claros que me interrogan y no sé qué. Exclamo alterada.

—¡Qué!

—El cinturón, pequeña, no quiero sorpresas —me amonesta tranquilo y arranca cuando termino de abrocharlo. Se une a la circulación y pregunta—: ¿Dónde?

Yo todavía estoy en estado de shock por ese pequeña.

—Dónde, ¿qué?

—Tu dirección o ¿prefieres ir a mi casa?

—¿Por qué iba a ir a tu casa? —suelto molesta y le digo mi calle, pero no puedo morderme la lengua—. No vuelvas a llamarme pequeña, no me gusta.

—¿Por qué?

—Me lo llama mi padre y… mi madre me lo decía también.

Hago un esfuerzo por retener las lágrimas que se me agolpan en los ojos. Creo que se da cuenta de que algo me sucede y agradezco que sea de esas personas que respeta los silencios y no dice nada.

Al llegar a mi calle detiene el coche en un paso de peatones, apaga el motor y me mira a la espera de que diga algo. Dios, esa mirada otra vez. No aguanto que me mire así, me entra un calor por todo el cuerpo que despierta mis sentidos más primarios. Así que me quito el cinturón y, cuando voy a abrir la puerta, su mano se posa sobre mi rodilla. Si no llevara pantalones se habría quemado con mi piel.

—¿No vas a invitarme a subir? —pregunta arrogante.

¡Por Dios, por Dios! Este quiere guerra… conmigo. Lo cierto es que estoy tentada de decirle que suba, pero no soy tan abierta como Berta, y ni siquiera me ha besado. Va al grano, directo, directo.

Le dedico mi mejor sonrisa y le suelto.

—No.

Me observa como si fuera a comerme, yo hago amago de salir, pero él aprieta su mano en mi rodilla, la mueve en una pequeña caricia.

—¿Y mi beso de despedida?

Esta vez soy yo quien clavo mis ojos en él y después de unos segundos no me lo pienso más, me acerco rápido, lo beso en la mejilla y salgo disparada del coche. Cuando abro mi portal, lo veo aún parado. Es un gesto protector, se asegura de que entre. Pero me sorprende cuando me grita por la ventanilla.

—¡Me has puesto un reto, no pienso rendirme!

La semana empieza con mucho trabajo; la mitad de los compañeros ya no están y Berta me dice que se está pensando lo de venir a las nuevas oficinas; su padre le ofrece un puesto y me propone irnos con él. Pero yo no quiero, no sé qué haría allí, le digo que me arriesgaré en el nuevo sitio.

—Entonces nos arriesgaremos las dos —concluye.

El jueves salimos y, como empieza a ser costumbre, nos encontramos a los chicos en el Lamborghini pero, para mi sorpresa, Alex no está solo. Berta y Bruno se dedican miraditas y me preparo porque de un momento a otro desaparecerán. Alex habla con una chica morena que le susurra al oído de vez en cuando, él se sonríe, la coge de la cintura, pero la mirada la tiene clavada en mí. Será descarado, ni siquiera atiende a su chica. Uy, me pongo mala, solo de verlo. Me despido de la parejita, porque sé que se irán a la francesa, y me doy una vuelta por el local. Hay jazz en directo en la pista de abajo, así que me pierdo un rato. Me acerco a la barra y me pido una cerveza. Me apoyo en una columna desde donde se ve muy bien el escenario y observo al grupo. Me encanta el solo que hace el saxofonista. Siento una mano que me coge por la cintura y no necesito mirarlo para saber quién es. Su aroma me encanta, tengo que averiguar qué colonia es.

—¿Me estás evitando?

No le contesto, uso su táctica de la mirada, aunque yo no soy capaz de mantenerla tanto tiempo, mis ojos van de los suyos a su boca. Tiene unos labios carnosos que me muero por besar.

—Te lo tienes un poco creído, ¿no? Me gusta la música y tú deberías volver con tu chica —respondo con indiferencia.

—¿Celosa?

—Eso es lo que quisieras. No soy de tu club de fans, guapo —contesto chulita y me alejo de él antes de que caiga en su hechizo y me tire en sus brazos.

Voy al baño y cuando subo a la planta de arriba me doy cuenta de que él ha vuelto a la barra con la chica morena, muy mona, por cierto, y de que Bruno y Berta ya no están. Mi móvil vibra en el bolsito, lo cojo, es de un número desconocido. Así que paso de él, pero al rato vuelve a sonar y atiendo por si acaso no sea alguien que quiera venderme algo a las once de la noche y sea importante.

Salgo del local porque no oigo bien. Es una mujer, me quedo de piedra cuando se identifica.

—Hola Angalia, soy Isabel, la mujer que sale con Dylan.

—¿Qué quiere? ¿Le pasa algo a mi padre?

—No, no… él está muy bien. Yo… yo quería que nos conociéramos. ¿Puedo ir a verte y hablamos?

Esto es el colmo. ¿Cómo se ha atrevido a llamarme esta mujer?

—No, no… yo… Ahora estoy muy ocupada.

—Angalia, Lía. Si soy la novia de tu padre, lo lógico es que nos conozcamos.

—¡Mi padre no tiene novias! —grito, me paso la mano por la frente e intento serenarme—. Mire, no es un buen momento, ya hablaremos.

Cuelgo y quiero echarme a llorar, pero no me da tiempo. De repente alguien me abraza por la espalda y me manosea. No reconozco su aroma, huele a alcohol. Dios, qué asco. Grito. Siento cómo me empuja hacia la pared, apenas puedo defenderme. Me asusto y grito más fuerte todavía. Sujeta con sus brazos los míos, me tiene aprisionada y dice cosas ininteligibles en mi oído. Este tío no está bien. ¿Dónde se ha metido la gente que había en la puerta?

De pronto, me siento libre y escucho un gemido, casi un aullido de dolor. Me giro y veo cómo un chico gordo y torpe sale corriendo calle abajo y me topo con un torso duro que me acaricia los brazos y nervioso toma mi cara entre sus manos. Dice que todo ha pasado y me pregunta si estoy bien. Con los pulgares retira unas lágrimas que se me escapan sin querer y me dedica una mirada que no sé si es furiosa o de tensión. Este aroma sí lo reconozco, me dejo caer en ese duro pecho y libero las ganas de llorar que tengo. ¡Qué susto! No sé el tiempo que paso acurrucada en su cuerpo mientras él me acaricia la espalda de arriba abajo. Es un gesto íntimo, sin carga de seducción, pero que me serena como si estuviese en los brazos de alguien amado. Creo que su respiración también es de alivio. De repente soy consciente de la escena. Me separo avergonzada, él me dedica una mirada seria y me señala un coche, su coche, que está aparcado a escasos metros, a la vez que me exige que suba.

Camino a su lado, pero me tiemblan un poco las piernas. Él se da cuenta y me sujeta del brazo, me dirige a la puerta de atrás y en ese momento me doy cuenta de que hay alguien más, dentro. Me inclino un poco y, a través de la ventanilla, veo a la chica morena en el asiento del copiloto que me mira con cara de preocupación. Me recobro en un segundo y me niego a entrar.

—No seas cría —me dice con una mirada de reproche—, te llevo a casa.

—Puedo irme sola —refuto—. No quiero molestar.

—Sí, ya veo cómo te manejas sola —contesta con sarcasmo y añade—: Y no molestas. Será un placer.

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COR CON NR

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Pronto ALGUNAS MENTIRAS, mi nueva novela, saldrá a la venta (el 5 de enero de 2018). Pero ya puedes encontrarla en pre-venta en las principales plataformas digitales y en mi página de autora en la pestaña de publicaciones de Selección BdB

Espero que te guste. Es un romance contemporáneo y en ella encontrarás romanticismo, amor, pasión y erotismo. También secretos, engaño y mentiras. Pídetela!

Portada Algunas mentiras

Sinopsis:

La revelación de viejos secretos y algunas mentiras pueden destruir a Alex y a Lía para siempre.

Gerard Blasco y Dylan Taylor son amigos y se enamoran de la misma chica, Angalia Ros. Sin embargo, es Gerard quien se hace novio de ella. Antes de su boda, la engaña, y deberá romper su compromiso para casarse con la otra, al quedar embarazada. Ella, rota de dolor, se marcha con Dylan a Los Ángeles y se casará con él. Treinta años después la casualidad hace que dos jóvenes, ajenos a la historia de sus padres, se enamoren.

Angalia Taylor, Lía, perdió a su madre hace casi dos años y no lleva bien que su padre salga con otra mujer. Trabaja de psicóloga en una consultoría que ha sido comprada por un bufete de abogados.

Alejandro Blasco, Alex, siente que su mundo se tambalea. Debe asumir la dirección del bufete de su padre, porque tiene una cardiopatía, y su madre, que los abandonó cuando era un niño, ha decidido reaparecer.

Cuando Alex y Lía se conocen una fuerza inconsciente los atrae. El deseo y el amor nace pronto entre ellos y no pueden vivir el uno sin el otro. Pero en el momento en el que sus padres se encuentran sus vidas se desmoronan y separan…

Literatura y Psicología

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No por casualidad elijo este tema. En él uno mis dos pasiones: La literatura y la psicología. Ambas disciplinas conviven en un mundo en el que habitan las palabras, las emociones y los sentimientos; las actitudes y las pulsiones.

En el imaginario colectivo hay muchos cuentos infantiles que nos ayudaron a cruzar aquella etapa con mayor soltura: Juan si miedo, El sastrecillo valiente, El patito feo… Los cuentos de hadas tienen gran valor en la formación de la moral, la inteligencia, el desarrollo de las habilidades sociales y la empatía, entre otros aspectos emocionales.

Pero el objetivo de este escrito no es hablar de los cuentos, sino de cómo la literatura puede salvarnos, darnos un punto de vista que nos haga crecer. Y cómo la psicología, esa que algunos rechazan, niegan o, sin muchos argumentos, dicen que no creen en ella, está presente en nuestra vida, sin darnos cuenta, a través de los libros, los anuncios, las películas o las series televisivas. Seguro que conoces a Mafalda. Es un pozo inagotable de filosofía y psicología. ¿Quién no ha visto la película “Una mente maravillosa” donde se muestra la dureza de la esquizofrenia paranoide? O el Diario de Noah, ¿Te diste cuenta de que el tema era el Alzheimer? ¿Quién no ha visto alguna de las películas de Woody Allen? En todas, absolutamente en todas, podemos encontrar algún personaje con el que identificarnos por su histeria, obsesión, manías, temores… Podría seguir, este director y guionista es un gran conocedor de la psicología y dota siempre a sus personajes de conflictos neuróticos dignos del diván de un psicoanalista.

Me remito a algunos datos. Sigmund Freud (1856-1939; padre del psicoanálisis) ya subrayó en su época que la literatura advertía síntomas de la cultura. Pero antes que él, Moliere (1622-1673; dramaturgo, humorista y comediógrafo francés) y antes que este, Shakespeare (1564-1616; dramaturgo, poeta y actor inglés) nos mostraron en sus obras el padecimiento que por causa de las emociones y las pasiones podía sufrir el hombre hasta enfermar el cuerpo.

El enfermo imaginario (Moliere), obra escrita en verso, en clave de humor y sátira, está centrada en los médicos; sin embargo, es la historia de un hipocondríaco (aquel que teme a las enfermedades). Por su parte Shakespeare trató muchas de las emociones y estados psicológicos del hombre y la mujer en sus obras. Si analizamos sus tragedias encontramos que sus personajes suelen presentar síntomas físicos, conflictos psicológicos y relaciones desequilibradas. Cito tres de sus obras:

En Romeo y Julieta (historia de amor por excelencia) encontramos en la pareja protagonista los síntomas del enfrentamiento entre sus dos familias. El odio, el rencor está frente al amor y lo trágico de la relación. Desde el inicio los jóvenes enamorados están obligados a esconder su amor, lo que los llevará a tomar unas decisiones y terminar como terminan.

Hamlet, para muchos un loco, para otros un obsesivo o un enamorado que sufre (tendríamos para un debate) es la tragedia del deseo. Una obra en la que aparecen muchos conflictos psicológicos (expresados en diferentes personajes, pero incluso en el mismo protagonista). Él se finge loco para vengar la muerte de su padre, que por otro lado lo ha sumido en una profunda melancolía y sufre alucinaciones. Pero no todo el que sufre alucinaciones está loco… Por su parte, Ofelia sufre, se enferma…

Otelo, se presenta como la tragedia de la incomprensión. En ella luchan el amor puro, la pasión, el orgullo, los celos, la venganza… Sentimientos, emociones que mal elaboradas lo conducen al final trágico que todos conocemos de la obra.

Otras obras de la literatura universal subrayan estados psicológicos cercanos al conflicto o la demencia. Edipo Rey de Sófocles (en cuyo mito se basó Freud para explicar alguna de sus teorías), Medea de Eurípides (capaz de matar a sus propios hijos, en venganza, al sentirse ultrajada por su esposo), Los hermanos Karamazov de Dostoievsky (que cometen parricidio), Las heroínas dementes de las hermanas Brontë, o Madame Bovari de Gustave Flaubert, Anna Karenina de Tolstoi o La Regenta de Leopoldo Alas “Clarin”. Estas tres últimas, las más famosas adulteras de la literatura, expresan en sus cuerpos (al somatizar) el dolor de sus pasiones.

La literatura romántica no se queda exenta de esta circunstancia. Citaré algunas obras.

En primer lugar, y por el éxito cosechado, la archiconocida Cincuenta sombras de Grey de E.L.James. No hace falta que os desmenuce que sus gustos están muy relacionados con sus traumas infantiles que compensa de una manera particular. Vemos que el personaje masculino, Christian, está cargado de conflictos psicológicos y emocionales (recordemos que fue un niño maltratado) su bagaje emocional es bastante complejo: desconfiado, frío, cerrado, con un halo de tristeza y una coraza afectiva a la vez que posesivo, dominante y controlador. En cuanto a la protagonista femenina, Anastasia, está llena de inseguridades. Parece el patito feo que se convierte en precioso cisne. Ella, seducida por el magnetismo que él le produce entra en su juego, accede a sus deseos en una relación de sumisión (algunas voces dirían que es una relación patológica) y se propone salvarlo, algo que consigue con sus dotes de negociación. Pero en el fondo es el amor. Cuando el protagonista se enamora, puede, y está dispuesto a cambiar, entonces sus obsesiones y “necesidades” se van diluyendo.

Otra novela de este estilo es la trilogía: Mi hombre (Seducción, Obsesión, Confesión) de Jodi Ellen Malpas. Seguro que la conoces. Por muy interesante que nos pinte Jodi a Jessi Ward, algunas escenas me hacían pensar en la falta que le hacía al personaje un psiquiatra (y un poquito de medicación, también). Su obsesión en algunos pasajes raya lo paranoico y enfermizo. El personaje masculino también es celoso, posesivo, dominante, manipulador y está cargado de secretos. La protagonista femenina caerá en su red nada más conocerlo, la atracción la llevará a experimentar una pasión desenfrenada y querrá redimirlo. Algo que choca un poco es intentar comprender cómo ella soporta algunas cosas. Esto me hace pensar que cuando alguien está tan seducido por un otro que no anda muy bien, es que también le pasa algo. Porque a Ava hay que dale un par de tortas algunas veces. En esta novela podemos ver (igual que en 50 sombras) el daño de los conflictos no resueltos y cómo estos modelan la personalidad y la vida…

Pero bueno… Soy de las que piensan que en el amor no vale todo. Por eso cuando veo un personaje posesivo, celoso a rabiar, dominante y obsesivo pienso que hay quien puede confundir todo eso con amor. Y no, la obsesión no es amor.

En la novela romántica histórica, en muchas ocasiones, encontramos personajes que están atravesados por conflictos internos o motivaciones como la venganza y esa obsesión puede llegar a perjudicarlos mucho. Se me ocurren varias novelas en las que la venganza y el enfrentamiento por salir vencedor de una afrenta son el hilo que mueve la trama. Citaré algunas.

 Para hacer contigo lo que quiera de Raquel Mingo. Excelente texto que nos muestra la evolución del personaje que a pesar de que la venganza mueve sus intenciones hasta la obsesión, será el amor el que le permita evolucionar y salvarse.

Dos novelas de la gran Nieves Hidalgo, por ejemplo, Alma Vikinga, en la que la venganza, el odio y la codicia son su hilo argumental, su personaje protagonista acabará redimido por el amor, admirando a su Valkiria. O Brezo Blanco, donde el desagravio y el resarcimiento vuelven a ser un hilo conductor, junto a los fantasmas de un pasado que atormentan al protagonista y la negación de un sentimiento llamado amor.

Según lo expuesto, la conexión entre literatura y clínica no es algo novedoso. Ninguna novela escapa a la tragedia de la vida.

En las consultas de los psicólogos, psicoanalistas, médicos y demás profesionales que se ocupan del cuerpo y la mente, el dolor circula. Pero también transita el amor y el desamor, los conflictos internos, los rencores, las pasiones sublimadas, los ideales frustrados y los deseos reprimidos. Signos capaces de provocar síntomas. Todo esto que anda por los consultorios también puede recorrer las páginas de un libro (lo hemos visto). Algunos síntomas son muy novelescos. La novela de la vida no es más que un relato literario convertido en ficción.

Y como ficción tiene sus propias leyes que se manifiestan en la trama. La sucesión de giros que anudan y desanudan esa trama y una característica importante que no existe en la vida real del paciente: el objetivo de entretener al lector. A lo que sumamos un final feliz, por lo menos en la novela romántica debe haberlo.

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