Un conde sin corazón. Fragmento

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Fragmento del momento en el que lady Rosemary y lord Richard Bellamy, conde de McEwan, se ven por primera vez.

Richard Bellamy vestía ropa de montar. Se quitó la chaqueta y la dejó sobre un sillón para salir al vergel. El aire era más puro que en el maldito Londres. Si no ponían remedio iban a morir todos contaminados en la ciudad más grande del mundo.  Cogió las riendas del caballo y lo acercó a la orilla. La visión de una joven que salía de entre los árboles, como si fuera una ninfa del bosque, llamó su atención. Retuvo al corcel para no hacer ruido y la contempló. La joven, con la vista buscó un lugar y tomó asiento en el suelo, junto al tronco de un abedul. Entre sus manos tenía lo que parecía un sobre, al que observaba con detenimiento. Estaba tan absorta que ni siquiera captó su presencia.

Su rostro estaba enmarcado por el dorado cabello, lo adivinó ondulado, aunque parecía estar sujeto con una cinta en la base de la nuca, pero con gracia lo colocó sobre su hombro y le cayó por el costado. Por sus ropas pensó que sería una doncella del pueblo.

De repente la vio rasgar el sobre y extraer un pequeño pliego. Todos sus gestos eran muy delicados, imaginó sus ojillos rápidos siguiendo las letras, quizás de un pretendiente, que le relataba palabras de amor. Pero su rostro cambió y el grito que salió de su garganta le hizo pensar que algo malo le decía el enamorado, porque se cubrió la cara con las manos y rompió a llorar.

Richard nunca se había sentido así, vulnerable, indeciso. Le dolió la pena de la muchacha. Quiso ir y decirle algo, consolarla de algún modo, pero no quería asustarla. La vio ponerse de pie, el papel cayó lánguido al suelo y, con extrañeza, observó cómo se deshacía del chal que la cubría y deslizaba la falda por sus piernas.

«¿Qué va a hacer?».

La camisola que la cubría era blanca y le llegaba por las pantorrillas. Se descalzó. Casi deseó que se quitara la prenda que le quedaba. Con asombró la vio caminar, directa al lago.

«¿Se va a dar un baño?».

Pero la triste expresión de su cara, las lágrimas que surcaban su bonita tez, le anunciaban que algo no marchaba bien. Caminaba hacia el agua y esta comenzó a cubrirla, esperó a que se lanzara a nado; sin embargo, la joven se deslizó erguida como si siguiera un camino imaginario. Perplejo se quedó quieto hasta que vio flotar el cabello, y después nada, solo la cinta del pelo sobre las aguas.

Esperó a que saliera, pero el tiempo le parecía que volaba y ella no emergía del lago.

«Por Dios, no puedo permitir que se ahogue esta loca».

Casi a la carrera se quitó las botas y se lanzó al líquido elemento. Le costó encontrarla. Se revolvía sobre sí misma y levantaba el lodazal del fondo. Por fin pudo agarrar una de sus manos y tiró hacía él con fuerza, pegándola a su cuerpo, hasta que la sacó a la superficie.

La imagen de la ninfa lo noqueó un segundo. Ella, abrazada a su cuello, trataba de coger aire para llevarlo a sus pulmones.

—¿Está loca, pretendía morirse?

La muchacha no podía hablar, tampoco soltarse, algo que le agradó y, sin permiso, rodeó su cintura para sentarla en su rodilla y así él poder mantenerse a flote con la otra mano.

—Yo… yo… me había enganchado.

La joven se retiró todo el pelo de la cara y sus ojos, entre marrones y verdes, lo miraron con intensidad. No supo qué decir, pero su instinto de hombre vio a la mujer que tenía entre sus brazos. Recorrió las gotas que surcaban su piel y bajaban por el cuello para seguir la línea del pecho. Un seno hermoso, redondo que quiso morder, subía y bajaba empujado por la respiración entrecortada de su dueña. Podía tocarlo si estiraba los dedos. El fino hilo de la prenda mojada los dejaba ver sin censura. Una aureola rosada, un pico erguido que lo llamaba. Su entrepierna se afectó al tener tan cerca la de la joven. Se obligó a mirarla al rostro, ella parecía tan abstraída como él, sus ojos estaban clavados en su cara. Se acercó y retiró de sus labios, como si un hilo invisible tirara de él. Aquella boca jugosa lo llamaba. Ella no retrocedió, ni se soltó de su cuello. Richard supo lo que miraba: un hombre; quizás no hermoso, pero sí atractivo, tan rubio como ella y de ojos claros que la miraban con deseo. Se contuvo para no besarla cuando ella acarició su torso como el que exploraba algo por primera vez y llevó los dedos a sus labios. Parecía en trance. Embrujado fue a chuparlos, pero la sangre en la yema de sus dedos lo preocupó.

—¡Está sangrando!

Richard fue testigo de cómo las palabras la trajeron al presente y se asustaba. Al ser consciente de su postura y cómo se le clareaba la ropa, se deshizo de su abrazo y se zambulló, llegó a la orilla a nado.

No había tenido casi tiempo a reaccionar. Cuando salió del agua, ella ya se había cubierto con sus ropas y corría en dirección a cualquier parte.

—Pero ¡¿qué te ha pasado?! —se preguntó molesto.

Se llevó las manos al pelo para escurrir el agua y se observó empapado. La camisa se había echado a perder y lanzó un hondo gemido. Al llevarse la mano al hombro, a donde tenía la herida del florete de lord Halkerton soltó una maldición. Era él quien sangraba.

—¡Perfecto! Ahora tendré que aguantar la bronca de Aldrich.

 

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