Primer capítulo de La pasión dormida.

La pasion dormida - Nuria Rivera

Capítulo 1

Diego Luján era de los que pensaban que pocas cosas se hacían por amor. La mayoría de las veces, lo que uno creía, que era su deseo, no era otra cosa que el deseo de otro.

Impaciente, como todo novio en el altar, dibujó un rictus risueño con el que saludar a aquellos que se le acercaban, aunque en su fuero interno se reía de aquel circo en el que no creía, pero que había aceptado, y dejó hacer a su prometida, porque era su ilusión y así lo había soñado desde que era una niña. Le quedó claro que el rito religioso, que, si bien su suegra exigió, ella lo había relegado al decir que una boda por la iglesia era mucho más bonita, y pomposa, que una por lo civil y eso lo había convencido.  A su lado, Javier, su hermano dos años menor y Sergio, su mejor amigo, aguantaban estoicos. Agradecía su compañía, aunque sabía que estaban deseando poder irse al bar de enfrente, pero nunca lo dejarían solo. Hacía rato que Asier, el mayor de los Luján, le envió un mensaje en el que le decía que a la novia le había dado un ataque de angustia, cuando le llevó el ramo. Como un tonto enamorado, había tratado de hablar con ella, pero no lo había conseguido. Su amigo le quitó el teléfono para evitar que la llamara y, también, por si este sonaba en mitad de la ceremonia. La chica no se lo perdonaría.  Asier regresó sin poder darle mejores noticias, al final no pudo seguir el ritual, para el que se había estudiado un pequeño poema, porque ella se encerró en el baño y el padre le dijo que mejor no agobiarla porque estaba muy nerviosa.

El tiempo pasaba e intranquilo esperaba que la música sonara y le anunciara que su querida novia había llegado y que en unos segundos la vería desfilar por aquel pasillo, engalanado de flores, como toda la iglesia, hasta el hartazgo. Pero eso no ocurrió.

No hubo nada en concreto que lo puso en alerta. Algunas señales son imperceptibles, pero nos dan una claridad meridiana, y Diego supo, por la inquietud que empezó a sentir, no solo en su interior sino también en algunos bancos destinados a la familia de la novia, que ella no vendría. Después pensó que el hecho de que no hubiese ningún miembro directo de ella en la iglesia debería haberle dado alguna pista. Su buen amigo Sergio se lo confirmó, al mostrarle su propio móvil. Ese que le había entregado. El mensaje era escueto: “Lo siento, no puedo hacerlo”. La furia se apoderó de él. Diego Luján que siempre se había caracterizado por ser un hombre tranquilo y educado se transformó y de la rabia tiró uno de aquellos jarrones cargados de rosas que se hizo añicos nada más tocar el suelo. Las rosas y el agua quedaron esparcidas, entre los trozos de porcelana, en aquel altar como símbolo de un desastre inminente. El cura se atrevió a censurarlo, pero él no lo escuchó. Tampoco fue capaz de mirar a nadie. Salió a grandes zancadas por aquel pasillo que apestaba a flores y huyó como si fuera un reo liberado.

La llamó mil veces y mil veces recibió el mismo mensaje. Su teléfono estaba “…apagado o fuera de cobertura”

Casi enloqueció. La buscó en la casa que iban a compartir, por supuesto que no la encontró. Nadie pudo, o quiso, darle razón de ella y dejó de esperar cuando, unas horas más tarde, sentado en el suelo en mitad del salón de la casa de su padre, aceptó la cruda realidad. Le había abandonado.

Asier se sentía culpable por no poder añadir ninguna información, ya que él la había visto apenas unos minutos.  También se sintió engañado porque, tal vez, algo en aquella casa se le pasó por alto y no fue capaz de detectarlo.

Sus hermanos y su amigo, Sergio, acamparon por los sofás. No intentaron convencerlo de nada, tampoco se atrevieron a dejarlo solo. Parecía un muñeco roto. La americana estaba esparcida por el suelo, tirada de cualquier manera. Descamisado y con la corbata desanudada ofrecía un aspecto hundido.

Lloró de rabia o quizás de dolor y todos los juramentos que soltó se los dedicó a la mujer que lo había humillado, dejado en ridículo y engañado. Miguel Luján, su padre, fue el único que se acercó a hablarle. Se sentó a su lado y lo imitó, al recostar su espalda en el sofá. Diego nunca había visto a su padre por los suelos, ni con una copa en la mano, pero aquella vez en una tenía una botella de Chivas y, en la otra, dos vasos.

—Pues no estamos tan mal —llenó los vasos y le ofreció uno—. Tenemos varias botellas.

Asier, Javier y Sergio se sumaron a la pequeña fiesta y los cinco acabaron con una buena cogorza.

A la mañana siguiente la resaca era considerable. Ni siquiera sabía cómo había llegado a su cama. Se duchó y rebuscó, en la habitación de Javier, algo de ropa con la que vestirse, la suya estaba en el nuevo piso. Cogió unos tejanos y una camiseta. Salió hacia la cocina y allí encontró a sus hermanos y a Sergio.

—No tienes casa, tío— dijo, al ver a su amigo, con tono de fastidio.

—Por supuesto, pero aquí os cuidan mejor.

Julia, la hermana de su padre, les servía café y cortaba en trozos una tarta casera que tenía muy buena pinta. Le dio un beso en la cabeza cuando se sentó a la mesa.

—Ayer hablé con el padre de Miriam —comentó Asier, con cautela y lo miró a la espera de su reacción. Él no enfrentó su mirada, no quería volver a derrumbarse—. Dijo que se hacían cargo de los gastos del restaurante. Irían al piso a por sus cosas y se llevarían sus muebles.

—Que se los queden todos y el piso lo pones a la venta —respondió seco.

—¡Joder! Pero si te encanta —alegó Sergio.

—¿No vas a consultárselo?  —preguntó Javier, con asombro—. A lo mejor quiere…

—Me importa una mierda lo que ella quiera —cortó el tema.

—El piso es de Diego, yo se lo regalé y puede hacer con él lo que quiera —dijo Miguel. Le pasó la mano por el pelo como cuando era un niño y se sentó a la mesa.

—De acuerdo —afirmó Asier—. Mañana arreglaré los papeles y lo pondré a la venta. ¿Y el viaje?

—¿Qué viaje?

—¿Cuál va a ser? El de novios. —De pronto cayó. Ni siquiera había pensado en él.

En realidad, no había pensado en nada. Ni en hablar con el cura, disculparse y cancelar la ceremonia, ni avisar al restaurante donde celebrarían la fiesta, ni al hotel donde iban a pasar su flamante primera noche como marido y mujer. No pensó siquiera en el dineral que se perdía por el camino. En nada, solo en su orgullo herido y en su maltrecho corazón. Por suerte tenía un padre y unos hermanos que se ocuparon de esas cosas y un amigo que no lo dejaba solo.

—¿Has olvidado que en dos días salías hacia Mauricio? —se sorprendió su hermano pequeño. Era cierto, no lo recordaba y eso era porque él no quería ir a las islas Mauricio, él quería visitar Nueva York, perderse en Manhattan, recorrer Brooklyn, ver algún musical y visitar el MoMA. Pero sobre todo no lo recordaba porque desde el día anterior sentía un agujero en su pecho y en su alma. Miró a su hermano y negó con la cabeza—. Yo me encargo. ¿Cancelo o pospongo?

—Cancela, a ver si tu amiga de la agencia puede recuperar algo… No, cambia los billetes y que lo disfrute la tía.

—Es mucho dinero —refutó la aludida, pero él rechazó el comentario con la mano. La decisión ya estaba tomada—. ¿Estás seguro?

—Piensa las cosas, Diego —advirtió su padre—, quizás te quieras ir a otro lugar.

—Está pensado. Te gustará, tía y a Ramón, también.

Javier se levantó de la mesa con el teléfono en la mano y salió hacia el comedor.

En aquel momento no le importaba nada. Volvió a quedarse en silencio. Estaba en una especie de cortocircuito. Quería desaparecer del mapa. Casi ausente, también se levantó de la mesa, pero se dirigió hacia el frigorífico y sacó una cerveza bien fría. Obvió la mirada de la tía Julia y la de su padre, hasta Asier se le quedó mirando, pero ninguno dijo nada.

Sergio no lo dejó solo en todo el día, tampoco sus hermanos. Trataban de animarlo, aunque no hizo caso a ninguno de los tres. Volvió a acostarse borracho y a amanecer con resaca. No recordaba qué había hecho en todo el día, pero tampoco le preocupaba, solo quería que pasase el tiempo y dejar de sentir aquel dolor en el pecho. Tampoco quiso pensar en las razones de lo que había pasado. No hurgar en la herida era como no saber. No quería saber nada. A mitad de tarde el alcohol se agotó, pero no tuvo reparos en llamar a una de esas empresas que traen cualquier cosa a domicilio, sin importar la hora, y pidió un par de botellas de whisky.

 El lunes desayunó con su hermano mayor. Asier llevaba muchos de los temas de dirección de la empresa inmobiliaria, junto a su padre. Era serio, responsable y aunque pudiera parecer frío, Diego sabía que lamentaba mucho su dolor, pero también que empezaba a cansarse de esa actitud derrotista. Así que no se sorprendió cuando le dijo que cogiera el toro por los cuernos y se enfrentara a la vida. Después se fue a trabajar y él se regresó a su cuarto. Se estiró en la cama y miró al techo, como el que no tiene nada qué hacer. Al rato alguien picó en la puerta.

—Déjame en paz, Sergio. Lárgate a tu casa de una puta vez.

—Soy yo, Diego —la voz de la tía Julia sonó tranquila ante su exabrupto.

Se incorporó en la cama y la hizo pasar.

—Disculpa tía, no estoy muy fino.

Se sentó en el borde del colchón y lo miró con fijeza antes de empezar a hablar.

—Yo también tuve una decepción —dijo y era lo que menos se esperaba. La tía tendría cincuenta y cinco años. Le había conocido diferentes parejas, pero desde hacía quince años, Ramón, ocupaba su universo. Sin embargo, no sabía que también tenía su pedacito de frustración—… Quizás por eso Ramón y yo no nos casamos, nos va bien como estamos. Cuando… Bueno, ya no importa. A mí me fue bien poner tierra de por medio. Marcharme y despejarme de la angustia. Volví renovada y con ganas de comerme el mundo.

—Mañana estaré mejor —respondió, no le apetecía hablar.

—Una botella nunca es buen lugar para esconderse —le dijo con reproche y él no fue capaz de mirarla a la cara.

—Vale tía, capto el mensaje.

Pero la tía Julia tenía una misión y no lo dejó hasta que no dijo todo lo que quería decirle.

—¿Crees que fue fácil para tu padre criaros, solo?

No esperó respuesta y continuó.

—Tu madre murió antes de la cuenta porque un maldito borracho se la llevó por delante. No creo que le agrade verte así.

No le gustó escuchar aquello, no quería sentirse culpable.

Él tenía diez años cuando ocurrió. Asier trece y Javier ocho. Su padre lo pasó mal y hacía malabares entre los niños, que eran unos trastos, las tareas escolares y la inmobiliaria.  Suerte a la ayuda de la tía Julia.

—Te agradezco el viaje que me regalas, pero…

—Mejor que alguien lo disfrute… Estoy bien, de verdad, en un rato salgo.

—Eso no es cierto. Mira, un sobrino de Ramón tiene un hotelito pequeño en Menorca. Lo acaban de abrir. Es un lugar encantador, tranquilo, con apenas gente. Podrías irte allí y poner tu mente y tu corazón en orden. He hablado con él, tiene habitaciones… Piénsalo. Aquí tienes el teléfono.

—Tía, no necesito esconderme.

—¿Y qué crees que haces desde el sábado a las doce y media?

El día se le hizo largo y extraño. Después de comer, Sergio se pasó a verlo.

—Estás hecho un asco —fue su saludo.

—Gracias —respondió con sarcasmo y se movió del sofá, donde estaba tumbado—. ¿Una cerveza?

Se levantó, trajo una para su amigo y otra para él.

—¿Y Javi? Pensé que estaría contigo.

—Había quedado.

—Qué cabrón, no deja pasar una.

—Mejor una mujer cada día, así no se acercan demasiado y te joden.

Sergio trató de animarlo, pero acabó explicándole cómo corrían los chismes por la oficina. Trabajaban juntos en la inmobiliaria de su padre. Asier era el jefe. Le contó que alguien había grabado la escena en la que tiraba las flores al suelo y su posterior huida de la iglesia. Lo había colgado en YouTube. Por lo visto la desgracia ajena seguía siendo motivo de risa para algunos, pero el masoquismo es parte de la condición humana y quiso ver las imágenes que de él rodaban por la red. No le gustaron.

Cayeron seis cervezas con Sergio y casi tuvo que echarlo para estar tranquilo porque no dejaba de decirle que no bebiera más.

Al cabo de una hora, decidió que necesitaba algo más fuerte y se tomó un gin tonic y luego otro, pero la mirada que su padre le dedicó cuando lo encontró tirado en el sofá le removió algo por dentro, incluso en aquel estado ebrio.

—¿Es qué has perdido la cabeza? ¿Así piensas superarlo?

—Déjame papá, no tengo ganas de sermones.

—Eliges mal camino, hijo. Tal vez deberías regresar al trabajo y estar ocupado en algo. Necesitas una ducha.

—Lo que necesito es olvidarme de todo. ¿Ya has visto el video?

Ni siquiera le contestó. Salió enfadado y Diego supuso que era para no decirle algo de lo que luego tuviera que arrepentirse. En el fondo no estaba tan bebido como para no darse cuenta de que los demás tenían razón. Pero no lo reconocería, que se fueran al diablo si no querían verlo así. Su carácter se había vuelto una mierda, pero tampoco le importaba demasiado.

Sin embargo, a las ocho de la tarde tomó una decisión. Cogió el número de teléfono que le dio la tía Julia, llamó al hotel y reservó una habitación. Compró un billete de avión hacia Menorca, sin fecha de regreso, para el último vuelo de la noche.

Justo cuando iba a embarcar, Sergio y su hermano Javier, aparecieron a su lado. Cada uno con una pequeña maleta.

—Nos ha costado averiguar dónde te habías metido —dijo Javier sentándose a su lado, casi exhausto por la carrera que parecía que se habían dado.

—¿Qué hacéis aquí?

—No íbamos a dejarte vivir solo una aventura.

Lo hicieron reír y eso parecía bueno. Solo faltaban ellos para embarcar y los tres se dirigieron hacia el avión. Sergio contó que Asier les había dado vacaciones para que lo acompañaran, con la condición de que en quince días lo hicieran regresar.

Llegaron al hotel bastante tarde. Javier había tenido la precaución de alquilar un coche, un Volkswagen Tiguan, blanco, que recogieron en el aeropuerto, pero se perdieron un par de veces hasta que con Mr. Google encontraron el lugar.

Apenas les dio tiempo a ver nada. Comieron unos sándwiches, que fue lo único que les prepararon y porque eran “familia” y se fueron a la cama. Sergio y su hermano compartían habitación, pero él disponía de una suitte para él solo, con excelentes vistas al mar de Cala en Bosc.  El hotel era una casona grande con siete habitaciones y la suya tenía una pequeña terraza con un jacuzzi. Javier al verla no dudó en decirle que con seguridad alguna noche se la cambiaba.

Cayó roto aquella noche. El arrullo del mar le ayudó a encontrar la paz que necesitaba.

A la mañana siguiente lo despertaron con insistencia. Sus planes eran salir de la cama lo más tarde posible, tumbarse en alguna hamaca, beber bajo una sombrilla y dejar pasar las horas, pero ni su hermano ni su amigo pensaban lo mismo.

Mientras desayunaban, el sobrino de Ramón pasó a saludarlos. Lluís, era un hombre sencillo, agradable, muy simpático y con pinta de gay. Algo que cayó por su propio peso al ver cómo le miraba el culo a Javier. Pero este ni se inmutó, aunque se lo dejó claro desde el principio.

—Lluís, no te ofendas, pero a mí lo que me van son las tetas, grandes a ser posible.

—No me ofendo, pero no pasa nada por mirar, ¿no?

—Bueno, aclaradas las cosas —bromeó Sergio—. ¿Qué se puede hacer por aquí? Apenas pude ver nada en la Web.

—Sí, es un poco desastre —respondió Lluís—. Pero pronto me la arreglaran. Con tanto trabajo para abrir lo dejamos un poco de lado. He contratado una empresa para que me ayude a mejorar la imagen. Amigos de Salva, el chef, que por cierto es mi socio y mi pareja —y esto lo dijo con sorna, mirando a Javier—. Creo que vais a estar muy solicitados. No es muy común ver a tres tíos como vosotros por aquí, sin pareja. Parecéis sacados de un anuncio.

—Yo estoy fuera de juego —dijo Diego sin demasiado entusiasmo.

—Ya…, me lo contó la tía —se justificó—. Aunque nunca se sabe. Un clavo saca a otro clavo.

Una chica vino a avisar a Lluís, tenía una llamada en su despacho. Javier le dedicó una sonrisa y ella se ruborizó. Antes de marcharse bajó la voz y dijo en confidencia.

—Esa sonrisa es matadora. Espero que no rompáis muchos corazones entre el personal femenino.

Dicho esto, se marchó. Terminaron de desayunar y aunque Diego alegó que quería quedarse en la piscina, no le hicieron caso y casi lo empujaron hasta el coche. Decidieron darse una vuelta por los alrededores y ubicarse. Javier y Sergio se disputaron quien conducía. Él no dio ninguna señal de que le apeteciera y se sentó en el asiento de atrás y perdió la vista en el paisaje que se deslizaba tras los cristales.

Pasaron todo el día de un lado a otro. En la playa, Sergio y Javi conocieron a unas chicas holandesas y pronto surgió la complicidad entre ellos. Les pidieron que les echaran crema solar y ellas no pusieron demasiados reparos. Cuando se acercaron a Diego este se levantó como si tuvieran algo que pudieran contagiarle y los amigos lo justificaron alegando que no estaba de buen humor. Buscó un bar y allí lo encontraron unas horas después. De ahí fueron a comer a un sitio que ellas propusieron. Se entendían en inglés, aunque la comunicación era lo que menos le importaba a ninguno de los cuatro, porque las miradas que se dedicaron dejaban muy claro las cosas. Diego comprendió que sobraba en aquella ecuación y lo irritó saber que habían ido para estar con él y a la primera de cambio se liaban con unas turistas.  Las chicas los acompañaron al hotel y mientras él dormía la mona, ya que no paró de beber en todo el día, en una hamaca de la piscina, ellos se repartieron las habitaciones. A la hora de la cena se marcharon las holandesas y pudo volver a su cuarto y tirarse en su cama, no sin antes decirles que eso no se iba a repetir. Pidió que le cambiaran las sabanas y no sintió culpa al saber que los dejaba arrepentidos por haberse olvidado de él.

Pasaron algunos días y casi siempre los acababa igual. Al principio le siguieron la corriente, pero después se hartaron de sus borracheras. A la semana de la no-boda, Javier y Sergio, lo acorralaron a la hora del desayuno.

—¿Piensas beber el resto de tu vida? —lo increpó su hermano con crueldad. Apenas había dado un sorbo al café.

No recibió bien la reprimenda y lo mandó a la mierda, pero ellos no se inmutaron. Siguieron metiendo el dedo en la llaga. Diego no había querido hablar de lo que le había pasado e intuía que era lo que los otros buscaban, tirarle de la lengua. Ya le habían dado bastante tregua y comenzaron con el tercer grado.

—¿Has pensado por qué te dejó plantado?  —preguntó Sergio, pero él lo obvió y miró para otro lado.

—¿No notaste que algo pasaba entre vosotros? —interrogó Javi—. ¿Había otro?

Ante su silencio Sergio se impacientó.

—¿Es que ahora no piensas hablarnos?

—¡Joder! Diego. No somos tus enemigos.

—Habla, tío. No te encierres, saca la mierda que llevas dentro.

Los miró exasperado. Estaban en una mesa en la terraza. No eran muchos huéspedes y la mayoría se marchaba casi a primeras horas de la mañana hacia la playa. Cerca, una única pareja desayunaba y parecía ajena a su conversación. Pero, así y todo, explotó.

—¡No, no, no! No sé por qué cojones me dejó plantado. No sé si había otro.

—A ver… Vosotros follabais, ¿no?

—¡Pues claro que sí…! Solo que…

No quería abrir la caja de los truenos. Sabía de sobras que nunca hubo pasión entre él y Miriam. Quizás se acabó el misterio, pero él la quería. Era su orgullo lo que estaba más herido. Sin embargo, no quiso pensar por qué eso le dolía más que su corazón.

—¡Dejadme en paz! —exclamó molesto—. No tengo idea de por qué me dejó. Llevaba días sin verla. ¡Si yo ni siquiera quería casarme por la iglesia! Lo único que sé es que unos días antes discutimos. Yo quería hacerlo y a ella le había dado por dejarlo hasta después de la boda, como si volviera a revirginizarse, yo que sé. De ahí pasó a su tema recurrente. Creía que yo estaba poco reconocido en la empresa de papá. Que Asier se llevaba los méritos y creía que debía dirigir mi propia oficina. Dijo que ella esperaba casarse con alguien con ambiciones. Y yo le dije que si eso creía se había equivocado de tío. No volví a verla. Me dejó porque era poco para ella.

—Si hubieras hablado con Asier o papá te habrían dado el puesto. Hace tiempo que insisten. Es verdad que te has acomodado.

—Yo estoy bien como estoy. Gano suficiente y bien sabes que es bastante.

—Has dicho “solo que”. Solo que, ¿qué? —interrogó Sergio y él lo miró con rabia. Se negaba a hablar de algo así con ellos.

Dejó pasar un silencio, pero le miraron como si esperaran que confesa la fórmula de la Coca Cola. Su hermano lo increpó y le dijo que tenía que analizar las cosas con frialdad para encontrar las respuestas y le creyó. Él quería a Miriam, tanto que le dolía el alma. Eso creía, aunque si lo pensaba con frialdad, algo no iba bien. Lo sabía desde hacía tiempo.

—No era divertida en la cama.

—¿No te la chupaba?

—¡Joder, Sergio!

—Mira, sin paños calientes. A los tíos eso nos encanta —se defendió.

Ahí estaba el gran problema. Miriam era muy suya, tenía sus cosas, que él respetaba, pero cuando se le cruzaban los cables lo castigaba en la cama. Pero no de una forma juguetona, que hasta podría ser divertida, sino sin sexo, como si fuera un niño al que se le prohíbe usar la play porque no ha hecho los deberes o caso a mamá. Así, con la perspectiva que le daban los días y su hermano y Sergio que le tiraban de la lengua para que hablara, entendió que su novia y él tenían un problema del que nunca habían hablado y le aterró pensar por qué razón le pasó por alto. ¿Qué pasaba con él? Que ella espaciara el sexo todo lo que podía, era una cosa, pero lo que empezó a preocuparlo era por qué se había acomodado a la situación. Además, ¿sería ese el tema por el que ella lo había abandonado? Estaba hecho un lío, aunque algo en su interior le dijo que el sexo quedaba fuera de la ecuación.  La pregunta que lo atormentaba seguía en el aire y sin respuesta. ¿Por qué esperó al día de la boda para dejarlo? Seguía sin entenderlo.

—Nunca fue santo de mi devoción y lo sabes —confesó su amigo—. Si es una mujer plana, por Dios. Apenas tiene intereses, no trabaja y cree que las revistas del corazón son literatura, pero oye, allá ella si quería vivir de papá y luego de ti. —Lo miró furioso—. Ya sé que te duele, pero creo que es lo mejor que te ha pasado. ¿Te ha dejado? Supéralo y ni se te ocurra dejarla volver.

—Estoy con Sergio —añadió su hermano, eran un frente contra él—. Espabila, hay muchas mujeres por ahí. Necesitas un buen polvo. Cuanto antes, mejor.

En ese momento el teléfono de Javier sonó y apaciguó la tensión que se había creado.

—Es Asier, seguro que está cabreado porque no le hemos llamado.

Javi se levantó y puso una distancia demasiado larga como para escuchar de qué hablaban. Sergio le dijo que debía tomarse las cosas de otra manera porque, si había elegido emborracharse todas las noches, él no pensaba dejarlo solo y su hígado no lo iba a aguantar. Tuvo que prometerle que lo intentaría.

Su hermano regresó con mala cara y supo que no traía buenas noticias.

—¿Le ha pasado algo a papá?

—No, papá está bien. Asier también.

—¿Entonces qué pasa? —preguntó Sergio— ¿Nos corta el grifo tu hermano?

—Miriam… se la encontró en la calle. Le dijo que se iba a ir fuera una temporada.

Por la mirada que le dedicó supo que había algo que no decía, pero no quiso saberlo. Una idea le rondaba la cabeza. Miriam no lo quería, por lo menos no lo suficiente como para considerar que necesitaría alguna explicación. Ni se había dignado a devolverle alguna de sus llamadas. Se recriminó seguir con su dolor si a ella le había costado tan poco abandonarlo. Pero es que dolía aceptar que no le quería.

El resto del día procuró portarse bien. Después de cenar, ellos quisieron salir de copas, por no decir de caza, pero él solo pensaba meterse en la cama y se despidió. Al pasar por el bar se compró una botella de whisky y se subió con la idea de darse un homenaje metido en el jacuzzi.

Con la vista perdida en la línea del horizonte lloró de rabia e impotencia, de dolor y de una lástima hacia sí mismo que lo desarmaba, pero algo en su interior lo sacudió. Se retiró las lágrimas con las dos manos. Él no era aquel hombre débil que lloriqueaba porque le habían hecho daño. Él había sido fuerte, decidido, hasta chulo en sus buenos tiempos. Recuperaría su seguridad y autoestima. Se prometió que no volvería a llorar por ninguna mujer, cogería de ellas lo que le apeteciera. Con esa promesa a la luna ni siquiera necesitó terminarse la botella para caer rendido. Se metió en la cama con la idea de que Miriam moría para él aquella noche de San Juan.

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