Cuento de Navidad. El arcón.

imagesBaúl mágico

La calle estaba desierta y un joven cruzaba el parque con el cuello del abrigo levantado y las manos hundidas en los bolsillos. Su cara reflejaba frío, pero también algo más, quizás preocupación.

Aquel invierno no era extremadamente duro, pero en los últimos días la temperatura había bajado unos grados y el ambiente se volvió más gélido a causa del viento que soplaba del norte. Un viento que parecía silbarle que el final se acercaba.

El muchacho, perdido en sus pensamientos, se fue despojando de todos sus sueños rotos. Retornar a casa no era tan malo, aunque no podía desprenderse de la sensación de fracaso que lo acompañaba. Sus hermanos habían triunfado en sus negocios, pero él era un soñador.

El ulular del viento lo tenía inquieto. Sentía que le susurraba. Debería haber emprendido el viaje hacía mucho tiempo y se censuró por posponerlo tanto. Llegó de noche. Una pequeña lámpara iluminaba la entrada, y apartó los pensamientos que durante el camino lo acompañaron: «Que me haya esperado». Al cruzar el umbral divisó tres figuras en el salón, alrededor de una mesa redonda. A medida que se acercaba su corazón bombeó más fuerte. Distinguió a las dos primeras. Sus hermanos. Estos, al ver cómo los interrogaba con la mirada, se hicieron a un lado y pudo ver a su padre sentado en una vieja mecedora, junto al fuego. Lo vio muy envejecido y la culpa volvió a morderlo.

No hubo censura en sus abrazos y tomó asiento al lado del patriarca y el hogar.

—Ahora que estamos juntos no puedo engañaros —comentó el padre—. Me queda poco tiempo y no tengo mucho más para entregaros. La carga de un negocio vacío y el viejo arcón que no quiero que tiréis. ¿Quién lo conservará?

Los tres hermanos se miraron. Aquel arcón había guardado las creaciones de su padre. Si tan solo conservara algunas piezas que poder vender, pensó el joven, su destino cambiaría. Los dos mayores dijeron que ellos no lo querían y él, al ver la súplica en la cara de su progenitor, se sintió en el deber de concederle el deseo.

—Por mí no debes preocuparte, padre —señaló—. Aunque mis manos estén vacías, son fuertes para empezar en cualquier lado. Si es tu deseo yo guardaré tu viejo cofre de muñecos. Solo lamento haber tardado tanto en regresar.

—Nunca te arrepientas de perseguir tus sueños —sugirió el hombre—. Algunos se cumplen cuando menos te lo esperas.

 El pequeño de los tres hijos se emocionó con las palabras dichas. Él había deseado ser como su padre y hacer felices a las gentes con un simple objeto que les hiciera sentir el calor del hogar. Sin embargo, no tenía el don de crear.

—Cuéntenos una historia, padre —pidió uno de los hermanos.

Los hijos se sentaron a su alrededor y, como cuando eran niños, él comenzó a narrarles leyendas de otros tiempos. Porque la fantasía es el arma más poderosa para enfrentar la vida.

Durante un mes el hombre les relató una historia cada noche. Pero una mañana cuando el hijo pequeño fue a llevarle su tazón de leche caliente descubrió que había entrado en el más eterno de los sueños.

Poco a poco los hermanos retomaron su vida, volvieron a sus negocios y se quedó solo. Revisó el desvencijado arcón. Estaba casi vacío. En el fondo reposaba algo envuelto en un paño. Al abrir el curioso paquete encontró un pequeño muñeco que felicitaba las fiestas de navidad.

Era un viejo Papá Noel con gafas y tupida barba blanca y un enorme pergamino en el que se suponía había anotados los deseos de las gentes. No lo había visto nunca. Lo cogió con cuidado y sopló sobre su gorro para eliminar las diminutas motas de polvo que sobre él se había acumulado. Una pequeña nube de granillos brillantes se levantó en el aire y lo hizo estornudar.

—Si tan solo hubiera algún otro títere que pudiera vender —deseó.

Guardó la figura y arrinconó el arcón. Tenía que reunirse con sus hermanos. Lo habían citado en el viejo local de su padre. Mientras iba a su encuentro pensó que si revisaba cómo estaba confeccionado el muñeco, quizás con un poco de paciencia, constancia y cariño podría coser algunos y hacer como su padre. Venderlos. Imaginó un gran espacio repleto de objetos decorativos que alegraban los hogares y a sus gentes e invitaba a compartir, con familia y amigos, su espíritu festivo.

Los encontró con algunas cartas y caras taciturnas. El local tenía deudas y si no las cubrían iban a perderlo. Casi tuvo que discutir con ellos porque querían venderlo. Él observó aquellas estanterías vacías y repletas de polvo y las visualizó llenas de objetos navideños. Quiso contagiarles su entusiasmo, pero estos no lo quisieron escuchar. En un arrebato, casi de locura, el pequeño de los hermanos asumió las deudas. Tenía un mes para poner en práctica su idea si no lo conseguía accedería a lo que ellos desearan. Cuando se quedó solo una energía súbita se apoderó de él. Limpió con ahínco las baldas de las estanterías, los aparadores, el suelo y pensó en un nombre que pudiera lucir en la puerta.

Camino de su casa, cansado por el esfuerzo, se arrepintió ¿y si no lo conseguía? El viento sopló fuerte y le hizo levantar las solapas de su abrigo, el ulular le dio coraje y decidió que no había marcha atrás. Durante toda la noche abrió y cerró el arcón más veces de las que lo había hecho en su vida. En unas hojas dibujó bolas de cristal, en las que sumergida en agua podía verse la figura feliz del Papá Noel del pergamino y también otros diseños. Mullidos o rígidos muñecos de barba blanca vestidos de roquero con guitarra incluida, subido en una moto, de pirata, leñador o maestro. Su mente no paraba de elucubrar nuevos bocetos, nuevos objetos, marionetas, figuras o polichinelas. El agotamiento hizo mella en él, cayó vencido sobre la mesa y allí se durmió.

La misma escena se repitió día tras día, noche tras noche sin poder avanzar más. No conseguía hacer cartón piedra, no le quedaban bien cosidos o pegados los trajes, no sabía cómo preparar una bola de cristal de agua y purpurina con la que crear la ilusión mágica de ver caer la nieve al voltearla. Se le quemaban las galletas y los muñecos de madera que había diseñado parecían estacas sin movimiento.

La mañana que anunciaba el final del plazo era la semana de navidad. Tras revisar el poco trabajo que había realizado y frustrado por no conseguir lo que había proyectado decidió que tenía que ser realista. Debería vender el local y empezar un nuevo trabajo con el que mantenerse. «Los sueños no siempre se cumplen», pensó con decepción. Durante días había disfrutado y se sintió feliz al orquestar todas aquellas cosas en su mente, pero no podía ser. Él no era como su padre. De nuevo fracasaba. Su idea era descabellada. No, aquello no podía funcionar.

Quería despedirse del local. Citó allí a sus hermanos para comentarles la decisión. Los encontró esperándolo. Con pesar abrió la puerta y sonó una campanilla que le resonó a una canción de navidad. No recordaba haberla escuchado antes. Prendió la electricidad y entraron en la estancia. Se iluminó con distintas luces de colores que se encendían y apagaban de modo intermitente.

Los tres se quedaron asombrados por cómo encontraron la tienda. Las estanterías estaban repletas de muñecos de distintos modelos, todos de decoración navideña. Bolas de cristal con el perfil de la ciudad, muñecos de nieve, abetos cargados de bolas, estrellas y regalitos que colgaban de sus puntas. Diferentes muñecos de Papá Noel en sus versiones de roquero, motero, leñador y maestro decoraban otros lugares. ¡Sus bocetos habían cobrado vida! Miles de pequeños objetos decorativos se amontonaban en sacos y baldas de aparadores. Detrás del mostrador, en el que se apilaban varios botes repletos de chocolatinas envueltas en papeles dorados y galletas que parecían recién horneadas el viejo Papá Noel de su padre, aquel que creía que descansaba envuelto en un paño en el arcón, los recibía estático, revisaba como siempre su lista de deseos.

Los hermanos lo abrazaron con cariño y alabaron su ahínco en conseguir su sueño.

No podía creer lo que veían sus ojos. Pero no tuvo tiempo para pensar. Una muchedumbre curiosa empezó a entrar en la tienda y los tres hermanos tuvieron que remangarse y atender a todas aquellas personas que envueltos en un espíritu navideño vaciaban las baldas. Al terminar el día los hermanos estaban agotados, las baldas vacías y la caja registradora llena. Al día siguiente podría hacer frente a las deudas, aunque su bolsa se quedaría de nuevo vacía.

Al llegar a casa fue directo al arcón, lo abrió y para su desconcierto estaba vacío. Un papel dorado en el fondo y unas pequeñas gafas llamaron su atención. Se inclinó para cogerlas, pero tuvo mala suerte, resbaló y cayó dentro del baúl, del golpe se cerró la tapa. La cabeza empezó a darle vueltas, se mareó al sentir que su cuerpo se deslizaba por una especie de enorme tobogán. Cayó en una piscina de cojines de diferentes formas y colores.  Se levantó sorprendido y miró a su alrededor. Estaba en la tienda de su padre. Sonaba música y había una actividad tremenda

Pequeños muñecos de madera, con trajes militares pintados en sus cuerpos, organizaban a una tropa de diminutos duendes. Llenaban las estanterías con nuevo material. En el fondo del local, estático en su estantería, el muñeco del arcón leía su interminable pergamino. El pequeño de los hermanos lo escrutó con los ojos muy abiertos. La música cesó cuando sus miradas se encontraron. Una voz grave y fuerte, como aquella que escuchó susurrada con el viento hacía mucho tiempo, lo exhortó sin titubeos.

—¡Arremángate! —pidió con tono amable y, cantarín, recitó a la vez que le guiñaba un ojo—. ¡Feliz Navidad!!

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Nota: Este cuento forma parte de un conjunto de Cuentos de Navidad registrados en SafeCreative

 

2 comentarios en “Cuento de Navidad. El arcón.

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